viernes, 5 de septiembre de 2014

Somos hijos del trueno

Por Jonás Berea (jonasberea@gmail.com)
Publicado también en Café Hispano (Spectrum)

Álvaro García Mohedano es guionista de cine y escritor. En su libro Hijo del trueno (editado por APIA) narra en formato de novela la historia real de Atilio Brítez, un joven paraguayo que desde su adolescencia formó parte de una banda de delincuentes en Buenos Aires.

Es un libro profundamente impactante. A mí me ha cautivado la perfecta combinación entre la autenticidad espontánea del testimonio de Atilio y la agilidad y fuerza narrativas de García Mohedano. Arranca la novela con el protagonista en la cárcel; breves capítulos alternan escenas de su vida en prisión con otras de su infancia y adolescencia, narradas a base de flash-backs con los que vamos reconstruyendo su historia hasta su conversión. Esta estructura aporta ligereza y ritmo a la historia. Y a medida que uno lo lee, queda impresionado al tener la certeza de que cada detalle es real. La historia, por cierto, contiene una denuncia de un sistema de prisiones embrutecedor que, en lugar de favorecer la reinserción del delincuente, parece dificultarla.



El género carcelario no es mi favorito precisamente (aunque recuerdo alguna obra maestra cinematográfica, como American History X). Hay momentos en que las peleas, adicciones y torturas que protagoniza Atilio resultan duras de leer. Pero de este modo se valora mejor, por contraste, la intensa transformación que experimenta este joven, en el peor de los entornos posibles. ¿O quizá en el mejor? ¿No son acaso el fondo de un pozo de podredumbre, el abismo de corrupción, las profundidades de nuestras miserias el lugar favorito de Dios? ¿No son estos los sitios por donde Él se pasea, buscándonos y caminando a nuestro lado, sacándonos al aire limpio de la superficie, y volviendo a entrar con nosotros en la basura cada vez que nos hundimos de nuevo en ella? ¿Acaso no fue eso lo que hizo Cristo: abandonar la gloria y venir a arrastrar su vida entre nuestras penurias?

Quienes siempre hemos vivido en un entorno de bienestar, cómodamente resguardados de la violencia y la miseria, podríamos creer que esta historia nos es ajena. La mayoría no hemos sido criminales que han aterrorizado a numerosas personas; no hemos hecho de la violencia y las drogas nuestro modo de vida. Por tanto, al igual que la historia de depravación de Atilio es singular, parecería que su historia de redención también corresponde a una categoría especial, superior.

Pero yo creo que el testimonio del protagonista nos quiere mostrar que el itinerario vital de cada persona, sean cuales sean sus circunstancias, puede ser muy similar. El submundo de bajos fondos y cárceles que encontramos en la novela sería una alegoría hiperbólica del mundo de basura en el que todos vivimos. Del pecado, en definitiva. Con una diferencia: los criminales que pueblan las cárceles en general son conscientes de la situación vital en que se encuentran (las escenas que más me han emocionado han sido aquellas en las que Atilio, en inspiradas conversaciones, hace reflexionar a compañeros presos sobre el sentido de la vida de cada uno de ellos y sobre lo que Jesús puede hacer por ellos); saben que están perdidos, condenados en este mundo y, si son creyentes, en el venidero. Pero nosotros, los pequeñoburgueses sociales y espirituales, creemos que estamos bien. Y en realidad nuestra condición es la misma que la de ellos: «Tú dices: Yo soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad. Pero no sabes que eres desventurado, miserable, pobre, ciego y estás desnudo» (Apocalipsis 3: 17). La buena noticia es que nuestra necesidad de transformación también es la misma que la de ellos; igualmente lo son las posibilidades de alcanzarla: «Por tanto, yo te aconsejo que compres de mí oro refinado en el fuego para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, para que no se descubra la vergüenza de tu desnudez. Y unge tus ojos con colirio para que veas» (versículo 18).

Las luchas de Atilio Brítez por reflotar desde el abismo de la violencia, el orgullo y las drogas son las luchas de cada uno con nuestras deficiencias y adicciones (aunque socialmente no estén catalogadas como tales). Sus tentaciones son las nuestras. Sus recaídas son las nuestras. Sus victorias en Cristo también pueden ser las nuestras.

(En el canal de Youtube de Hijo del trueno merece la pena ver el tráiler de la novela, y sobre todo dos breves testimonios de Atilio. Y aquí se pueden leer los dos primeros capítulos.)


2 comentarios:

  1. Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro; decía ramón y Cajal. Yo puntualizo: y si se lo permiten.
    La suma de número enteros, siempre da un número entero mayor.
    Lo que ocurre es que, cuando en la sociedad, al parecer había cuatro ciudadanos, a dos los habían echado de la “finca” por incumplimiento… Y entre los otros dos, por entonces homeless (como se dice ahora), había un asesino. Por tanto, incumplidor + incumplidor +mediocre + ¿depende? = ¡¡¡el paisaje social!!! ¿Ha variado? Y eso cuando no había la Gran Banca ni los “ricachos”. Todos ellos, descendientes de los primeros citados.
    Ahora, yo he leído el libro. Me ha gustado, más aún que cuando leí, hace 45 años La Cruz y el puñal (libro que me regaló una misionera pentecostal, norteamericana). A este ensayo lo encuentro mucho más dinámico. Te hace devorar los capítulos. Además, según observo dibuja perfectamente los escenarios; aunque no conozca todos, ni con mucho, de tal manera, que da la impresión de que estás (en muchos casos) en el Gran Buenos Aires, que, como en todas las grandes ciudades del mundo, habitan millones proponiéndose ser escultores de sus propios cerebros, contra viento y marea…
    Hay párrafos exquisitos, hablo de memoria, en el que el pastor pentecostal le dice que haga cinco peticiones al Atilio de unos 9 o 10 años, y él responde sin vacilar: ¡que mañana apruebe el examen!, ¡que llegue a ser ingeniero!, ¡que venga mi madre, que venga mi madre, que venga mi madre!
    jjm

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