domingo, 10 de mayo de 2009

Los apestados


Visitando una librería de saldo hace unas semanas, llamó mi atención un librito titulado Vivencias de un buscador, de Juan Berniz. Había varios ejemplares en la estantería, todos ellos nuevos, pobremente editados por el mismo autor. Sin ISBN ni fecha de edición, supuse que se trata de uno de esos libros que alguien publica para difundir entre sus contactos cercanos, y que finalmente acaban dormitando en el estante de una tienda como aquella. Tras ojear sus páginas, decidí comprarlo (el precio era mínimo, como suele ser común en estos casos).

Por lo que cuenta en su libro, uno puede hacerse a la idea de que Juan Berniz es (o fue, pues ignoro si vive todavía), un auténtico buscador: buscó trabajo, y lo encontró, pero no duró más de cinco o seis meses en un empleo, pese a lo cual parece ser que nunca estuvo en la indigencia, y que incluso llegó a disfrutar de periodos de cierta prosperidad. Buscó un lugar donde vivir, y tuvo muchos: desde su ciudad natal (que, si no me equivoco, fue Albacete), hasta Barcelona, la última de la que da cuenta en su relato, pasando por muchas otras, incluida una breve estancia en Portugal y otra en Italia (aunque como su libro no sigue un orden cronológico, es difícil saber dónde estuvo antes y dónde después). Buscó pareja, y la encontró; mejor dicho, las encontró, pero por lo visto las fue perdiendo a un ritmo similar al de los empleos.

También buscó al prójimo y a Dios, y yo creo que los encontró. En su búsqueda frecuentó diversas organizaciones solidarias, además de algunos grupos religiosos. En su un tanto anárquico relato (son 87 páginas seguidas, sin división en capítulos ni en epígrafes), Berniz apenas da nombres o datos sobre estos colectivos; sólo vagas alusiones que permiten situarnos en un contexto determinado. Cuenta sus vivencias en un estilo sencillo y directo, y entre episodio y episodio va intercalando reflexiones de lo más variado, algunas de ellas muy breves, a modo de aforismos, otras más extensas, como ésta que he transcrito íntegra, pues la considero de gran interés. Creo que Berniz no se considera a sí mismo apestado, sino que ha tenido ocasión de conocer a unas cuantas personas que se podrían agrupar en tal categoría, y a partir de esas vivencias expone algunas generalizaciones que pueden servir para reflexionar.



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Existe en los colectivos cerrados una categoría de personas muy singular: son los apestados.

Hay apestados que adquieren esa condición por haber defendido la verdad. Otros lo son por haber defendido el error. Otros por no haber reconocido un pecado, o simplemente no haberlo reconocido a tiempo (para cuando quieren enmendarlo, ya es demasiado tarde: se han ganado el estigma, que es muy difícil de borrar). La clave es que su acción sea percibida por muchos como algo que ellos no habrían hecho. La gravedad, por tanto, no está necesariamente en los hechos, sino en cómo muchas personas, o sólo algunas pero importantes, los perciben.

Los más cercanos al apestado conocerán los motivos y las circunstancias de su actuación, por lo que en ocasiones encontrarán que ésta ha sido justificable, comprensible o necesaria. Pero la mayoría sólo tendrá referencias limitadas, indirectas, sesgadas o incluso falsas sobre la acción del apestado; eso sí, les parecerán suficientes como para mantener una opinión sobre él. Seguramente no decidirán que son suficientes, sino que inconscientemente lo asumirán. Como la mayoría hará lo mismo que ellos (no contrastar la información acudiendo a la fuente principal), los rumores que les lleguen sobre el apestado confirmarán su impresión inicial.

El principal pecado del apestado suele ser no comunicar bien un mensaje. Uno puede haber sido un buen predicador y comunicador, pero en el momento de ejecutar la acción apestante (error, pecado, acto de valentía…) comete el gran fallo de utilizar formas inapropiadas o palabras fuertes, o de calcular mal el efecto de su acción (por ejemplo, denuncia algo injusto convencido de que hace un bien al colectivo, pero encuentra que quienes deberían escandalizarse de lo que denuncia… se escandalizan de que lo denuncie).

