miércoles, 19 de mayo de 2010

La honra del ungido

Por Juan Ramón Junqueras
(http://yoestoyalapuerta.blogspot.com/)


(Con autorización del autor, reproduzco este texto de Juan Ramón Junqueras tomado de su blog PredicAndo en el desierto. Me he permitido añadir unos destacados en negrita. Junqueras ofrece sus interesantes aportaciones en otros blogs, como La Escuela Sabática con otros ojos y 2 a media luz. Jonás Berea)

Últimamente estoy viviendo en tercera persona (y digo “estoy” porque aún no ha acabado, ni sé cómo acabará…) un caso de disciplina eclesiástica, a mi entender profundamente surrealista. Una amiga ha sido puesta en voto de censura (estado disciplinario de membresía comunitaria que merma sus derechos en tanto que miembro de la iglesia) por llamar públicamente mentiroso al clérigo de su comunidad.

Aunque obviaré los detalles más escabrosos, y los múltiples atentados al principio evangélico de la disciplina, que marca de forma irrenunciable el trayecto a seguir en estos casos (reprender en privado; hacerlo después de forma discreta en el marco de un grupo reducido de dirigentes, de forma que el disciplinado encuentre un marco humano en el que explicarse; y, en último extremo, exponer el caso a la comunidad, con el fin de encontrar una solución que contemple, ante todo, la restauración comunitaria del reprendido), os contaré que la razón aducida públicamente para este acto disciplinario, en palabras de otro clérigo de rango administrativo superior al primero, fue que no se puede poner en cuestión “la honra de un ungido”. E incluso habiendo pedido perdón al dirigente, ante toda la comunidad, mi amiga fue disciplinada en esa misma reunión.

Lo más difícil y lo más exigente que hay en la vida son las relaciones humanas, saber vivir y convivir con los demás. En esto, y sobre todo en esto, es donde se ve la calidad de una persona y la densidad de un proyecto comunitario. Por esto se comprende que, en este ámbito de la vida sobre todo, es donde Jesús se empleó a fondo.

Dicen los historiadores de la cultura y de la antropología que el valor supremo en las sociedades mediterráneas del siglo I era la honra. En tiempos de Jesús, por salvar y asegurar la honra, el buen nombre, la dignidad personal o social, la gente agredía a los demás, los menospreciaba y, si era preciso, hasta los mataba.

Ahora bien, sabemos de sobra que Jesús rompió con la honra, o con la dignidad de un cargo, en cuanto valor determinante de la vida. No le importó el cargo que alguien ostentase, cuando entendía que tenía algo que recriminarle:

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! (Mt. 23:27)

El apóstol Pablo también tenía claro que la escala jerárquica en la iglesia primitiva no debía otorgar más dignidad eclesiástica a quien la ostentaba:

Nada hagáis por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismo. (Fil. 2:3)

La prevalencia de la honra como valor determinante en la vida divide, separa y enfrenta a las personas. Y las enfrenta hasta el extremo de generar odios y violencias inimaginables. Desde el momento en que la honra propia se sitúa en el centro de la vida y de la convivencia, los excluidos brotan y se multiplican por todas partes. Nacen, entonces, las competitividades y los enfrentamientos, e incluso sale a la luz lo peor de nosotros mismos, percibiendo como insoportables a todos aquellos que nos deshonran, y permitiéndonos hacer lo necesario para que nuestro buen nombre prevalezca.

Jesús le dio a todo esto un giro radicalmente distinto, proponiendo que todo se reduce al “principio del respeto” como fuerza determinante de la vida. Lo cual parece una afirmación ingenua y simplista. Pero que, en realidad, es una formulación que engloba el mensaje central del evangelio. Me explico:

El principio del respeto es, ante todo, no simplemente “ser bueno” y menos aún “bonachón”. Respetar es vivir de tal manera que quien se siente respetable se caracteriza por el hecho de que contagia respeto porque lo tiene hacia los demás. El respeto no se predica, ni se enseña. No se demanda ni se impone. Sólo una persona que se respeta a sí misma puede hacerse respetar por los otros. Es evidente que muchas veces no nos sentimos felices en la vida, ni con lo que nos hacen los demás. Pero ahí, y entonces, es cuando emerge la calidad de la persona o del grupo que, por encima de sus personales estados de ánimo o de sus problemas con alguien, es capaz de seguir contagiando a ese alguien, bienestar, sosiego, paz… En definitiva, es capaz de respetarle.

Ser respetable es no querer jamás, ni por nada, distinguirse y situarse por encima de otros. Se trata, en efecto, de la condición en que viven quienes no admiten ser superiores ni más dignos que los demás. Ni soportan ir por la vida como seres sagrados o consagrados, que merecen un respeto al que otros no tienen derecho. Por eso, los privilegiados de siempre, los amigos de dignidades, títulos, oropeles o tronos de honor no quieren ni oír hablar de este tipo de respeto. Y dicen que eso es “relativismo” o “pérdida de valores”. En realidad, se trata de gentes de baja calidad humana, personas que andan sobradas de autoestima, eternos complacientes en su propio ego, individuos que nunca van a ninguna parte porque nunca salen de sí mismos, ni paran de dar vueltas en torno a su propia honra y dignidad, supuestamente conferida por una función eclesiástica, sobrecargados de cargos y bloqueados en la burbuja de semejante payasada.

Ser respetable es, ante todo y sobre todo, tener respeto a los demás, a todos, sean quienes sean. Sin pasar factura jamás, y por más que uno se crea con derecho a pasarla. Por eso, el respeto es tolerancia y aceptación del pluralismo. Aceptación, incluso, de la crítica a la propia función.

Pero está claro: vistas así las cosas, resulta evidente que el respeto, vivido de forma tan incondicional, es seguramente la actitud más difícil de la vida. Sobre todo cuando se imponen razones de valor absoluto que pueden justificar y hasta exigir que se les falte el respeto a otros, “por el bien de ellos mismos”. Las religiones y los personas religiosas (que no espirituales) suelen ser expertas en este tipo de manejos turbios y refinadamente hirientes. Argumentando, además, que hacen eso por “caridad cristiana” o por “fidelidad a la institución”.

Es entonces cuando se descomponen la bondad y el respeto mutuo, justificándolo todo, incluso el peor de los atropellos, en virtud de argumentos “bondadosos”: “Lo hacemos por tu bien”; “Es lo mejor para ti en estos momentos”; “Te censuramos para que reflexiones”; “Esperamos que esto te ayude a ver tu error”. Se hace patente, entonces, el sarcasmo de la mayor hipocresía. Y, desde luego, la supuesta honra de un clérigo al que se ha llamado mentiroso (sea o no sea verdad que lo sea) no debería ser el tobogán por el que se lance la comunidad hacia un proceso disciplinario que tenga, como único objetivo, la restauración de la dignidad de un “ungido”

Las distintas iglesias, y por supuesto la nuestra, necesitan un replanteamiento radical de sus formas de actuar para la disciplina o el castigo eclesiástico, y de las propias bases que los sustentan. Porque, a veces, si pretendemos estar haciendo así la voluntad de Dios, parecen inventados por el peor y más vengativo de los dioses.

En esta dificilísima tarea de la disciplina eclesiástica deberíamos saber rescatar el espíritu del evangelio: el amor fraterno. No es la ley lo que debemos defender, ni de su prevalencia somos garantes. Lo somos, si lo somos de algo, del ser humano que se ve destruido en el mismo seno de nuestra comunidad. En este sentido, es mucho lo que la comunidad cristiana organizada tiene que revisar. Debemos preguntarnos sinceramente hasta qué punto nuestro sistema disciplinario, en todos sus niveles, es signo de un amor que redime al creyente o de una ley que lo reprime.

Esta sola consideración sería suficiente para un serio y largo examen de conciencia. En muchos casos podremos, sí, dejar a salvo esa ley y esa honra que tanto nos esforzamos por salvaguardar. Pero deberemos preguntarnos si el precio que tendremos que pagar será siempre la destrucción del individuo. Esa destrucción que se obra en su ser más íntimo, al verse avasallado por una ley que no entiende ni comprende.

¿Hasta qué punto una moral represiva, que castiga con la exclusión al que disiente, o en el mejor de los casos con el ostracismo, educa al creyente… o lo empuja a vivir exactamente al contrario de lo que le imponemos, con el agravante de la desilusión y el más negro resentimiento? Antes de condenar y castigar, deberíamos hacer examen de conciencia.

El evangelio se mueve sobre esta base: restaurar al hermano, buscar su bien más profundo, mostrarle el respeto y el amor que se le debe como miembro paritario de nuestra misma comunidad. Restaurar, no como jueces omnipotentes, o como padres que se olvidan de que sus hijos están creciendo. Restaurar acercándonos al ser humano, dialogando con él sobre sus problemas y dificultades, comprendiendo su situación, esperándolo todo el tiempo necesario para que dé su respuesta, y respetándolo aunque su respuesta no sea la que esperábamos.

Que este estilo educativo supone un cambio en nuestro esquema disciplinario está fuera de toda duda. Que lo exige el evangelio del amor, también lo está. Con este amor fraterno como premisa fundamental, pensemos ahora todo lo que está sucediendo en el seno mismo de nuestras comunidades, y veamos juntos cuál puede ser la forma más adecuada de que nuestras congregaciones sean levadura y fermento de una vida nueva.

