sábado, 7 de noviembre de 2009

Lo más importante son las personas

Por Jonás Berea (jonasberea@gmail.com)
http://yoestoyalapuerta.blogspot.com/

La revista Adventist World de mayo de 2009 publica el artículo “Cinco lecciones que aprendí”, de Jan Paulsen, presidente de la Iglesia Adventista mundial, cuya lectura completa sugiero. La primera lección que destaca Paulsen es que “lo más importante son las personas”, y dice así (añado negritas):

«Puede resultar fácil como iglesia, en especial para los que ejercen el liderazgo, olvidarse de las personas. En las comisiones se suelen discutir valores, declaraciones oficiales, objetivos, proyecciones, reglamentos y planes. En algún momento, todo esto queda separado de la experiencia humana del individuo. Comenzamos a ver un valor intrínseco en las cosas, en lugar de ver que tienen valor siempre y cuando cumplan el propósito divino de alimentar al pueblo de Dios.

»En la esfera humana, Dios no hace otra cosa que acercarse a las personas, para atraerlas hacia sí por medio de su amor irreprensible y guiarlas hacia la eternidad. Las personas son lo más importante para Dios. Es por ello que Cristo vino a la tierra. Esta simple verdad tiene consecuencias inimaginables en nuestro diario vivir y en nuestra relación con los demás. En toda clase de relación, el valor del otro supera lo que podemos comprender. Por ello, dentro de la iglesia nuestra pregunta constante debería ser: “¿Cómo afecta esto a las personas?” No es la lógica humana, sino más bien el ilógico amor divino por sus seres creados, lo que tiene que ser el centro de todo cuanto somos y hacemos. Sí, a veces me equivoco; la iglesia como cuerpo a veces también lo hace. Pero es una lección importante que no me abandona.»

El enfoque de Paulsen coincide con el breve pero interesantísimo editorial de Protestante Digital del 7 de octubre de 2008, titulado “Personas, no instituciones”, donde estos hermanos exponen algunas ideas muy valiosas para iglesias que se dicen cristianas. Extracto algunos párrafos:

«El gran problema de las instituciones es cuando en vez de ser herramientas al servicio de las personas, del pueblo, se convierten en empresas o ídolos a los que los hombres sirven porque no hay hombres que sepan dirigir correctamente a las instituciones, sino hombres que se enseñorean de hombres y no sirven a ideales sino intereses.

»Esto ocurre en partidos políticos, medios de comunicación, y lobbys de presión. O en los grandes monopolios económicos […]. Y esto ocurre también en la Iglesia. Cuando se olvida que quienes la forman son personas y no poderes, la Iglesia pierde el sentido, el mensaje, la sal y la luz. Las ventanas de esta Iglesia que se considera poderosa, que no puede ni quiere equivocarse o rectificar se convierten en troneras para defenderse. Las puertas de la Iglesia formada por personas están siempre abiertas, porque no tienen nada que ganar ni perder en este mundo salvo lo intangible que ni se compra ni se vende. […]

»La sociedad y la Iglesia no necesitan instituciones fuertes, sino formar a personas fuertes en sus valores, convicciones y capacidad de dialogar y reconocer sus propios errores. Ese es el verdadero tesoro, el auténtico poder, la genuina fuerza de las instituciones: la influencia de las personas que la forman y conforman.»

Siguiendo con el artículo de Paulsen, destaco ahora la lección número tres, titulada “”Las consultas triunfan sobre la tiranía”:

«Muchos años atrás, un importante administrador de la iglesia me dijo: “Recuerde que usted está a cargo sólo si no tiene necesidad de probarlo”. He aprendido que esto es cierto. En el liderazgo de la iglesia no hay lugar para tratar de “probar” la autoridad propia; en el mejor de los casos, se torna un ejercicio frenético y defensivo de autoafirmación; en el peor, se vuelve dominador y dictatorial.

»La iglesia no funciona según el modelo presidencial, por más que sea necesario tomar algunas decisiones ejecutivas y alguien tenga que asumir en último término ciertas responsabilidades. Sin embargo, en todos los niveles de liderazgo, tomar decisiones implica realizar consultas, analizar los temas y llegar a un consenso. He aprendido que las mejores y más seguras decisiones que pueden hacerse como líder espiritual surgen de un foro de consultas donde sea posible intercambiar ideas con franqueza; donde uno no se sienta amenazado por los que piensan diferente; donde no haya “tabúes” respecto de ciertas opiniones y donde uno esté dispuesto a decir: “Tal vez me equivoqué en esto”, o “Entiendo lo que usted dice, pero no estoy de acuerdo”.»

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