sábado, 5 de junio de 2010

Política eclesiástica

Por E. Baamonde y G. Sánchez

(http://yoestoyalapuerta.blogspot.com/)

(En la Unión Adventista Española han comenzado los preparativos para la Asamblea de la primavera de 2012. Es de desear que toda la feligresía esté informada de los procesos eclesiales y participe en ellos. Por eso he considerado conveniente rescatar este artículo que se publicó en dos partes en los boletines de Aeguae de abril de 2009 y mayo de 2009, unificando ambas en un texto seguido y añadiendo algunos destacados. Sería interesante que más hermanos realizaran sus aportaciones, promoviéndose así un sano debate y una circulación transparente de ideas y propuestas, de modo que el conjunto de la iglesia se enriquezca y los resultados de tan importante encuentro se ajusten a las auténticas necesidades de la iglesia. Jonás Berea)

Tradicionalmente la Iglesia Adventista ha evitado pronunciarse sobre cuestiones relacionadas con la política “del mundo”. Igualmente, en el funcionamiento institucional de nuestra iglesia se procura rechazar los comportamientos políticos. En relación con las elecciones en la iglesia local, el Manual de la Iglesia establece: “Todo lo que sea de naturaleza política debe evitarse” (pág. 200). Al tratar sobre la elección de delegados para los congresos de Asociación, Misión o Unión, se insiste en que “no debe permitirse la presencia de nada que se asemeje a maniobras de tipo político” (pág. 207), y en que “cualquier dirigente de una Iglesia local o de una Asociación o Misión que intente controlar los votos de un grupo de delegados está descalificado para ejercer cargo alguno” (pág. 208).

La palabra “política” está cargada de connotaciones en general negativas, pues se asocia a la actuación de los cargos públicos, con sus luchas de poder, enfrentamientos verbales, campañas, mítines y, tristemente, promesas incumplidas, mentiras descaradas y corrupción. En este sentido, es más que sensato que a la hora de gestionar los asuntos de la iglesia nos esforcemos por evitar cualquier actuación que se acerque a esos aspectos de la política.

Pero también es cierto que desde el momento en que una institución se organiza, adquiere, lo pretenda o no, una naturaleza política. Pues la política, en un sentido amplio, son todos los mecanismos de funcionamiento y normas de que se dota una institución, desde una asamblea de vecinos hasta la Organización de las Naciones Unidas, pasando por un centro escolar, una mancomunidad de municipios, una ONG… o una iglesia.

Por supuesto, como adventistas del séptimo día estamos convencidos de que la naturaleza de la iglesia no se limita a lo institucional (“político”), sino que ante todo ésta es el cuerpo de Cristo y tiene una misión divinamente ordenada. Y que además el Espíritu Santo, aun en la peor de las situaciones desde el punto de vista humano, interviene guiando a la iglesia. Pero todo ello no elimina el carácter político (organizativo-institucional) de la iglesia. La prueba es que los modos de funcionamiento institucional establecidos tanto en el Manual de la Iglesia como en el Working Policy se basan en mecanismos (en principio) democráticos, como son la elección de delegados, la representatividad, el voto, etcétera. La propia estructura mundial de nuestra iglesia, aun basándose en los principios bíblicos, recibió influencia de la estructura política de los Estados Unidos (ver Daniel Basterra, “La forma de gobierno de la Iglesia Adventista”, Aula 7, nº 3, julio de 1991).

Por tanto, los aspectos políticos son ineludibles también en nuestra iglesia-institución. Atendiendo al campo semántico del término, resulta incluso inconveniente no ser político. Sería tanto como no estar involucrado en las orientaciones o directrices que rigen la actuación de nuestra entidad eclesial. No ser político implicaría no estar interesado en el desarrollo de lo que nos es común a todos los adventistas, de lo público de nuestra iglesia. ¿Es esto compatible con un compromiso personal, expresado en el voto bautismal, de apoyo a la iglesia y a su buen funcionamiento orientado a cumplir la misión evangélica? Siguiendo esta argumentación por reducción al absurdo, podemos concluir que lo evitable no será ser político, sino ciertas actitudes que se dan en “lo político” y que pueden resultar incompatibles con “lo cristiano”.