Más que perseguir la honra del “ungido”, persigamos las huellas de Jesús, que hasta a Judas acogió en sus horas más amargas. Jesús no toleró cualquier forma de religiosidad. Desde luego, la que deshumaniza a quienes se identifican con ella, no. Y tampoco a los que se identifican incondicionalmente con los turbios e inconfesables intereses que suelen aparecer en los grupos y personas religiosas al uso. El verdadero “Ungido de Dios” vivió abriendo espacios a los oprimidos, preparando caminos a los que se sienten desorientados, curando a los heridos, restaurando a los avasallados por el poder religioso, agrandando a los pequeños, y poniendo en el sitio que se merecen a aquellos que, en vez de cuidar al rebaño, se empeñan en diezmar el comino.


viernes, 12 de marzo de 2010

El cristiano y la guerra

El desafío bíblico de la no violencia
Georges Stéveny
(http://yoestoyalapuerta.blogspot.com/)

[En el pasado número de febrero de 2010, la Revista Adventista española rescataba este artículo del teólogo adventista Georges Stéveny, fallecido en 2004. Me permito reproducirlo aquí por considerarlo del máximo interés, en especial como complemento a mi artículo Adventistas ante la guerra y la paz. Los destacados en negrita son míos. Para una profundización mayor en el tema, se puede leer la transcripción de las ponencias que, bajo el título La no violencia, ofreció el mismo autor en la Convención de AEGUAE de 1976. Jonás Berea]

La expresión fundamental de la ética cristiana es, sin duda, el amor. Amar a Dios, amar como Dios, amar al prójimo como a sí mismo, amar a Dios en el otro, amar al otro como a Dios… ¡Todo estriba en esto! El amor es el fruto del espíritu (Gál. 5: 22) y el signo distintivo del cristiano auténtico: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros» (Juan 13: 35). Sabemos que el amor sobrepasa la fe y la esperanza. Contiene el germen de la vida eterna (1 Cor. 13: 13). Jesús vivió el amor hasta la cruz, hasta morir por él. Su muerte destruyó a la misma muerte, porque aquélla iba cargada de amor.

Muchos creen que esto no causó ningún problema a Jesús. El docetismo ha entorpecido tanto la teología que, a menudo, cubre con un velo el evangelio. Sin embargo, la Biblia dice que Jesús creció en estatura, en sabiduría y en gracia (Luc. 2: 52), aprendió a obedecer a través del sufrimiento (Heb. 5: 8) y, habiendo sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecar (Heb. 4: 15), ha llegado a ser para quienes le obedecen el autor de la salvación eterna (Heb. 5: 9).

Una crisis dramática marca el ministerio de Jesús después de su bautismo. Ésta revela que el amor logró una heroica victoria sobre las voces satánicas. ¡No nos dejemos engañar! Cuando Satanás ofrece a Jesús todos los reinos de la tierra si se postra delante de él, no le está pidiendo una simple genuflexión, sino la utilización de todos los medios que permitan sojuzgar a los hombres y a los pueblos: mentira, hipocresía, violencia, crimen, guerra... Todo, excepto el amor. La tentación consistía en doblegar a Jesús a las tradiciones milenarias, en seguir la vía fácil engrandecido por las masas. ¿Acaso no quisieron conducirlo al trono al son de los “Hosanas” cantados por el pueblo? En el silencio del desierto, Jesús descubrió cómo llevaría a cabo su ministerio. Seguiría un sendero áspero en el que las huellas aparecen teñidas por la sangre de los profetas. Lo subiría día tras día, fiel a su método, sin quejarse, como un cordero que es llevado al matadero. Bajar del cielo, renunciar al trono, servir y, si es necesario, subir a la cruz: éste es el camino del amor, personificado de una forma ejemplar en Jesús de Nazaret.

Si Jesús vivió el amor, también lo recomendó. Consideremos, entre otros, el sermón del Monte, llave maestra de su pensamiento, «Sed perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto» (Mat. 5: 48). ¿Cómo? ¡Acumular esfuerzos para parecernos a Dios! Sería el colmo del ridículo, una tétrica réplica del mito de Sísifo. Lo que Jesús nos propone es una renovación interior, un desarrollo bajo este nuevo nacimiento, en el camino del amor, de la vida auténtica. Esta vida renovada se evidencia llevando a la práctica tres propuestas:

Respetar la vida de hecho y de intención (Mat. 5: 21-26).
• No resistir al mal, sino oponérsele con la no violencia (Mat 5: 38-43).
Amar a los enemigos, bendecir a quienes os maldicen, hacer el bien a los que os odian, orar por aquellos que os persiguen (Mat. 5: 43-48).

Con este discurso se acaba el judaísmo y da comienzo el cristianismo. Queda obsoleto el principio de la reciprocidad, de la venganza, del equilibrio inestable bajo el condicionamiento de influencias exteriores. Jesús nos ofrece a cada uno la posibilidad de llegar a ser hijo de Dios. Liberados de todos los obstáculos que, tanto de dentro como de fuera, postergaban el nacimiento de la soberanía divina, los hombres deben aprender a amar, signo de su nueva naturaleza y carácter de su Padre celestial.

¿Es necesario mencionarlo? Ese amor apenas se parece a lo que nosotros llamamos comúnmente amor. Pero, sin lugar a dudas, es incompatible con el conjunto de sentimientos que engendran la guerra o la hacen posible. El mundo del amor divino se opone al mundo natural como la vida se opone a la muerte. Ser cristiano es pasar del mundo natural al mundo sobrenatural por el milagro del nuevo nacimiento, milagro en el que se participa por medio de un compromiso consciente y de una oración constante.

Conviene subrayar en cuánto sobrepasa Jesús el orden antiguo. El judaísmo había modificado la Ley de Dios adaptándola a las reacciones instintivas naturales. De esta manera, el “No matarás” se desvalorizó en la ley del talión: “Ojo por ojo, diente por diente”. Justicia retributiva. Protección de la vida a las puertas de la muerte. Degradación de religión a moral, de florecimiento de la vida a lucha áspera por la vida.

Jesús no sólo denuncia la muerte, sino también la irritación que conduce a la misma. Es por ello que señala el insulto como un atentado contra la vida y proclama la reconciliación como el polo opuesto de la muerte. Sin reconciliación, los deberes más sagrados carecen de sentido.

Jesús nos describe una nueva concepción del deber. Cuando la ley de Dios está grabada en un corazón regenerado, actúa como una semilla (1 Ped. 1: 22-25) que produce una nueva vida, con unas necesidades nuevas, una sensibilidad nueva. El fruto por excelencia, el amor, es maravillosamente descrito por el apóstol Pedro en los capítulos 2, 3 y 4 de su primera epístola. Citemos en particular estas significativas palabras: «Porque ¿qué mérito es, si pecando sois abofeteados, y lo sufrís? Pero si haciendo bien sois afligidos, y lo soportáis, esto ciertamente es agradable ante Dios. Para eso fuisteis llamados, porque también Cristo padeció por vosotros, dejandoos ejemplo, para que sigáis sus pisadas. “Él no cometió pecado, ni fue hallado pecado en su boca”. Cuando lo maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba al que juzga con justicia» (1 Ped. 2: 20-23). Aquí encontramos claramente definido en qué consiste la nueva alianza, donde el Espíritu de Dios graba su ley en los corazones (Heb. 8: 7-13). Pero en la práctica, ¿qué hacer delante del “mal”?

“No le resistáis”, responde Jesús
. Al menos, eso dicen las traducciones habituales. Sin embargo, el texto original sugiere de manera evidente algo más: No le contradigáis, no le repliquéis colocándoos en el mismo terreno. No utilicéis fuerza contra fuerza, arma contra arma, crimen contra crimen. La Ley del Talión tenía como fin la venganza. Desde el momento en que aceptas las palabras de Jesús, la venganza queda desterrada. «Si alguno te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda» (Mat. 5: 38-42). Lo cual quiere decir: acepta sufrir un poco más, si es necesario, para que se ponga de manifiesto la cólera del adversario y él mismo descubra su error respecto a ti. Introduce en el vacío de su conciencia el extremo de la palanca de tu amor. El bien y el mal coexisten en todos los hombres. Ten en cuenta el bien que existe en él. ¡Y que el mal se consuma ante tu bondad!

El apóstol Pablo expresa el mismo pensamiento cuando dice: «No te dejes vencer por el mal, mas vence el mal con el bien» (Rom. 12: 14-21). En esto consiste, precisamente, la no violencia. Es lo opuesto a una resignación triste o mal contenida, a una indiferencia altiva o a una impotencia temerosa. La no violencia pone en práctica una fuerza difícil de manejar, la fuerza del espíritu; lo cual exige mucha más fuerza que la simple réplica. Para responder es suficiente con dejarse ir. Para defender la no violencia es necesario ser dueño de sí mismo. Si ésta no alcanza su propósito, al menos no habrá provocado más estragos; al menos, no te habrás corrompido tú mismo.

Estos consejos parecen insensatos a aquellos que aún no han tenido acceso al mundo del espíritu. Lo son, en efecto, desde el punto de vista de las leyes humanas, porque no pertenecen al orden natural de las cosas. Recordémoslo, para Jesús un cristiano es un hombre nacido de nuevo y, si éste practica dichos consejos, se parece a un hombre prudente que construyó su casa sobre la roca (Mat. 7: 24).


Algunos problemas

Un hecho importantísimo confirma la enseñanza de Jesús de forma magistral. Después de la cena de Pascua, habiéndose ido Judas, Cristo y los once apóstoles fueron al monte de los Olivos. Allí encontraron a Jesús los soldados conducidos por el traidor. Pedro quiso defender a su Maestro. Cogió la espada e hirió al siervo del pontífice. Le cortó la oreja derecha. Jesús reconvino a Pedro: «Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán» (Mat. 26: 52), y curó al siervo del pontífice.

