jueves, 20 de diciembre de 2012

La Asociación General no debería votar sobre la ordenación de las mujeres


Por Sakae Kubo


Publicado también en Café Hispano (Spectrum)



Traducción de Luis González del original en inglés publicado en Spectrum. Se han añadido epígrafes y algunos destacados en negrita.



Cuando escribí mi último artículo sugiriendo cómo debería abordar la Asociación General (AG) la cuestión de la ordenación de las mujeres, tuve la incómoda sensación de que mis recomendaciones no fueron la mejor manera de enfocar el problema. La verdadera cuestión es si tal asunto debe ser decidido por la AG, para todo el mundo. Después de reflexionarlo, he llegado a la conclusión de que asuntos como este no deben ser una prerrogativa de la AG porque pertenecen al ámbito de las Uniones y Asociaciones. A continuación trataré de explicar las razones de tal afirmación:




1. No es un asunto bíblico. En 1974 se celebró un encuentro en Camp Mohaven (Ohio)  con la participación de destacados especialistas de la iglesia. En dicho encuentro se llegó a la conclusión, por abrumadora mayoría, de que no existe ninguna evidencia bíblica que prohíba la ordenación de las mujeres. Lo cual implica que este asunto no es un tema bíblico. En la actualidad tenemos que esperar para saber lo que la actual comisión decida. Si se decidiese lo contrario que en 1974, se produciría un agravio para los académicos que participaron en aquel encuentro pues, probable e irónicamente, algunos de aquellos fueron profesores de algunos miembros de la comisión actual.



2. Invade competencias. ¿Qué criterios deben utilizarse para determinar si una cuestión es competencia o no de la AG? Esta pregunta implica que hay asuntos, obviamente, que pueden decidir las iglesias locales por sí mismas, o las Asociaciones, Uniones o Divisiones. Y así lo están haciendo. Con una feligresía mundial de 17.214.683 adventistas bautizados, a 30 de junio de 2011, distribuidos en 209 países y en las trece Divisiones, uno puede esperar con toda seguridad que existan multitud de diferencias entre las culturas y regiones geográficas. En otras palabras, la uniformidad en el adventismo es un mito. La cuestión es saber cuánta diversidad podemos aceptar que sin perder nuestra idiosincrasia, nuestro carácter distintivo.



Por ejemplo, se constatan muchas diferencias en cuanto la manera correcta de guardar el sábado, en cómo vestirse para el culto (por ejemplo, en Sudáfrica, en una iglesia negra a la que yo acudía, todas las mujeres llevaban sombreros y todos los hombres vestían traje, en Hawái, incluso algunos predican con las coloristas camisetas hawaianas y mucha gente acude a la iglesia con sandalias, en Japón no se usan zapatos en el interior de la iglesia…), en qué tipo de música o instrumentos musicales se pueden utilizar e incluso en cómo se entienden las enseñanzas adventistas (en Japón, por ejemplo, la gente no puede comprender cómo la Iglesia Católica puede llegar a ser tan determinante en el tiempo del fin cuando para ellos sólo representa un uno por ciento de la población; y estoy seguro que esa misma dificultad de comprensión también se plantea en China y en los países de mayoría musulmana o hindú).



Una División tiene por lo menos una Unión sin Asociaciones. En nuestro país tenemos Asociaciones regionales en las Uniones, pero no en todas las Uniones. Y en una Asociación regional no todas las iglesias son personas negras. Pero no en todo el mundo las Asociaciones regionales forman parte sistemáticamente de las Uniones. No podemos, pues, hablar de uniformidad en la práctica adventista y sus enseñanzas. De hecho, la diversidad es la norma.



Por lo tanto, debemos ser muy cuidadosos en las cosas que deben ser resueltas por la AG para todo el mundo. Tienen que ser asuntos en los que estemos seguros de que podemos mantener la uniformidad en todo el mundo. Si no fuera posible lograrlo, es obvio que debemos permitir un cierto grado de diversidad.