Con lo político nos ocurre algo parecido a lo que les ocurría a los judíos con el nombre de Dios: para evitar utilizarlo en vano recurrían a no utilizarlo nunca, incurriendo de esta forma en error por defecto. Cuando el Manual de la Iglesia insta a que evitemos “todo lo que sea de naturaleza política”, es obvio que se refiere a la creación de facciones o partidos, y al enfrentamiento entre los mismos por imponerse en la toma de decisiones. Todo delegado, consejero o dirigente debe por tanto someter sus propias inclinaciones y estar abierto a que en la toma de decisiones triunfen la justicia, la equidad, el bien común, y, por supuesto, el amor. Eso sí, jamás el concepto de “bien común” debe entenderse como el supuesto bien de la estructura institucional si ello implica que una decisión deje de lado el hecho fundamental de que lo que Dios ama y salva no son estas estructuras (necesariamente caducas), sino a personas concretas (ver al respecto Personas, no instituciones, un excelente editorial de Protestante Digital, 7 de octubre de 2008). A veces parece que es más grave criticar a una institución que aplastar a una persona, y eso va contra la esencia del evangelio.

Cualquiera que haya participado en asambleas o consejos de nuestra iglesia es consciente de que pueden darse lo que el Manual de la Iglesia llama “maniobras de tipo político”: decisiones tomadas por unos pocos antes de que se eleve una propuesta formal al órgano que debe decidir, diferencias más que notables en el volumen y la calidad de información manejada por los miembros de ese órgano, ocultamiento de información básica, etcétera.

La pregunta clave es: ¿Se deben estas distorsiones fundamentalmente a la falibilidad y debilidad de la naturaleza humana, o algo falla en la propia organización? ¿Se promueven en nuestro medio una mentalidad y unas prácticas realmente transparentes, igualitarias, democráticas, garantistas?

Hay ocasiones en que el pánico a que una asamblea o consejo degenere en un foro “político”, conduce a un mal todavía peor que la política, cual es el politiqueo. Para evitar que se desbaraten planes preparados de antemano, quizá por responsables bienintencionados, se prefiere trabajar en secreto. Para evitar que ciertos hechos supuestamente escandalosos salgan a la luz y puedan ser depurados convenientemente, se prefiere sepultarlos bajo el sagrado principio del secreto, con la terrible consecuencia de que el problema se prolonga en el tiempo, y para colmo al final acaba conociéndose y haciendo más daño que con un reconocimiento y solución a tiempo.

Propuestas de mejora

Si pensamos que los procedimientos de que disponemos y su puesta en práctica son perfectos, estaremos vacunados contra cualquier posibilidad de mejora. En cambio, una sana autocrítica puede ser constructiva y puede ayudar a cambiar esquemas mentales, a mejorar la práctica en los procedimientos y a evitar errores que, quizá por inercia, cometemos de forma sistemática.

El propósito de este artículo es hacer aportaciones constructivas, apoyándonos en una idea básica: la fe en la iglesia como proyecto divino. Cuando los representantes elegidos (delegados, consejeros, etc.) toman decisiones, la iglesia acepta los resultados, aun siendo conscientes de que el elemento humano es falible, pues sabemos que Dios está presente. Pero para ello debemos tener fe en que no es necesario urdir los resultados de una decisión antes de que todos los implicados puedan tomarla; deben ponerse todos en un mismo nivel y tomar las decisiones de forma genuinamente colegiada sin “arreglarle” las cosas a Dios para que “su voluntad” acabe siendo la de unos pocos (que ya han decidido de antemano qué es lo mejor para el “bien común”).

Sometemos a la consideración de todos los hermanos unas ideas o propuestas, con el objetivo de que se reflexione sobre ellas y, en caso de considerarse oportunas, se adopten en los diferentes niveles organizativos (desde la iglesia local hasta los consejos de las instituciones o de la Unión).

1. Principio acusatorio frente a principio inquisitorio. No se necesita mucha experiencia en comisiones de nombramientos para ser testigo de situaciones como ésta: propuesta del hermano “X” para una determinada responsabilidad, objeción del hermano “Y” sobre la falta de idoneidad del hermano “X”. Sin tan siquiera oír al hermano “X”, sin haberle dado la posibilidad de refutar las “acusaciones”, es apartado de la propuesta y sustituido por otra persona. Esa forma de actuar se sigue también en los casos en que hay que disciplinar a una persona: se le permite hablar libremente en el consejo correspondiente, pero todas las deliberaciones se hacen una vez se le ha hecho salir, de modo que la persona “acusada” no puede responder a ninguna de las informaciones u opiniones que se hagan sobre ella.