Aquí, el pensamiento de Jesús se encuentra expresado a la vez por un principio simple y mediante un hecho elocuente. Es un caso de legítima defensa. A buen seguro, nunca un hombre fue más digno de protección. Sin embargo, no satisfecho con rechazar de forma categórica la ayuda de las armas, Jesús se ocupa de curar al herido con amor.

El principio enunciado reviste, sin discusión, una forma absolutamente general: “Todos aquéllos que tomen espada a espada perecerán”. Sin duda, Jesús quiere decir que las guerras siempre engendran guerras. Nunca se solucionará nada con armas; éstas no sirven más que para aumentar la siniestra pirámide de cadáveres, sin hacer avanzar al hombre ni una pulgada en la solución de sus problemas. No podemos servir en la causa de Dios con procedimientos diabólicos. Con el mal, no podemos hacer el bien.

Sin embargo, en este pasaje surge un problema. Inmediatamente antes del episodio que acabamos de evocar, Jesús había hablado de esta manera: «El que tiene una bolsa, tómela; el que tiene una alforja, tómela también, y el que no tiene espada que venda su capa y compre una. Porque os digo, que es necesario que se cumpla en mí lo que está escrito: “Con los transgresores fue contado”. Porque lo que está escrito de mí, tiene que cumplirse. Entonces ellos dijeron: “Señor, aquí hay dos espadas. Y él les dijo: “Basta”» (Luc. 22: 36-38).

Este texto es citado con frecuencia para legitimar la violencia. Sin embargo, si consideramos las espadas en sentido literal, lo único compatible con esta interpretación, las dificultades son insuperables:

contradicción flagrante con todo el conjunto de la predicación cristiana;
• inconsecuencia inexplicable, ya que Jesús se hubiera contradicho horas más tarde, de palabra (“Todos aquellos que tomen espada, a espada morirán”) y de hecho (orden a Pedro de envainar de nuevo la espada y curación del herido);
decisión irrisoria, porque en tales circunstancias, dos espadas nos hacen sonreír.

Ante estas objeciones, se ha buscado una interpretación muy imaginativa basada en Lucas 22: 37. Sabiendo llegada la hora de su muerte, Jesús estaría ansioso de cumplir una célebre profecía diciendo que sería contado entre los malhechores (Isa. 53: 12). ¡Las espadas eran útiles para disfrazar a los apóstoles de actores en una escena que convenía cumplir!

Pero, ¿cómo imaginar a Jesús, en ese solemne momento, preocupándose de una puesta en escena totalmente desprovista de honestidad? Además, y sobre todo, ¿cómo prestar a esa profecía el significado de una predicción fatal, menospreciando las reglas elementales de una hermenéutica sana? En efecto, las profecías bíblicas son, en general, condicionales.

Por otra parte, la explicación del mismo Isaías se muestra muy diferente: «Fue contado con los perversos cuando en realidad, él llevó el pecado de muchos». Nos hallamos en un plano muy distinto. El profeta ve a Jesús entre los culpables, pese a que es inocente. Jesús se solidariza con los hombres pecadores hasta el punto de asumir la condición del pecador.

En una palabra, todas las explicaciones que mantienen el sentido literal del vocablo ‘espada’ chocan con obstáculos infranqueables, sean cuales sean los matices con los cuales se las presenta. Siempre caen en el mismo error: no prestar suficiente atención al texto. Así, se enfatiza el término ‘espada’, cuando ésta no tiene más importancia que la relativa a la alforja o a la bolsa.

De hecho, Jesús se refiere a las instrucciones que había dado a los doce, después de convertirlos en apóstoles Lucas 9: 1-6.

Les dice: “Entonces os envié sin bolsa sin alforja, sin zapatos y no os faltó nada. Era la maravillosa primavera galilea de mi ministerio. Vosotros no teníais ni mucha fe, ni muchos conocimientos, ni demasiada experiencia. Pero las condiciones os eran relativamente favorables. La misma oposición nunca fue dramática hasta el punto de que no se pudiera encontrar una salida. Además, yo estaba con vosotros. Ahora viene el tiempo de las dificultades. Mi hora llega y la vuestra la seguirá. ¡Primero llega la mía! En vuestro pensamiento, soy invencible. Sin embargo, sufriré una derrota escandalosa. Vosotros esperáis verme pronto provisto de un cetro. Pero antes tengo que superar otra etapa. La gloria es para más tarde. He sido entregado... Satanás cribará el trigo. Pedro me negará dos veces, pero se convertirá y fortalecerá a sus hermanos. La noche se acerca. Armaos de valentía y de fe. Os será necesaria una buena provisión de fuerza moral y de agresividad espiritual. La espada del espíritu os será más útil que el abrigo de las buenas apariencias. La hora de la benevolencia pasó. Vais a afrontar la oposición”. (Leer de nuevo y con mucha atención Lucas 22: 21-38).

En lugar de interpretar el texto en el sentido de una llamada a las armas, nosotros lo entendemos más bien como una exhortación espiritual. El Nuevo Testamento ofrece muchos ejemplos parecidos (Efe. 6: 14-17; 1 Ped. 4: 1...). En algunas ocasiones Jesús fue mal comprendido al utilizar metáforas. En nuestro relato, la interpretación simbólica armoniza con el contexto, concuerda con el conjunto de enseñanzas de Jesús y no fuerza el idioma. Sin embargo, ¿por qué dijo Jesús, a propósito de las dos espadas traídas por los apóstoles: “¡Basta!”?

Podríamos preguntamos si el Maestro no estaría decepcionado ante la incomprensión de los suyos. Descubre que los apóstoles no habían seguido el desarrollo de su pensamiento. Inútil seguir. “¡Basta!” ¡No son las espadas las que bastan! (el texto griego es neutro). Sin ironía y sin impaciencia, Jesús corta, de forma sencilla, una conversación inoportuna, un diálogo de sordos. Por otro lado, la ocasión de precisar su pensamiento le llegó más tarde, tal como ya hemos visto.

Veamos otro texto citado con frecuencia para legitimar el ejército y la guerra. Unos soldados se acercan a Juan el Bautista preguntándole: «Y nosotros, ¿qué haremos? Les dijo: “No extorsionéis a nadie, ni calumniéis. Contentaos con vuestro salario”» (Luc. 3: 14). Juan no desaprueba el ejército. Tan sólo recomienda a los militares que sean honrados. ¿No es ésta una manera de aprobar el ejército y su profesión? ¡Seguro! Pero que esta conclusión no sea atribuida al cristianismo. Juan el Bautista precedió a Jesús, pero se quedó en la intersección de los tiempos. Designó a Jesús como el servidor de Dios, pero curiosamente, él mismo no le siguió y fue asaltado por una duda mortal en la prisión de Maqueronte. No obstante, su juicio era justo cuando declaraba a propósito del Cristo: «Es necesario que él crezca y yo mengüe» (Juan 3: 30). Y, evidentemente, el consejo a los soldados forma aún parte de la antigua alianza, la cual se desvanece ante el sermón del Monte.


De la teoría a la práctica

En teoría, la cuestión parece clara. Si ponemos un Nuevo Testamento en las manos de un lector sin prejuicios, pronto comprenderá que el evangelio es incompatible con la guerra. El amor a Dios consiste en guardar sus mandamientos. Dios es amor, y el que permanece en el amor, permanece en Dios y Dios permanece en él (1 Juan 4: 16; 5: 3).

Otra cosa muy distinta es vivir según estos principios. El teólogo Karl Barth no admite la tesis de los pacifistas sin condiciones. Señala algunos casos límite en los que la guerra aparece como la última solución. Otros han pretendido que el Sermón del Monte propone una ética excepcional, válida únicamente para tiempos excepcionales. No sabríamos vivirla de continuo. Bonhoeffer, por ejemplo, afirma que existen dos morales: una para los tiempos de paz y otra para los tiempos de crisis. De esta forma, el recurso a la violencia puede ser aceptado sin ser normativo y, forzosamente, un día u otro entra en nuestra ética como última medida.

Conviene preguntarse con sinceridad si semejante actitud es resultado de la fidelidad a Cristo o si no proviene más bien de una reducción de la fe, según un método oportunista. Yo creo que Jesucristo entró en la historia para terminar con ella. La redención afecta a la historia transformando, en realidad, al hombre dentro de la historia. Recurrir a la violencia, en cualquier caso, frena el nacimiento del reino de Dios.

Para Jesús, los discípulos están en el mundo como unos corderos en medio de lobos. Deben ser prudentes como serpientes y sencillos como palomas (Mat. 10: 16). No puedo comprender cómo puede justificarse que un cristiano actúe como un soldado armado hasta los dientes y sea entrenado en el arte de matar. Un servicio sanitario, por el contrario, es al mismo tiempo una señal de deferencia hacia las autoridades –lo que reclaman las Escrituras–, y una forma auténtica de servir al prójimo, sin distinción de raza, nacionalidad o ideología.


Conclusión

Nuestro divino Modelo, en todo caso, fue como un cordero en medio de lobos, y su muerte es el acto más sublime de no violencia que pueda ser imaginado. Dios se ofreció, en Jesucristo, a la muerte que él hubiera debido dar al hombre. Sin embargo, se dio a sí mismo en lugar de discutir. Antiguamente, los fabulistas representaron un gato lamiendo una lima y desangrándose. El pobre animal creía alimentarse e impedir la muerte. Lamía con frenesí, y cada lamido precipitaba su fin. Así actúan los hombres que creen hallar provecho en la guerra. Albergan la ilusión de hallar el alimento en la guerra y no ven que la propia guerra los deja mortalmente exangües.