Creo que podemos estar de acuerdo en que el área más importante de uniformidad debe estar en torno a nuestras doctrinas, aunque incluso aquí habrá diferencias de matiz. Por poner un ejemplo al respecto, no es difícil de aceptar que la lección de la Escuela Sabática sobre la profecía de los 2.300 días sería enfocada de forma distinta en una clase en la Universidad Andrews que en una clase de escuela sabática en la selva de Papúa Nueva Guinea. Y las cuestiones de organización y finanzas deben tener algún tipo de acuerdo general.



La cuestión de si las mujeres deben ser ordenadas como ministros tiene muchas implicaciones. Por ejemplo, en la visión que tenemos de la situación social de las mujeres en nuestras respectivas sociedades. Es obvio que está íntimamente relacionado y vinculado con esa visión. Si consideramos a las mujeres como inferiores, tal y como lo conciben aún muchas sociedades y algunas religiones, obviamente a tales sociedades y países les resultaría difícil considerar la ordenación de las mujeres, especialmente cuando se aplican pasajes paulinos sobre el papel subordinado que deben desempeñar las mujeres.



Por lo tanto, y a la luz de estas circunstancias, si este tema se sometiera a discusión o decisión en el nivel de la AG, recibiría la oposición de una buena parte de la AG, especialmente si se vieran obligados a ordenar a mujeres. Incluso si tal voto les exime de hacerlo, les resultaría difícil apoyarlo porque se tendería a pensar que si está bien para la División Norteamericana es que debe ser correcto.



3. Cómo se resolvió un problema comparable: la esclavitud. Para comprender las implicaciones de este asunto, tomemos el tema de la esclavitud. Cuando se comenzó a cuestionar este problema, algunos países la abolieron. Sin embargo la mayoría no lo hizo. La cuestión se planteó ante la AG y el resultado fue muy similar al asunto actual de la ordenación de las mujeres. Algunas sociedades no estuvieron dispuestas a liberar a los esclavos y, por lo tanto, no estuvieron dispuestas a votar por la abolición en el nivel de la AG.



La solución no estuvo en que lo discutiese la AG sino que cada División lo acordara o no según su disposición. Como se puede apreciar, esa situación es muy similar a la que nos encontramos hoy en día con el tema de la ordenación de la mujer. Por lo tanto la solución también puede ser la misma: dejar que cada División determine lo que debe hacer, y no convertirlo en un problema AG.



4. Se acepta la existencia y preeminencia de mujeres en otros ámbitos directivos de la iglesia. De hecho, el papel de la mujer en la iglesia ya lo hemos resuelto hace mucho. Las universidades de Loma Linda y de Andrews (que incluye un seminario para la formación de pastores) son instituciones de la AG. Sin embargo, en Loma Linda se designó a una mujer presidente sin comparecer ante la AG y sin oposición aparente. Lo mismo ocurrió con el nombramiento de mujeres docentes en el seminario de Andrews. Hay siete profesoras en asignaturas como Educación Religiosa, Ministerio, Teología, Misión Mundial, Arqueología y Antiguo Testamento, Nuevo Testamento y Homilética. Si ordenar mujeres como pastoras fuese una cuestión que debe determinarse por la AG, entonces seguramente el nombramiento de mujeres como profesoras en el seminario debería al menos haber tenido la aprobación de la iglesia mundial. Resulta paradójico que a las mujeres no se les permita ser ordenadas en razón de un supuesto papel de subordinación a los hombres y, sin embargo, sean admitidas como profesoras de seminario para formar a hombres que ya están ordenados o que están en ese proceso.



5. Posibilidad de negativa en traslados. Uno de los argumentos principales en contra de la ordenación de mujeres es que la ordenación es reconocida en todos los territorios adventistas de todo el mundo. Este fue el argumento expuesto en su día por los ex presidentes de la AG Robert Pierson y Neal Wilson. El actual presidente de la Iglesia, Ted Wilson, utilizó recientemente este mismo argumento para desaprobar el acuerdo de las Uniones que ya acordaron ordenar a mujeres.