Esta forma de proceder está inspirada por el denominado principio inquisitorio, de creación romana en la época del Alto Imperio. Tal principio es propio de los regímenes autoritarios en los que no se considera la presunción de inocencia –más bien la de culpabilidad– y se respetan poco o nada las garantías procesales. Es sólo una de las contradicciones que podemos encontrar en nuestra forma de funcionar. Decimos evitar toda forma política y sin embargo trasladamos a nuestro “procedimiento” formas de la peor política que podemos encontrar en la historia.

Ya en 1882 el legislador español trasladó a la regulación del proceso penal otro principio bien distinto, el principio acusatorio, también de creación romana, pero de la época anterior republicana en la que las decisiones políticas no eran autoritarias y se buscaba el consenso mediante discusiones y acuerdos en el Senado. Mediante este principio se establecen unas garantías procesales para que en caso de decidir la culpabilidad de alguna conducta, quede debidamente acreditada la misma. Entre estas garantías está la obligatoriedad de la contradicción entre las partes, con lo que se dota de posibilidad de defensa al acusado.

Debe resaltarse una creciente inquietud sobre este asunto en nuestra iglesia. La XVIII Asamblea General de la UAE llevó a establecer en el artículo 49 de nuestro Reglamento General la necesidad de que un hermano afectado por una solicitud de disciplina efectuada por otra persona, debe gozar de la oportunidad de ser escuchado y poder contradecir a su objetor en presencia de éste y de la junta de iglesia. Lástima que sólo se contemple esta opción en el caso de las juntas de iglesia locales y circunscrito a los asuntos de disciplina eclesiástica. Desde nuestro punto de vista esta tímida reforma debiera extenderse a los restantes ámbitos de la iglesia en los que se cuestione la imagen, honor y credibilidad de cualquier persona.

2. Formación de miembros y de delegados. Convendría que en la formación básica que se considera debe conocer el miembro nuevo de nuestra iglesia, además de las creencias fundamentales se incluyeran conocimientos sobre el funcionamiento institucional, sus principios y sus mecanismos.

Es sabido que muchos de los delegados que acuden a la Asamblea de la Unión lo hacen sin un conocimiento suficiente de los procedimientos y de los Estatutos, de modo que su actuación prácticamente se limita a votar en función de unas impresiones de última hora. Por eso en las iglesias locales las personas que tengan experiencia deberían promover charlas-coloquio y actividades sobre el funcionamiento institucional, a fin de que el máximo número de personas estuvieran capacitadas para participar como delegados con conocimiento de causa, y cuando llegara la Asamblea estuvieran suficientemente preparadas.

3. Estatutos disponibles. La Unión debería difundir ampliamente los Estatutos, de modo que todos los hermanos, o al menos los que participan en los consejos de iglesia, pudieran disponer de una copia. También debería animarse a que todo miembro activo tuviera y manejara el Manual de la Iglesia.

4. Preparación de los delegados. Sería apropiado que los delegados de las iglesias fueran elegidos con suficiente antelación, de modo que antes de que se celebrara la Asamblea los delegados de las distintas iglesias pudieran haber compartido unos con otros las propuestas que cada una de ellas eleva a la Asamblea, y así haber reflexionado sobre estas aportaciones y no tener que decidir de forma precipitada.

5. Información amplia sobre la Asamblea. Cuando los delegados regresan de la Asamblea, deberían informar ampliamente del desarrollo de la misma a todos los miembros, comunicando no sólo los resultados, sino también explicando el proceso que se ha seguido para llegar a ellos.

6. Candidaturas. Esta propuesta se comentó de manera privada en su día por parte de un pastor y la consideramos digna de tenerse en cuenta. Consiste en crear candidaturas a la presidencia, de forma que los delegados en la Asamblea pudieran tener un criterio sobre los proyectos y vías de realización que cada candidato pretendiese ejecutar. Puede sonar mucho a “política del mundo” y ya se oirán las rasgaduras de alguna tela, pero seamos honestos. De este modo el conjunto de los delegados podría conocer de forma abierta y transparente con qué posibles dirigentes cuenta la iglesia, se evitaría que unos pocos decidieran entre varios candidatos y el elegido asumiría un compromiso ante la iglesia.

Muchas de estas ideas se comentan con frecuencia entre los hermanos, pero como pocas veces llegan a plasmarse por escrito como propuestas fundamentadas, acaban diluyéndose. Hay quienes consideran inútil cualquier iniciativa de cambio, y se resignan afirmando: “No nos engañemos, las instituciones no cambian”. Convencidos de que la iglesia del Señor debe reformarse permanentemente, animamos a que los miembros redacten y sometan a la reflexión colectiva otras propuestas de mejora, para contribuir a “perfeccionar a los santos para desempeñar su ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Efesios 4: 12).