El mundo pasa, la cruz permanece. Con ella se vislumbra la esperanza. La esperanza que cree lo que aún no es, pero que será; que ama lo que aún no es, pero que será. La no violencia es esta esperanza. Elección y apuesta por la fe. Combate de la fe y del amor.

domingo, 10 de enero de 2010

Ocasiones perdidas en nuestra escuela sabática

Por Juanfer
(
http://yoestoyalapuerta.blogspot.com/)

«Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y al verlo pasó de largo. Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, al verlo pasó de largo» (Luc. 10: 31-32).

Me encanta la escuela sabática. Es la parte de nuestro culto que más me enriquece, pues favorece el debate constructivo y profundo (el grado en que se consiga depende, en parte, de la apertura y habilidad del conductor de la clase). He aprendido mucho de nuestros queridos “libritos” trimestrales, así que doy gracias a Dios por ella.

Me gusta que la guía de estudio se sumerja a fondo en los temas. En cambio, me deja insatisfecho que eluda los más difíciles o enjundiosos. Esto me ocurre por ejemplo cuando veo cómo el autor correspondiente pasa de puntillas sobre las matanzas del Antiguo Testamento, sobre todo si quien las ordena es Dios mismo.


El tema tabú por excelencia en nuestra iglesia

Pero lo percibo aún más claramente en el tema del poder. El poder (humano sobre humanos) en cuanto tal. ¿Alguien recuerda algún trimestre dedicado a él? ¿Alguna lección semanal? Quizá me falla la memoria, pero yo no. Me refiero al poder en general, pero sobre todo al que se ejerce dentro de la iglesia. Y a los dirigentes de ésta.

La primera pregunta sería: ¿Por qué se trata de un asunto marginado?

Pero ocasiones no faltan. A fin de cuentas, y esto es de agradecer, las guías de la escuela sabática estudian todos los libros de la Biblia. Y la Biblia habla (mucho) del poder. Nos enseña, por ejemplo, que la rebelión satánica obedeció a un afán de dominar y prevalecer (así entendemos Isa. 14: 12-14; Eze. 28: 12-17 y Apoc. 12: 7). Y que, como fruto de ese afán, el Enemigo logró al menos ser el líder de la Tierra. «Príncipe de este mundo», lo llama el propio Jesús (Juan 12: 31). Los adventistas del séptimo día ponemos mucho énfasis en que la historia de la humanidad tiene como trasfondo el “conflicto cósmico” entre Dios y Satanás. Una lucha por el poder entre el Único con derecho a él y su vil adversario. Además sabemos que en Cristo todos somos hermanos e iguales en dignidad y derechos (que Dios rechaza la distinción de personas es un principio que se repite no menos de quince veces en la Escritura: ver, p. ej., Deut. 10: 17; Hech. 10: 34 y Rom. 2: 11). Sin embargo, no hacemos el mismo hincapié en una lógica consecuencia de ello, y es que nadie tiene derecho a abusar de nadie ni dentro ni fuera de la iglesia. Es rarísimo, por ejemplo, oír predicar sobre Mateo 20: 25-26.

Volviendo a la escuela sabática, en los últimos años hemos tratado más de una vez el asunto de los dones del Espíritu. Algunos de ellos tienen que ver con el liderazgo en la iglesia (ver Efe. 4: 11). Pero no abundan los análisis acerca de cómo debe ser ese liderazgo y de cómo suele ser en la práctica. Una pena, porque quizá del contraste, mayor o menor, que se derivase de ese estudio saldrían lecciones muy valiosas para todos, en particular para nuestros queridos hermanos en posición dirigente.

En el trimestre pasado estudiamos el libro de Números. La séptima lección se titulaba “Lucha por el poder”. La octava, “Sacerdotes y levitas”. El estudio, claro, se centraba en ese libro de la Escritura y hacía bien. Pero era una buena ocasión para haber hecho aplicaciones a nuestro tiempo. En algún grado, escaso, las hacía, pero en sentido unidireccional, enfatizando los deberes hacia los dirigentes (p. ej., el de orar por ellos). Necesario, pero quizá insuficiente. Además, hubo maestros y pastores que, en clases y predicaciones, hicieron aplicaciones en la misma línea. Algunos subrayaron lo peligrosas que son las “murmuraciones” (críticas o chismorreos) contra los dirigentes, como lo demuestran –decían– las que en su día sufriera Moisés (ver, p. ej., Núm. 14: 36). Pero olvidaban recalcar que éste era profeta de Dios, en un contexto teocrático de frecuentes intervenciones divinas, cosa que no ocurre con los dirigentes actuales. Tanto el librito como muchos maestros y predicadores perdieron la ocasión de plantearse por qué pueden surgir las críticas. ¿Obedecen siempre a un espíritu destructivo, y/o, como en la rebelión de Coré (Núm. 16), a un afán de hacerse ilegítimamente con el poder?


La última ocasión perdida

La lección de esta última semana perdió otra valiosa ocasión, y eso que esta vez parece que el propio autor preparó el terreno. El tema general era el amor y en la parte del jueves 7 de enero del presente 2010 se abordaba la cuestión del prójimo, magistralmente ilustrada por Jesús en la parábola del Buen Samaritano (Luc. 10: 25-37). De repente, en la parte central de esa página la guía cierra así el bloque de preguntas: «¿Por qué puso Jesús, específicamente, gente religiosa, incluso líderes religiosos, en el papel de “los malos”? ¿Qué lección hay allí también para nosotros?» (cursiva añadida).

Confieso que temblé de emoción al leer eso, aunque ya intuía el desenlace: tras las citadas cuestiones, la página continúa con el correspondiente espacio para que el estudiante anote su respuesta. Le sigue otro párrafo del autor en el que uno espera que él dé la suya… ¿y qué me encuentro? Pues una paráfrasis, interesante pero genérica, de Mateo 25: 35-36. Así ocurre tanto en la versión inglesa como en la española de la guía de estudio. Una vez más, la frustración se había consumado.

Quiero creer que no soy el único lector de esa lección que, llegado a ese punto, y alentado por los sugestivos planteamientos del propio autor, se preguntó: “¿Por qué Jesús no hizo pasar ante el herido a un judío ‘de a pie’, que no fuera de la casta dirigente?” A fin de cuentas, eso es lo que era el judío herido y tampoco se nos dice que fuera un dirigente (sí muy diligente) el samaritano que lo atendió (del pueblo judío no podía serlo, por supuesto).

Quizá tampoco sea yo el único que entonces recordó los frecuentes encontronazos que tuvo el Maestro con los gobernantes de su tiempo. Por cierto, a la hora de denunciarlos no se anduvo con chiquitas (ver, p. ej., Mat. 23). A los «principales sacerdotes» y «ancianos del pueblo» llegó a asegurarles que «los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios» (Mat. 21: 31). Sin olvidar que fueron ellos, los dirigentes del pueblo escogido, quienes acabaron llevándole a la muerte (ver, p. ej., Juan 11: 47-53).

Naturalmente, hoy las cosas no son exactamente iguales que entonces. Para empezar, Jesús-hombre ya no está físicamente entre nosotros. Y la iglesia, aunque a veces se diría que creemos otra cosa, no es una teocracia.

Sin embargo, como en el tiempo de Jesús, los dirigentes siguen siendo humanos falibles que pueden caer, y de hecho caen, en la tentación del poder. Algo, propio de «los gentiles», que debería estar desterrado entre nosotros, ya que Cristo dijo: «Entre vosotros no será así» (Mat. 20: 25-26).

Por ello resulta triste comprobar cómo una y otra vez se elude esa importante cuestión. Así ocurre incluso cuando la temática abordada tiene mucho que ver con ella. Y es lamentable, en primer lugar, porque debemos preguntarnos si estamos cumpliendo la instrucción del Maestro. Un análisis imparcial y constructivo de este asunto podría hacernos mucho bien. A todos, pero de manera muy especial a nuestros hermanos dirigentes.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Adventistas ante la guerra y la paz

Por Jonás Berea (jonasberea@gmail.com)
http://yoestoyalapuerta.blogspot.com/

La red de noticias ANN informa de que el 9 de octubre Jan Paulsen, presidente mundial de la Iglesia Adventista, emitió un comunicado sobre la concesión del Premio Nobel de la Paz a Barack Obama (la alocución de Paulsen se puede escuchar completa, en inglés, en un breve vídeo). El dirigente adventista felicitaba a Obama el mismo día en que recibió el premio, y consideraba que se le ha otorgado como reconocimiento a «las señales que ha dado el presidente Obama dirigidas a librar al mundo de la amenaza nuclear», así como a su esfuerzo por colaborar con «las naciones del mundo en interés de la civilización».

La valoración de Paulsen se parece mucho a la que ese mismo día emitió el portavoz vaticano Federico Lombardi (hago esta comparación sin insinuar que haya relación entre uno y otro comunicado). Lombardi destacó «el compromiso mostrado por el Presidente Obama por la promoción de la paz en el campo internacional, y en particular, también recientemente en favor del desarme nuclear», y añadió: «Se augura que este importantísimo reconocimiento aliente ulteriormente este compromiso difícil pero fundamental para el futuro de la humanidad, para que pueda traer los resultados esperados» (Zenit, 09/10/2009).