Cuando uno adquiere la condición de apestado, automáticamente pueden sumarse a su cargo todos los errores que ha cometido en el pasado, incluso aquellos ya le han sido perdonados (hasta los más persistentes en la memoria: los que él se había perdonado a sí mismo). Afloran uno por aquí, otro por allá…

–Es normal: este apestado fue quien hace veinte años hizo esto y aquello.

–¿No me digas? ¿Eso hizo? No entiendo cómo ha seguido entre nosotros.

De otros apestados, en cambio, no se recuerdan pecados destacados. Lo cual en absoluto les sirve para que se presuma su inocencia actual:

–Quién lo iba a decir, este hombre tan íntegro siempre, hizo tanto por nuestro colectivo… Y ahora fíjate con lo que nos ha salido.

Cuando uno se convierte en apestado por un daño infligido a otro u otros, aunque pida perdón, incluso aunque haga enmienda de sus agravios, normalmente suele seguir siendo apestado.

Otro pecado de los apestados es no tener buenos contactos, o al menos los oportunos en el momento de su acción apestante. Porque la presencia de alguien influyente es de mucha ayuda: “Amigos, esta persona seguramente tiene algún motivo para haber actuado así; escuchémosle, indaguemos si lo que dice es cierto, contrastemos los datos”.

Pues hay candidatos a apestado que salen completa o parcialmente indemnes tras una acción apestante de cierto calibre. Cuentan con una red de amistades que los defienden, o han reaccionado a tiempo moviendo los resortes oportunos, de modo que su pecado queda oculto a la gran mayoría. Así, se escabullen de la categoría de apestado, y pueden seguir en sus responsabilidades sin tener que rendir cuentas a nadie; mientras tanto, sobre otros, que han cometido acciones mucho más leves, cae con todo su peso el estigma de apestado.

De este modo, se va construyendo una imagen del apestado, simplificada en una etiqueta, una frase definitoria. “Ah, sí, éste fue el que hizo/dijo aquello de… Ya he oído hablar de él, fue muy sonado”.

Algunos abandonan el grupo. Otros no se dan de baja, pero apenas acuden a las reuniones. Otros permanecen en él, incluso integrados y activos. Entre éstos, unos luchan por quitarse el estigma, lo cual les lleva a conformarse, y así pasan a la categoría de semiapestados y quizá con el tiempo pierdan la etiqueta. Otros siguen luchando por defender su causa primigenia u otras que consideran justas, lo cual hace que su etiqueta se torne indeleble.

También hay semiapestados que lo son porque su acción, aun siendo “grave”, no ha llegado a trascender, o las personas decisivas no le han llegado a dar importancia, por lo que permanecen en una situación ambigua. Incluso pueden estar muy bien considerados en ciertos ambientes dentro del colectivo.

Algunos apestados caen en un círculo vicioso de ostracismo. Tras su gran sonada, son conscientes de que hagan lo que hagan ya han perdido el prestigio y la credibilidad para muchos de sus antiguos compañeros, por lo que se recluyen. Nadie, o casi nadie, los visita ni los llama. Algunos de los que todavía los quieren, piensan que su llamada les puede molestar, como si se les quisiera recordar “el tema”, comprometer o culpabilizar, así que se retiran caritativamente.

El apestado se queda solo, y cuanto más tiempo pasa, más difícil es volver al grupo, pues perciben miradas que encuentran antinaturales, distintas a lo habitual: miradas de compasión (con lo que implica de condescendencia, y por tanto de superioridad del otro), miradas de rechazo, miradas de indiferencia…

Pero siempre hay alguien que le dirige con naturalidad una mirada de ilusión, un leve apretón de manos, y le escucha, y le habla.

(Juan Berniz, Vivencias de un buscador, páginas 57-60).

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