9 comentarios:

  1. Hace muy poco tiempo participé, en el marco de una salida de fin de semana con padres y niños del Club de Exploradores, en una charla del pastor a los padres. El debate posterior derivó, rápidamente, en una acalorada discusión sobre el papel directivo de los laicos en la iglesia.

    Yo dije que no entendía por qué la proporción de interna de pastores asistentes a las Asambleas nacionales era mucho mayor que la de miembros laicos. Mi argumento era el siguiente: Si de unos 15.000 miembros laicos van unos 400 representantes, ¿por qué para representar a unos 100 pastores van 40? Si a éstos añadimos los que van por ser directores de instituciones, los asistentes ex oficio, y algunos que van representando a sus propias iglesias (ante esto no tengo nada que decir porque la iglesia es soberana), hay muchísimos más obreros de lo que la proporcionalidad les otorgaría. Hay, efectivamente, una discriminación positiva con respecto a los obreros.

    Además hay que reconocer que, hoy por hoy aún, cuando un pastor habla en una comisión de Asamblea (estatutos, nombramientos...) no lo hace con la misma autoridad que un laico. Lamentablemente, el laico común aún percibe la opinión de un pastor como investida de una autoridad especial, por el simple hecho de serlo. Si a esto añadimos que el presidente de la División tiene voz en alguna de estas comisiones, la balanza empieza a desequilibrarse de forma alarmante. Lo sucedido en las últimas Asambleas nacionales, cuando el presidente de la División decidió, motu proprio, la forma de resolver el problema de la elección del presidente nacional, y esto delante de toda la Asamblea, a mi entender me da la razón. Si esto se hace cuando hay luz y taquígrafos, ¿qué no se hará en la privacidad de una comisión? Miedo me da pensarlo.

    La respuesta del pastor a mi preocupación por la proporcionalidad interna de representación fue un simple: ¿Y entonces qué quieres, que a los pastores nos tiren a la basura? Me hago eco de este comentario porque se hizo de forma pública, delante de un montón de padres, por lo que no estoy desvelando el contenido de una conversación privada.

    Me sorprende que un pastor pueda percibir una amenaza en lo que no es sino la manifestación de una preocupación. Y me preocupa, aún más, que alguien piense que la reflexión de un simple laico tenga como objetivo tirar a los pastores a la basura. ¿Qué habrá detrás de una mirada semejante? La verdad es que no lo sé...

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  2. Muchas gracias por la aportación, Juan Ramón. Es evidente que urge una revisión de los estatutos. Siendo que el plazo de las iglesias para presentar las propuestas se cierra el 31 de diciembre de este año 2010, conviene que se generalice el clima de reflexión sobre estos asuntos, para que el conjunto de la iglesia, movida por el Señor, pueda ir definiendo las líneas que definan a este movimiento.

    Otra de las formas en que se limita la representatividad de los laicos es que al Consejo de la Unión accedan en calidad de miembros laicos cónyuges de pastores o de obreros de la iglesia, como suele ocurrir (es decir, personas cuyo sustento familiar depende en gran medida de la institución eclesial, lo cual, aun con la mejor voluntad por su parte, les resta independencia). Creo que debería cerrarse a estas personas su acceso a los consejos.

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  3. Lamentablemente cuando se hace una crítica o una manifestación de preocupación muchos pastores o dirigentes lo ven como un ataque personal, cuando lo que estás criticando es una acción, un hecho o una decisión.
    A la vez que se revisa la letra de nuestras normas (que es muy necesario) tendríamos que revisar también nuestras relaciones: una cosa es el cargo que ocupas por un tiempo y otra cosa eres tú, con nombres y apellidos. Sí tú, Fulano, me caes bien, porque eres buen amigo y buena persona, no tengo porqué pensar que tal decisión es buena porque sí, porque eres buena persona. Las buena personas tomamos decisiones equivocadas y metemos la pata hasta el fondo y reconocer que me he equivocado no quiere decir que sea mala persona o mal profesional.
    De la misma forma si a un Consejo se le critica por las decisiones que toma, no se está poniendo en tela de juicio que sea un mal Consejo, en todo caso lo será si se niega a reflexionar sobre sus decisiones, a escuchar las críticas y se enroca en sus propias posturas.
    Cambiar la "Ley" es necesario, pero si eso no conlleva un cambio de mentalidad más humilde, abierto y dispuesto a escuchar, volveremos a estar en el mismo punto.
    Esther

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  4. Esther yo tambien creo todo lo que tu comentas.¿sabes porqué actuan asi los pastores o algunos? Por su inseguridad.
    Y qué maravilla sería que se cumpliera lo que comentas: todos más humildes, más abiertos, más dispuestos a escuchar sin criticar...