En el caso del Vaticano, resulta comprensible la felicitación a Obama, y la mención del asunto nuclear. El trasfondo internacional en esta cuestión es la campaña que Estados Unidos está dirigiendo contra Irán, con la excusa del programa de energía nuclear para fines civiles de este país asiático. Desde que comenzaron las amenazas de Estados Unidos y sus satélites (mientras los principales mass media se empeñan en hacer ver que las amenazas proceden de Irán), el Vaticano se ha pronunciado de forma un tanto velada pero suficientemente clara a favor de las posiciones norteamericanas. Actualmente estamos presenciando una intoxicación similar a la que el país norteamericano siguió con Irak en 2002-2003, acusando al país árabe de esconder “armas de destrucción masiva” (ADM). Después vinieron la salvaje invasión y la abominable guerra, que hoy continúa, junto al reconocimiento explícito por parte de los agresores de que no existían tales ADM.

En este contexto de guerra inminente contra Irán, no hay motivos para alegrarse por que Obama reciba el Nobel de la Paz. Irán, no lo olvidemos, sufrió una terrible guerra en los ochenta por parte del Irak de Sadam Huseín, cuando éste era aliado de Estados Unidos. Es posible que Obama llegue a agredir a Irán (aunque se venderá como una guerra “defensiva”, o “preventiva”). ¿Mantendrá en tal caso Paulsen la felicitación al laureado presidente? ¿Él, que ha calificado a sus compatriotas noruegos de “valientes” por conceder ese premio, tendrá la valentía de colgar otro vídeo en Youtube condenando la guerra?

Pero no es necesario esperar a que se cumplan esas amenazas de guerra a Irán para valorar si Obama merece ese premio. Basta comprobar los atentados contra la paz que el flamante premio Nobel está llevando a cabo: mantenimiento de la ocupación de Irak; intensificación de la guerra de Afganistán (iniciada por Estados Unidos, quien atribuyó los atentados del 11-S a Bin Laden, y acusó a los talibanes afganos de protegerlo, todo ello falso); en el contexto de esa guerra, incursión militar en el territorio de Pakistán; como recuerdo de ella, numerosos detenidos desde 2001, bajo la acusación genérica de “terrorismo” pero sin ningún cargo formal (por tanto, secuestrados ilegalmente por el gobierno de Estados Unidos). Fueron recluidos en el campo de concentración de Guantánamo, sobre cuyo cierre en casi un año de gobierno no se han obtenido más que promesas. Guantánamo en realidad sólo es la punta del iceberg de toda una red de cárceles flotantes y vuelos secretos de la CIA donde infinidad de “sospechosos” son torturados y están privados de sus derechos y garantías más básicos. A ello hay que sumar el posicionamiento de Obama en el conflicto palestino-israelí, abiertamente favorable al estado sionista, o su negativa a firmar el tratado de minas antipersonales.

¿Son esos motivos para felicitar al presidente de los Estados Unidos? Uno podría pensar que Jan Paulsen simplemente está despistado, y en una visión superficial sólo ha considerado el discurso, aparentemente conciliador, de Obama. Ojalá sea así. Analicemos algunos precedentes para considerar el asunto en perspectiva.



Ante la guerra de Irak



Cuando en noviembre de 2002 se estaba gestando la invasión de Irak, el presidente de la iglesia mostró su preocupación por la creciente aceptación del militarismo entre los adventistas, y puso énfasis en la tradicional postura no combatiente de nuestra iglesia. «Yo defiendo esa postura», comentó, «y tal vez como iglesia debamos prestar de nuevo la debida atención a ella» (Adventist Review, noviembre de 2002).

Una vez comenzada la agresión, el Departamento de Comunicaciones de la Iglesia Adventista mundial, en nombre de la Oficina del Presidente, emitió una declaración en la que se decía, entre otras cosas: «En tanto que miembros de una comunidad de fe, activa en todas las naciones de la tierra, no podemos contemplar a ningún país como una nación de maleantes, sino que hemos de verlos más bien como personas por las cuales el Hijo de Dios, Jesucristo, entregó su vida. Recordamos en estos momentos a los cientos de miembros de nuestra iglesia en Irak […]. Las iglesias no deberían ser conocidas solamente por sus contribuciones espirituales, aun siendo éstas de carácter básico, sino también por su apoyo a la calidad de vida, y a este respecto la acción pacificadora resulta esencial. Llamamos a los cristianos y a la gente de buena voluntad de todo el mundo a tomar un papel activo en hacer y sostener la paz, siendo así nosotros parte de la solución en vez de ser parte del problema» (ANN, 20/03/2003).

Aunque habría sido deseable una posición más firme de apoyo a todo el pueblo iraquí, y de condena a los agresores, la dirección era la buena. El problema es que, mientras tanto, numerosos soldados adventistas participaban en la invasión de Irak. Recordemos que en Estados Unidos el servicio militar no es obligatorio, por lo que hay hermanos nuestros que están eligiendo esa carrera como opción profesional, en contra de la posición tradicional de no combatientes mantenida por nuestra iglesia.

En una visita de Paulsen a España, la Revista Adventista le realizó una entrevista (número de abril de 2005, pág. 9) en la que se le preguntaba por estas circunstancias. El presidente de la iglesia respondía: «La postura oficial de nuestra iglesia es y ha sido siempre la de no combatientes, no somos partidarios de tomar las armas y participar en una guerra. Yo siempre he sentido, como muchos de mis compañeros, que debemos animar a los jóvenes adventistas a elegir otras profesiones. Ha habido momentos en la historia en que jóvenes adventistas han tomado las armas para luchar, y en aquellas ocasiones también se les aconsejó que no lo hicieran. Es difícil comprender que alguien vaya a la guerra por elección propia cuando puede tomar otra decisión. Pero esto ha sucedido, y la Iglesia nunca ha hecho de este punto motivo de desfraternización. Como pastor me preocupa que esto haya sucedido y suceda, y desearía que no fuese así, porque no encaja en nuestra posición histórica de no combatientes».

Paulsen añadía: «Es necesario tener en cuenta que se trata de una cuestión cultural, que existen argumentos de solidaridad con los intereses de un país y que en este contexto muchos jóvenes consideran que deben defender su país como expresión de lealtad como ciudadanos. Con esto quiero dejar constancia de que esto sucede, no estoy mostrando un posicionamiento de la iglesia, sino una constatación de la realidad. La iglesia dice: “Si esa es tu postura, nosotros seguiremos pastoreándote.” Por tanto, por una parte el asunto me preocupa, pero por otra parte reconozco que hay una razón cultural de lealtad a un país y la iglesia no lo considera incompatible con ser adventista

La Revista Adventista de julio de 2005 (pág. 12) publicaba una carta de una hermana en respuesta a estas declaraciones de Paulsen, en la que se daba justa respuesta a las mismas: «No estoy muy segura, y no sé yo si al invadir los norteamericanos un país como Irak, injustamente, por la fuerza, alegando mentiras y por intereses creados, los soldados adventistas si los hubiese en Irak, estaría justificado defenderse luchando. […] Pero que los soldados “adventistas” estadounidenses vayan a Irak a matar a su prójimo en una guerra cruel e injusta, impuesta por la fuerza, por mucho patriotismo y solidaridad que quieran tener con su país, no están representando ni a Dios ni a su iglesia (¡es muy grave!). No han entendido este mensaje ni la singularidad del mismo». Haciéndose eco de la noticia que narraba cómo un soldado estadounidense había rematado a un iraquí, la carta continuaba: «Hermano Paulsen: No puedo imaginarme (y pudiese haber sido el caso) a un soldado adventista norteamericano, rematando a un iraquí moribundo “porque las normas del combate sean así”, en vez de llevarle evangelio eterno. […] Si no nos posicionamos claramente, podemos entrar en un relativismo y pluralismo de pensamiento en el que todo vale, perdiendo así nuestra identidad.»



Reagan, Bush, Ashcroft… ¿ejemplares?



Las intervenciones inoportunas (por utilizar un adjetivo benévolo) del presidente de la iglesia en materia política no se limitaron al asunto de la guerra. Por ejemplo, cuando falleció el ex presidente de Estados Unidos Ronald Reagan en junio de 2004, Paulsen emitió un comunicado de condolencia en nombre de «la familia adventista» mundial, en el que valoraba así su figura: «Recordamos al Presidente Reagan como un hombre de optimismo y dedicación, que dotó de un fuerte liderazgo a su nación y al mundo libre durante una era difícil. Fue un hombre que sostuvo la libertad como valor supremo, y expresó ese valor en toda oportunidad. La defensa firme de la libertad religiosa por parte del Presidente Reagan es un legado perenne de su administración» (ANN, 08/06/2004). Paulsen parecía olvidar que fue ese presidente el que bombardeó Libia, promovió un polémico despliegue militar (conocido como “la guerra de las galaxias”) y financió la Contra nicaragüense con fondos ilegales obtenidos de la venta de armas a Irán (entre otras acciones éticamente reprobables). Pero, aparte de esas acciones, para la escatología adventista su presidencia tiene un significado especial, en cuanto que rompió con el tradicional distanciamiento político de Estados Unidos con el Vaticano, dando inicio a las relaciones diplomáticas con la sede papal, y organizando acciones de espionaje y acción política conjunta con la Iglesia Católica en los países del este de Europa (lo que se conoció como “la Santa Alianza”). Sus ocho años de mandato supusieron el impulso definitivo a la acción combinada de católicos y evangélicos derechistas para dirigir la política según una supuesta “ética cristiana”, y en definitiva ir erosionando la separación iglesia-estado. El presidente que de forma abierta había dado inicio a la colaboración entre la bestia marina y la bestia terrestre con voz de dragón de Apocalipsis 13 (según la interpretación oficial adventista), era valorado positivamente por el máximo representante de nuestra iglesia.