Esto es cierto, pero cuando una mujer es ordenada en la Asociación del Sureste de la Unión del Pacífico, esta situación no tiene ningún efecto práctico fuera de ese territorio, como ocurre con otros muchos temas. Las Asociaciones, las Uniones y las Divisiones en el mundo pueden bloquear todos los llamamientos de mujeres ordenadas en sus campos. Si este argumento es válido, ¿por qué las Asociaciones de la Unión del Pacífico, que no estaban a favor de la ordenación de las mujeres usan este argumento para detener la ordenación de mujeres en la Unión? Esto es más relevante que una División fuera de Estados Unidos se vea afectada por lo que ocurre en las Asociaciones de la División Norteamericana. También es cierto con respecto a las Uniones de Estados Unidos. Obviamente, algunas Uniones se oponen a la ordenación de las mujeres en la División Norteamericana y sin embargo esta circunstancia no debe bloquear a otras Uniones que están a favor, utilizando el argumento de que la ordenación tiene implicaciones en todo el mundo cuando en la práctica sólo tiene implicaciones a escala de Unión.



6. La estructura de la iglesia: cada cual tiene sus competencias. Gary Patterson, en su artículo titulado “Seis puntos sobre la ordenación de mujeres”, publicado en el Columbia Union Visitor (2012, número especial), dice que tenemos que entender la estructura de la Iglesia. A saber, existen cuatro unidades administrativas en la Iglesia Adventista: la iglesia local, la Asociación, la Unión y la AG. Estos grupos tienen autoridad sobre las funciones específicas que pertenecen sólo a ellos.



«La iglesia local es el único nivel constituyente que puede tomar medidas con respecto a asuntos de feligresía, elección de los oficiales de la iglesia, nombramiento y ordenación de ancianos, diáconos y diaconisas, presupuestos y finanzas de la iglesia local y otras funciones propias.



»La Asociación es el único componente que puede actuar sobre la hermandad de iglesias, sus empleados, las instituciones y las finanzas. También recomienda a la Unión las personas para la ordenación al ministerio del evangelio. Porque no tienen sí mismas la potestad de autorizar dicha ordenación; esta autoridad recae en la Unión.



»La División y la AG podrán autorizar la ordenación de sus empleados, pero no tiene potestad sobre los aprobados por la Unión.»



Patterson llega a la conclusión de que la ordenación es competencia exclusiva de las Uniones. Por lo tanto, «la AG ha sobrepasado sus límites al decirles a las Uniones si se puede o no ordenar mujeres para el ministerio pastoral. No está dentro de las atribuciones de la AG, de igual manera que no lo son las decisiones sobre el alta o baja de los miembros de iglesia o la elección de personal para las oficinas de la iglesia.»



Esta sería la razón de mayor peso a la hora de permitir que las Uniones decidan sobre este asunto en lugar de la AG.



Todo ello implica que para preservar la unidad en lo que respecta a esta cuestión, la AG debe permitir que la unidad administrativa que tenga la potestad en esta cuestión la ejerza, sin pretender apropiarse de la autoridad de las Uniones.



Para terminar, permítasenos un breve comentario sobre el importante asunto de la unidad de la iglesia, a la que tanto apela la AG para mantener que las Uniones no deberían proceder sobre el tema de la ordenación de mujeres al ministerio. El argumento de la división de la iglesia ha sido prolijamente esgrimido por Ted Wilson y anteriormente por su padre, Neal.



Para aclararlo, no es necesario teorizar sobre este asunto porque realmente podemos observar lo que sucede en la práctica cuando una Asociación o Unión procede sin unanimidad. No se percibe que ni la Unión del Pacífico ni la Unión Columbia estén divididas porque no hubo unanimidad al respecto en todas sus Asociaciones. Las Asociaciones de las Uniones del Pacífico y de Columbia que no votaron a favor de ordenar mujeres no se opusieron esgrimiendo la unidad o importantes Divisiones como consecuencia de que sólo ciertas Asociaciones lo votaron. Esto ha tenido lugar en el ámbito de la Unión. No todas las Uniones de la División Norteamericana (NAD) han votado a favor de la ordenación de mujeres, pero ello no implica falta de unidad entre las Uniones de la NAD.



Cuando podemos constatar que no hay problema de división en el nivel más interno de estas instituciones (Asociaciones dentro de la misma Unión, o las Uniones en la misma División), mucho más cierto debería ser en el nivel de las trece Divisiones. En otras palabras, el clamor por la unidad en torno a la uniformidad representa la táctica del miedo. Pero cuanto más se repita el grito de “que viene el lobo”, menos efecto tendrá.




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