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  5. Lo que tambien ocurre es que envian a las asambleas(nacionales) a los laicos o que son nuevos o que tienen poca autoridad para dar su opinión o que no tienen las ideas claras. o porque los que podrían ir y lo harían bien por su preparación y disponibilidad, están hartos de ir y que no se les escuche.
    Sobre las asambleas internacionales, yo estuve en la anterior a Toronto que no me acuerdo dónde fue, y bueno, me encantó por la gente que ves, por los espacios musicales,predicaciones, Stands... Y lo que se aprobó, ni idea, nunca llegó a nuestras manos.

    Lo que sí se debería de tener muy en cuenta tanto para asambleas nacionales como internacionales es:
    “Todo lo que sea de naturaleza política debe evitarse” (pág. 200)Manual de iglesia.

    Si esto lo pusieran en práctica de verdad iría mejor nuestra iglesia. Y si no os puedo contar lo que ocurrió en las penúltimas asambleas nacionales en el CAS. A parte de lo que ya se ha comentado de las últimas asambleas. Aunque creo que ya lo sabéis todos.
    Espero que "de verdad" escuchen al Señor, los dirigentes que van a las asambleas y puedan corregir ciertas normas no correctas o inadecuadas a los tiempos.

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  6. Confiemos en lo que dice esta canción:

    http://www.youtube.com/watch?v=M08xQXcTS5Q

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  7. Jo, la verdad es que conozco este artículo desde que salió (para 'Aula7'), no lo había leído hasta ahora y me parece excelente.

    Como principio “filosófico” básico (bíblico al cien por cien: ver Mateo 2: 20-27; Juan 11: 51-53...), quiero subrayar esta frase:

    «...jamás el concepto de “bien común” debe entenderse como el supuesto bien de la estructura institucional si ello implica que una decisión deje de lado el hecho fundamental de que lo que Dios ama y salva no son estas estructuras (necesariamente caducas), sino a personas concretas...»

    No menos relevante me parece la contraposición entre el principio acusatorio y el principio inquisitorio. Alguno que yo me sé puede dar fe (sus propias “carnes" pueden darla) de hasta qué punto rige el segundo en la cúpula de nuestra iglesia. Pero lo de menos es que alguno pueda dar fe... Lo grave es que ese mal existe y que los laicos, desde hace décadas, hemos tolerado que nuestra iglesia se clericalice hasta el punto en que hoy lo está.

    Doy las gracias a los autores del artículo y al responsable de este blog por publicarlo. Le pido a Dios que nos ayude a todos a concienciarnos sobre la gravedad del momento en que se encuentra sumida nuestra iglesia. Y que nos dé el poder y las ganas de difundir los principios arriba expresados, para que realmente la IASD española sea de todos sus miembros, sin estar patrimonializada por nadie.

    Saludos fraternales.

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  8. Pienso que la cuestión está en el concepto de "bien común". Es muy peligroso aludir a él porque es el mismo concepto que recogen regímenes democráticos y autoritarios. Creo que sería mejor hablar de "bien individual". Pues es el individuo, es decir, la persona, el principio de todos los intereses sociales de la vida. Y cuando Cristo salva, salva a la persona, una a una. Por la interpretación del "bien común" se cometen y se han cometido, muchos abusos de poder, tanto en paises dictatoriales como democráticos. Pienso que debe prevalecer, cuando se habla de personas, el interés individual por encima de cualquier otro concepto más "peligroso". Un cordial saludo...

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  9. Estimado Anónimo:

    Muchas gracias por el comentario. Personalmente, puedo entender que alguien sacrifique algún aspecto personal en pro del bien común (por ejemplo, hay ministros y miembros de iglesia que entregan gran parte de su tiempo libre para hacer algo en beneficio de los demás; o renuncian a algo a lo que tienen derecho porque creen que es mejor así para el conjunto de la iglesia). Pero la clave es que esa cesión ha de ser voluntaria, y el sistema ha de estar organizado de forma que no se imponga al hermano nada por el supuesto "bien común". Si no, haríamos como el Sanedrín con Jesús: Como para el bien común es mejor que muera, lo eliminamos.

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