Cuando en la entrevista citada se le preguntó por este punto, contestó: «Por favor, comprenda que la sede de nuestra iglesia está en Estados Unidos y que Ronald Reagan fue una figura muy significativa dentro y fuera de ese país. […] Debemos reconocer que su liderazgo, aunque secular, aportó mucho a la consecución de beneficios y libertades que gozamos actualmente. No comprendo que no se pueda realizar esta muestra de respeto o simpatía. Yo lo hago a una gran variedad de personas, aunque no esté de acuerdo con todo lo que hayan dicho o hecho. Creo que las condolencias expresadas en esta ocasión en absoluto comprometieron el espíritu y los valores de la Iglesia». Al preguntársele si, por tanto, como representante mundial de la iglesia, presentaría condolencias ante el fallecimiento de los [ex] presidentes de cada país del mundo, respondió: «Evidentemente no. Nuestra sede no se encuentra en ningún otro país. Nosotros estamos donde estamos y debemos actuar en donde estamos».

Ante semejantes posiciones, no es de extrañar que en alguna ocasión hubiera hermanos que propusieran el desplazamiento de la sede de la iglesia a un país menos implicado en la política mundial. Es obvio que la ubicación de la sede en Estados Unidos contamina a nuestros representantes mundiales de la visión geopolítica predominante en aquel país. Lo grave es que precisamente los adventistas llevamos más de cien años advirtiendo de la deriva totalitaria que Estados Unidos protagonizaría, según Apocalipsis 13; siendo que esta profecía se está cumpliendo palmariamente, resulta trágico ver que la dirección mundial de la iglesia no es capaz de desembarazarse de una visión contraria a las libertades y favorable a la imbricación de la religión y la política con objetivos “patrióticos” e imperialistas, propias del entorno político de Estados Unidos. Así se pudo ver, en aquellos años, en algunos comentarios recogidos en el librito de Escuela Sabática, que contenían elogios a personajes como el presidente G. W. Bush (cuyas agresiones a la dignidad humana son bien conocidas por todos) o a su ministro de Justicia John Ashcroft (destacado representante de la extrema derecha religiosa, contrario a la separación iglesia-estado y promotor de la ominosa Ley Patriot de 2001, que socava derechos fundamentales de los ciudadanos y establece las bases para una dictadura en Estados Unidos).



Adventistas a favor y en contra de la guerra




Volviendo a la guerra de Irak, al comenzar ésta en 2003, William G. Johnsson, el editor de la Adventist Review, explicó que había habido lectores que escribieron animando a participar en manifestaciones contra la guerra, pero que también hubo otros que preguntaban por qué la revista no había apoyado abiertamente la guerra de Irak; la política editorial fue no publicar ninguno de esos artículos para evitar la “controversia”. Y concluía Johnsson: «El mundo está polarizado, y el diablo también quiere polarizar la iglesia. Como publicación dirigida a la familia adventista mundial, la Review pretende construir la unidad, de modo que nos contuvimos para no declararnos a favor o en contra. Saludamos a los hombres y mujeres adventistas del ejército que entregan sus vidas en el frente de Irak. Respetamos su conciencia y les agradecemos su servicio. A la vez, sentimos la necesidad de reafirmar a los adventistas de cualquier lugar que la posición de nuestra iglesia, que se retrotrae hasta Ellen y James White en la época de la Guerra Civil, es la cooperación con las autoridades a través de funciones no combatientes». “Entregan sus vidas”, decía Johnsson; pero no precisaba que lo hacen segando otras vidas, entre ellas las de decenas de miles de civiles. Trágica posición la de sacrificar un principio ético fundamental en aras de la supuesta unidad…

Una de las muestras de militarismo más lamentables en nuestro medio fue la del ya fallecido teólogo italiano, residente en Estados Unidos, Samuele Bacchiocchi quien, en su artículo Was the iraqi war biblically justified? se refería a la «liberación» de Irak, afirmaba que la guerra es «inevitable», justificaba que las “naciones cristianas” llevaran a cabo guerras contra regímenes como el de Sadam Huseín, denigraba a los pacifistas, asumía todas las falsedades oficiales sobre la extrema maldad del dictador iraquí sin mencionar el apoyo que durante años recibió de Estados Unidos y Occidente en general, instaba a «agradecer a Dios como cristianos por el valiente liderazgo del presidente Bush y el primer ministro Tony Blair», y explicaba el «Papel Providencial de los Estados Unidos». Además afirmaba que «Dios está utilizando a Estados Unidos hoy» basándose en el argumento de que Dios utilizó a naciones en el pasado, según el testimonio de los profetas del Antiguo Testamento (con lo cual Bacchiocchi, quizá sin pretenderlo, se estaba erigiendo en profeta inspirado por Dios que es capaz de revelar la voluntad divina en el curso de la historia política). Añadía: «El Señor ha usado las fuerzas de la coalición para poner fin al régimen despiadado de Sadam Huseín y ayudar a los iraquíes a establecer una forma democrática de gobierno», exponiendo contra toda evidencia que «el objetivo de la “Operación Libertad para Irak” no era conquistar Irak y sus recursos naturales, sino proteger a Estados Unidos, los países occidentales, los iraquíes y la población de la región». Predice que, según Apocalipsis 13, el país americano desempeñará un papel perseguidor, pero sitúa ese momento «en el futuro».

Bacchiocchi busca en la Biblia supuestos ejemplos de la doctrina de la “guerra justa”, y considera que «la Biblia no glorifica la guerra. Simplemente la reconoce como un mal necesario, que es parte del conflicto cósmico más amplio entre el bien y el mal» (una afirmación equivalente a decir, por ejemplo, que la violencia contra la mujer es un mal necesario, pues también forma parte del conflicto entre el bien y el mal). Ataca la idea, errónea según él, de que en el Antiguo Testamento «Dios es supuestamente un guerrero, mientras que en el Nuevo Dios es un pacificador» y pone como ejemplo el supuesto «despliegue de fuerza» al que Jesús recurrió en la purificación del templo (como si este acto tuviera algo que ver con la violencia bélica, y como si un simple mortal tuviera potestad para tomarse la justicia por su mano como hizo el Hijo de Dios en aquella ocasión). Incurre en la distinción típicamente católica romana entre «guerra espiritual y secular», e interpreta Romanos 13 como una instrucción a someterse ineludiblemente a los gobiernos (sin aplicarlo al de Sadam Huseín, claro, sino sólo al de su país de residencia). Según Bacchiocchi, «los cristianos están llamados a ser pacificadores, pero la paz no siempre es posible en este mundo de pecado». Defiende el principio del mal menor (contrario al planteamiento bíblico de la vida por fe, aplicado a todos los ámbitos de la existencia), y el principio de la «defensa propia como prerrogativa» del pueblo de Dios (frente a la afirmación divina: «Mía es la venganza»).

Bacchiocchi, tras este disparatado discurso de fidelidad política a una causa belicista (teñido, eso sí, de falsa espiritualidad), se atreve a decir que «nunca deberíamos permitir que el activismo político se convierta en un sustituto del crecimiento espiritual agresivo y de la victoria». Este artículo circuló en medios adventistas, y en algún foro pastoral se pudo apreciar que éstas no eran ideas aisladas de un profesor retirado, sino que había ministros del área estadounidense e iberoamericana que compartían estos planteamientos guerreros, e incluso apoyaban abiertamente la política del presidente Bush.

Ahora bien, el discurso de Bacchiocchi no dejaba de ser personal. Por eso resulta más grave la posición de Ángel Manuel Rodríguez, director del Instituto de Investigación Bíblica de la Asociación General (y por tanto voz oficial y autorizada de la iglesia en cuestiones teológicas) en su artículo Christians and War (Adventist Review, 10/04/2003), en el que, tras considerar que «la guerra es siempre mala» y que «no hay tal cosa como una guerra justa», que «la principal función de la iglesia es la de promover y apoyar la paz y la reconciliación» para así hacerle «la guerra a la guerra», y que es necesario «fomentar entre sus miembros ese carácter de no combatientes, basado en la enseñanza bíblica sobre el valor de la vida humana», afirma: «El grado de implicación del miembro de iglesia individual en la guerra es una cuestión entre él o ella y su Dios. Aunque la iglesia nunca debería dar la impresión de que ciertas guerras son justificables, y por tanto justas, debe reconocer que en algunas situaciones los miembros pueden opinar que han de escoger el menor entre dos males, y que ambos pueden requerir su implicación en una guerra defensiva. En tales casos, los miembros de iglesia pueden extraer beneficios del examen de los principios de la guerra justa, sin concluir de ello que la guerra misma o su implicación en ella sea moralmente justificable». Y a continuación, en flagrante contradicción con lo anterior y con el evangelio, sugiere algunos «principios de la guerra justa» que podrían ser útiles para el cristiano que se cuestiona sobre este asunto: «(1) el propósito es en última instancia la paz; (2) la guerra es el último recurso; (3) el uso de la violencia se limitará a ejercerse sólo sobre aquéllos que estén armados; y (4) el empleo de sólo la fuerza mínima que sea necesaria para la victoria». La conclusión resulta escandalosa: «Estos elementos establecen algunos parámetros que ayudarán a hacer las guerras menos inhumanas y procurarán respetar el llamado de Jesús a amar a nuestros enemigos (Mat. 5: 44).»

