domingo, 4 de octubre de 2009

La autoridad

Por Jonás Berea (jonasberea@gmail.com)
http://yoestoyalapuerta.blogspot.com/


El ensayista español José Antonio Marina escribía el 1 de octubre pasado en El Mundo un artículo con el mismo título que su último libro: "La recuperación de la autoridad". A raíz de ciertos sucesos recientes en el ámbito educativo, así como de diversas declaraciones de políticos sobre la necesidad de dotar de autoridad a los profesores, Marina, con su habitual precisión y buen juicio, ofrece algunas reflexiones sobre el concepto de autoridad, que luego aplica al ámbito educativo, pero que fácilmente pueden servir para otros contextos organizativos, como puede ser el de nuestra iglesia. Selecciono unos pasajes, destaco algunas palabras e invito a leer este texto pensando en la administración y el funcionamiento institucional y en el ejercicio del liderazgo en nuestra iglesia. De especial importancia es esta reflexión para cualquiera que ostente un cargo dirigente en la iglesia.

Como cristianos, debemos considerar también la dimensión espiritual del fenómeno (por ejemplo, sabemos que Dios puede suplir algunas carencias en el mérito propio –al que el autor hace referencia– de algunos dirigentes). Pero ello no resta valor al análisis de Marina; en todo caso, la misión sagrada de la iglesia exige un escrúpulo aún mayor en el nivel ético que se debe esperar en quienes sirven a la comunidad.

Escribe Marina:

«El concepto de autoridad apareció en Roma como opuesto al de poder. El poder es un hecho real. Una voluntad se impone a otra por el ejercicio de la fuerza. En cambio, la autoridad está unida a la legitimidad, dignidad, calidad, excelencia de una institución o de una persona. El poder no tiene por qué contar con el súbdito. Le coacciona, sin más, y el miedo es el sentimiento adecuado a esta relación. En cambio, la autoridad tiene que despertar respeto, y esto implica una aceptación, una evaluación del mérito, una capacidad de admirar, en quien reconoce la autoridad. Una muchedumbre encanallada sería incapaz de respetar nada. Es desde el respeto desde donde se debe definir la autoridad, que no es otra cosa que la cualidad capaz de fundarlo. El respeto a la autoridad instaura una relación fundada en la excelencia de los dos miembros que la componen: quien ejerce la autoridad y quien la acepta como tal.

»Éste es el sentido que aún conserva la palabra en expresiones como “es una autoridad en medicina”. Y es el que se ha perdido, por ejemplo, cuando se dice que un policía es representante de la autoridad. Esto sólo ocurre cuando el poder es legítimo y digno, porque en una tiranía la policía es sólo un representante del poder, de la fuerza. Ocurre lo mismo con la autoridad del Estado. Sólo la tiene cuando es legítimo y justo; de lo contrario es un mero mecanismo de poder. No lo olvidemos: el concepto de autoridad nos introduce en un régimen de legitimidad, calidad, excelencia, dignidad. Por eso tenía razón Hannah Arendt al decir que si desaparecía, se hundían los fundamentos del mundo. Al menos, del mundo democrático, que es al que ella se refería.

»La autoridad es, ante todo, una cualidad de las personas, basada en el mérito propio. A ella se refería el emperador Augusto en una frase famosa: “Pude hacer esas cosas porque, aunque tenía el mismo poder que mis iguales, tenía más autoridad”. Sin embargo, por extensión, se aplica a las instituciones especialmente importantes por su función social: el Estado, el sistema judicial, la escuela, la familia. En este caso, la autoridad no es el ejercicio del poder, sino el respeto suscitado por la dignidad de la función. Y esa dignidad obra de dos maneras diferentes. En primer lugar, confiere autoridad a quienes forman parte de esa institución, para que puedan realizar sus tareas. Por ello, todos los jueces, padres o profesores merecen respeto “institucional”. Pero, a su vez, esa dignidad conferida por el puesto, les obliga a merecerla y a obrar en consecuencia. Forma parte de su obligación profesional, podríamos decir.

»Como se ve, el modelo conceptual de la autoridad nos integra a todos en un modelo de la excelencia y el mérito. Por eso todas las sociedades torpemente igualitarias acaban rechazando la autoridad en este sentido, porque les cuesta aceptar las diferentes jerarquías de comportamientos y consideran que respetar a alguien es una humillación antidemocrática. Se instala así una democracia vulgar, basada en el poder, en vez de una democracia noble, basada en la calidad y el respeto (…).

»La recuperación de la autoridad no quiere decir sin más recuperación del orden y la disciplina, sino instauración de la excelencia democrática. La democracia no es un modo de vida permisivo, sino exigente, que, sin embargo, aumenta la libertad y las posibilidades vitales de todos los ciudadanos. A cambio nos pide un respeto activo, creador y valiente por todo lo valioso. La autoridad aparece así como el resplandor de lo excelente, que se impone por su presencia. Tal vez a esta relación se refería Goethe cuando nos recomendaba “desacostumbrarnos de lo mediocre y, en lo bueno, noble y bello, vivir resueltamente”.»

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