La agencia ANN se hacía eco de esta deriva militarista en su informe especial titulado ¿Está cambiando la posición adventista respecto de la guerra? En ella se recogían unas declaraciones, en este caso afortunadas, de Paulsen: «Utilizar armas es una solución inhumana a situaciones que pueden ser resueltas. Hay una mejor manera de vivir juntos y esto implica coexistir antes que ir a la guerra», pero también las maquiavélicas del capellán Gary R. Concell, director asociado de Ministerios de Capellanía en la sede central de la iglesia: «Tenemos una obligación moral de defender al inocente y al desamparado, y si uno descuida eso elude el deber cristiano. Sin embargo, los capellanes no defienden matar a otros o la utilización de armas y la fuerza. A veces puede ser necesario matar a otros durante la guerra, pero eso no significa que no queden cicatrices».

Afortunadamente, hubo por entonces también adventistas que se pronunciaron abiertamente contra la guerra de Irak. En Estados Unidos numerosos alumnos de la universidad adventista de Andrews se manifestaron contra la invasión (ANN 14/03/2003). En 2007, representantes adventistas participaron en la Marcha del Testimonio Cristiano por la Paz en Irak en Washington. Charles Sandefur, presidente de ADRA, declaró entonces que su participación estaba «en clara armonía con la Escritura y con el legado adventista. La paz es un asunto nuclear del testimonio adventista para el mundo». Doug Morgan, professor del departamento de Historia y Estudios Políticos del centro adventista Columbia Union College, destacó cómo para algunos participantes «su fe adventista y gran parte de su legado adventista les incitan a ser pacificadores». Ryan Bell, pastor de la Iglesia Adventista Hollywood, señaló cómo «la historia adventista es algo único en la medida en que nuestros fundadores fueron activistas a favor de causas como la abolición y la prohibición; apoyar la paz no es algo diferente», y añadió: «La principal razón para que los adventistas se impliquen en el activismo por la paz es porque el evangelio nos enseña que la paz es esencial en el cristianismo» (ANN, 26/03/2007).

En enero de 2003, poco antes de la invasión de Irak, la Agencia Adventista para el Desarrollo y Recursos Asistenciales (ADRA) firmó el manifiesto ¡Digamos no a la guerra! junto a más de ciento cincuenta asociaciones e instituciones españolas (desgraciadamente, no fue un posicionamiento oficial de la Iglesia Adventista española en su conjunto, pese a lo que interpretaron algunos medios).

Mientras tanto, varios jóvenes adventistas murieron en combate en esta sucia guerra. El funeral de algunos se celebró en sus iglesias de Estados Unidos, con honores militares y gran despliegue “patriótico”. A la vez, el capellán del Senado de ese país era entonces (y sigue siendo hoy) el pastor adventista y militar Barry Black, de quien jamás hemos sabido que se pronunciara contra las guerras salvajes llevadas a cabo por su país.



Una postura clara respecto del servicio militar



En marzo de 2008 el presidente Paulsen publicó en Adventist World el artículo Una postura clara respecto del servicio militar en el que, a pesar de cierta ambigüedad en el conjunto, hacía afirmaciones tan claras como éstas: «La guerra, la paz y la participación en las fuerzas armadas no son asuntos moralmente neutrales. Las Escrituras no pasan por alto el tema, y la iglesia, en su interpretación y expresión de los principios bíblicos, tiene que tener una voz de autoridad e influencia moral. Ésta no es una responsabilidad “opcional” que podamos dejar de lado si se tornara incómoda o ajena a lo que siente la mayoría. Si nos callamos, fallamos en nuestro deber hacia Dios y la humanidad. […]

»La posición histórica de nuestra iglesia […] no dejaba lugar a dudas: “…Portar armas o participar en la guerra es una violación directa de las enseñanzas de nuestro Salvador y del espíritu y la letra de la ley divina” (1867, Quinto Congreso Anual de la Asociación General). En términos generales, nuestro principio guiador ha sido: Cuando alguien porta armas da a entender que está dispuesto a usarlas para quitar la vida de otra persona; quitar la vida a uno de los hijos de Dios, aun la de nuestro “enemigo”, es inconsecuente con lo que creemos es sagrado y correcto. […]

»Al hablar con los feligreses de los países que visito, a veces he sentido una cierta ambivalencia hacia nuestra posición histórica; acaso sea el sentimiento de que “así era antes, pero ahora es diferente”. Aun así, no logro entender la razón de este cambio. […] ¿Ofrecemos un apoyo adecuado en nuestras escuelas e iglesias a los jóvenes que deben enfrentar elecciones difíciles respecto al servicio militar? ¿No hemos a veces descuidado nuestra función como brújula moral en este tema? En ausencia del apoyo de la iglesia, ¿será que algunos jóvenes ven que las fuerzas armadas son “tan solo otra opción vocacional”, antes que una compleja decisión moral con consecuencias para su vida espiritual, potencial-mente de largo alcance y acaso imprevistas? […]

»Más allá de tener que entrar en combate o no, se ha tomado una decisión respecto de ciertos valores básicos y se la ha declarado públicamente. Se ha aceptado la posibilidad de ir por ese camino, y eso afectará inevitablemente a la persona involucrada. Es una decisión que cambia y modifica a las personas. Al dar el paso de colocarse en una posición donde se podría requerir que porte armas o en la cual se le haría difícil guardar el sábado, creo que el individuo pone en serio peligro sus fundamentos espirituales y morales



Conclusiones



1. El asunto de la violencia en general y de la guerra en particular es decisivo para el cristiano. Nuestra iglesia se ha caracterizado siempre por destacar la importancia del estilo de vida para la espiritualidad. Resultaría absurdo promover la abstención del consumo y el tráfico de substancias tóxicas y animar a los hermanos a guardar el sábado ante cualquier adversidad, pero a la vez considerar que el hecho de que un hermano pueda tomar un arma o un avión de guerra y matar con ellos a otras personas (incluidos civiles, mujeres, niños, ancianos…) es una cuestión que se circunscribe a la conciencia individual.

2. El hecho de que la sede de la Iglesia Adventista del Séptimo Día se encuentre en Estados Unidos influye de forma decisiva en posiciones oficiales sobre temas trascendentes relacionados con la política y la guerra, máxime cuando sabemos que la profecía augura una dictadura mundial liderada por ese país. Además, en la sociedad estadounidense existe una marcadísima tendencia patriótico-nacionalista, y un apoyo mayoritario al militarismo y la pena de muerte, promovidos en gran medida por la derecha religiosa evangélica. Hay importantes sectores de nuestra iglesia influidos por estos planteamientos contrarios al evangelio y a los propios orígenes pacifistas de nuestra iglesia.

3. Es necesario que todos los adventistas no sólo oremos por la paz y la promovamos en nuestra vida personal, según la instrucción de Jesús (Mateo 5: 9), sino que también estudiemos en profundidad las implicaciones de la no violencia a la luz del evangelio. Convendría que se predicara sobre el tema, que se estudiara monográficamente en la lección de Escuela Sabática, que se destacara más en la formulación oficial de las “28 creencias” de nuestra iglesia y que se tratara en seminarios y convenciones monográficas, como la que dedicó Aeguae… en 1976.

4. Hay que apoyar iniciativas como Adventist Peace Fellowship, un ministerio que trata de recuperar las raíces pacifistas de nuestro movimiento, y contrarrestar el militarismo que cada vez más invade nuestra iglesia. Sería interesante que alguien comenzara a organizar algo similar en España, quizá como ramificación de la organización estadounidense. A través de su web es posible ponerse en contacto con ellos. (Un ministerio similar, en este caso promovido por mujeres, es Adventist Women for Peace.)

5. La formación, el conocimiento y la profundización deberían conducir a la participación. Las declaraciones oficiales no son (o al menos no deberían ser) el resultado de la reflexión de una camarilla de teólogos y “dirigentes”, sino la expresión del sentir del conjunto de la iglesia. Promovamos ideas evangélicas y constructivas que impregnen el conjunto de la iglesia, y contribuyan a que ésta se asiente sobre fundamentos teológicos bíblicos en relación con el tema decisivo de la no violencia y las libertades.

6. Nuestra iglesia ha mantenido, no sin razón, un secular recelo hacia las cuestiones políticas, especialmente en lo referido a posicionamientos partidistas. Ahora bien, desde tiempos de los pioneros la iglesia se ha pronunciado sobre cuestiones de actualidad que afectan a la ética personal y social y a la dignidad humana, algunas de ellas de gran trascendencia política, como la abolición de la esclavitud en Estados Unidos. Cuando hay que tomar posición ante la guerra o la injusticia desde la sociedad civil, hay hermanos que se espantan considerando que eso significa implicarse en “activismo político” o “radicalismo”. En cambio cuando algunos hermanos ocupan puestos políticos cercanos a la cúpula del poder establecido (con todo lo que en ocasiones implica de consentimiento con gravísimas injusticias), muchas veces se valora su actuación como una aportación de los adventistas a la sociedad. El “tabú político” funciona sólo para la participación como ciudadanos, no para la integración de los adventistas en el sistema establecido.

7. Al igual que se publican declaraciones oficiales sobre la libertad religiosa, el aborto o la homosexualidad, nuestra posición debe quedar clara en cuestiones como la guerra, la invasión de países, la restricción de las libertades civiles (no sólo la religiosa), la interferencia de la confesionalidad religiosa en la política, la manipulación social a través de los mass media… La declaración de 2002 A Seventh-day Adventist Call for Peace, aunque resulta “políticamente correcta”, va en la dirección acertada. Pero, a medida que la violencia y la restricción de las libertades (en nombre de la “libertad” y la “democracia”) avanzan a pasos acelerados en el mundo, urgen más pronunciamientos y más claros, que no se limiten a una formulación de tópicos.

8. La defensa radical de la no violencia, fundamentada en la fe inquebrantable en las promesas de Dios, debería ser una seña de identidad de la Iglesia Adventista. Al igual que la promoción de la salud integral, o la defensa de la libertad religiosa (mediante instituciones como la IRLA o la revista Liberty), son parte de nuestro testimonio bíblico y evangelizador al mundo, la sociedad debería conocernos por ser portadores del mensaje bíblico respecto a la paz.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Lo más importante son las personas

Por Jonás Berea (jonasberea@gmail.com)
http://yoestoyalapuerta.blogspot.com/

La revista Adventist World de mayo de 2009 publica el artículo “Cinco lecciones que aprendí”, de Jan Paulsen, presidente de la Iglesia Adventista mundial, cuya lectura completa sugiero. La primera lección que destaca Paulsen es que “lo más importante son las personas”, y dice así (añado negritas):

«Puede resultar fácil como iglesia, en especial para los que ejercen el liderazgo, olvidarse de las personas. En las comisiones se suelen discutir valores, declaraciones oficiales, objetivos, proyecciones, reglamentos y planes. En algún momento, todo esto queda separado de la experiencia humana del individuo. Comenzamos a ver un valor intrínseco en las cosas, en lugar de ver que tienen valor siempre y cuando cumplan el propósito divino de alimentar al pueblo de Dios.

»En la esfera humana, Dios no hace otra cosa que acercarse a las personas, para atraerlas hacia sí por medio de su amor irreprensible y guiarlas hacia la eternidad. Las personas son lo más importante para Dios. Es por ello que Cristo vino a la tierra. Esta simple verdad tiene consecuencias inimaginables en nuestro diario vivir y en nuestra relación con los demás. En toda clase de relación, el valor del otro supera lo que podemos comprender. Por ello, dentro de la iglesia nuestra pregunta constante debería ser: “¿Cómo afecta esto a las personas?” No es la lógica humana, sino más bien el ilógico amor divino por sus seres creados, lo que tiene que ser el centro de todo cuanto somos y hacemos. Sí, a veces me equivoco; la iglesia como cuerpo a veces también lo hace. Pero es una lección importante que no me abandona.»

El enfoque de Paulsen coincide con el breve pero interesantísimo editorial de Protestante Digital del 7 de octubre de 2008, titulado “Personas, no instituciones”, donde estos hermanos exponen algunas ideas muy valiosas para iglesias que se dicen cristianas. Extracto algunos párrafos:

«El gran problema de las instituciones es cuando en vez de ser herramientas al servicio de las personas, del pueblo, se convierten en empresas o ídolos a los que los hombres sirven porque no hay hombres que sepan dirigir correctamente a las instituciones, sino hombres que se enseñorean de hombres y no sirven a ideales sino intereses.

»Esto ocurre en partidos políticos, medios de comunicación, y lobbys de presión. O en los grandes monopolios económicos […]. Y esto ocurre también en la Iglesia. Cuando se olvida que quienes la forman son personas y no poderes, la Iglesia pierde el sentido, el mensaje, la sal y la luz. Las ventanas de esta Iglesia que se considera poderosa, que no puede ni quiere equivocarse o rectificar se convierten en troneras para defenderse. Las puertas de la Iglesia formada por personas están siempre abiertas, porque no tienen nada que ganar ni perder en este mundo salvo lo intangible que ni se compra ni se vende. […]

»La sociedad y la Iglesia no necesitan instituciones fuertes, sino formar a personas fuertes en sus valores, convicciones y capacidad de dialogar y reconocer sus propios errores. Ese es el verdadero tesoro, el auténtico poder, la genuina fuerza de las instituciones: la influencia de las personas que la forman y conforman.»

Siguiendo con el artículo de Paulsen, destaco ahora la lección número tres, titulada “”Las consultas triunfan sobre la tiranía”:

«Muchos años atrás, un importante administrador de la iglesia me dijo: “Recuerde que usted está a cargo sólo si no tiene necesidad de probarlo”. He aprendido que esto es cierto. En el liderazgo de la iglesia no hay lugar para tratar de “probar” la autoridad propia; en el mejor de los casos, se torna un ejercicio frenético y defensivo de autoafirmación; en el peor, se vuelve dominador y dictatorial.

»La iglesia no funciona según el modelo presidencial, por más que sea necesario tomar algunas decisiones ejecutivas y alguien tenga que asumir en último término ciertas responsabilidades. Sin embargo, en todos los niveles de liderazgo, tomar decisiones implica realizar consultas, analizar los temas y llegar a un consenso. He aprendido que las mejores y más seguras decisiones que pueden hacerse como líder espiritual surgen de un foro de consultas donde sea posible intercambiar ideas con franqueza; donde uno no se sienta amenazado por los que piensan diferente; donde no haya “tabúes” respecto de ciertas opiniones y donde uno esté dispuesto a decir: “Tal vez me equivoqué en esto”, o “Entiendo lo que usted dice, pero no estoy de acuerdo”.»

sábado, 10 de octubre de 2009

Otra Iglesia es posible

Por M. F. S. Bravo (http://yoestoyalapuerta.blogspot.com/)

«¡Ay de los pastores de Israel, que se apacientan a sí mismos! ¿No apacientan los pastores a los rebaños? Coméis la grosura, y os vestís de la lana; la engordada degolláis, mas no apacentáis a las ovejas. No fortalecisteis las débiles, ni curasteis la enferma; no vendasteis la perniquebrada, no volvisteis al redil la descarriada, ni buscasteis la perdida, sino que os habéis enseñoreado de ella con dureza y con violencia. Y andan errantes por falta de pastor, y son presa de todas las fieras del campo, y se han dispersado» (Ezequiel 34: 2-5).

Habría que aprender a distinguir entre lo que es y lo que debe ser un ministro del evangelio según Dios y lo que suele ser en realidad en algunos casos, cuando los hombres lo ejercen según sus propias sabidurías humanas o, en el peor de los casos, sus íntimos intereses personales.

Hay abuso cuando un líder usa su posición para controlar o dominar a otra persona; esto incluye el avasallamiento de los sentimientos y las opiniones del otro, sin considerar lo que pasará con su bienestar personal, emociones o crecimiento espiritual. En este caso, la autoridad es usada para pasar por encima, para destruir y debilitar.

No es abuso cuando un dirigente (como cualquier otro hermano) confronta a alguien por algún pecado (malas obras o malos testimonios que deben ser corregidos) y el objetivo es salvar y restaurar, no avergonzar o desacreditar, como vemos en tantos casos...

Fijémonos en lo que dice Jeremías (6: 13-14): «Porque desde el más chico de ellos hasta el más grande, cada uno sigue la avaricia; y desde el profeta hasta el sacerdote, todos son engañadores. Y curan la herida de mi pueblo con liviandad, diciendo: paz, paz; y no hay paz.»

¡Qué triste! Los dirigentes religiosos están tan ensimismados que no tienen tiempo ni fuerzas para atender las necesidades reales de la gente, el pueblo de Dios. Jesús nos dice: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar» (Mateo 11: 28).

Si las relaciones espirituales que tenemos en el nombre de Jesús no nos dan descanso sino que nos cansan más a medida que pasa el tiempo, entonces no están representando verdaderamente el propósito de Jesús, que vino a levantar la carga de los hombros de la gente cansada.

Desgraciadamente no existe la comunidad ni la iglesia perfecta, en la que la gente nunca es herida. Pero la diferencia entre un sistema de abuso y uno que no lo es reside en que, si bien puede haber en ambos conductas que hieran, en el primero no se permite hablar de esas heridas, de esos abusos y malos tratos. De ahí que la herida no sane una vez que se produce, que no haya restauración, y que la víctima sea llevada a sentirse culpable por cuestionar o señalar el problema. También sobre esto, Jesús tuvo algo –y bastante fuerte– que decir: «¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos?» (Mateo 12: 34). «¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno?» (Mateo 23: 33).

La Biblia describe con frecuencia la iglesia en términos de una familia. Somos hijos de Dios, parte de la familia de Dios y hermanos unos de otros.

En una familia sana, los padres ayudan, apoyan y capacitan a los hijos. Utilizan su posición de autoridad para preparar a sus hijos para la vida; sirviéndoles, animándoles, y dándoles las experiencias, mensajes y relaciones que necesitan. Pero en muchas ocasiones nos encontramos que la familia de la iglesia no se preocupa por sus miembros, por lo que sienten, lo que desean o necesitan.

En una iglesia sana, Dios es la fuente de aceptación, amor y valor. El pastor, los líderes y maestros están para ayudar a los miembros y capacitarlos. Su tarea es preparar a los miembros para el ministerio; sirviéndoles, edificándoles y dándoles las experiencias, mensajes y relaciones que necesitan. Pero lamentablemente vivimos últimamente situaciones donde no importa lo que la gente piensa, siente o desea. En estos casos en que los miembros están para acatar (voluntariamente o no) los deseos de los líderes, cuando alguien utiliza su posición de poder o autoridad para forzar a otros al sometimiento, manipulándolos y avergonzándolos, esto causa un daño espiritual y emocional grave, y se producen heridas irreparables en muchos casos. El lugar que debería ofrecer la mayor seguridad, ¡nuestro refugio!, en realidad está ofreciendo la mayor inseguridad, y ésta es una situación bien triste.

Cuando un dirigente se despreocupa de su rebaño y sólo mira su propio interés, las ovejas que están a su cargo se desorientan (pues aquél solo cuida de ellas por interés en el salario, mirando la posición de influencia que esto les procura, etc.). En lugar de aumentar su rebaño, es como si el pastor prefiriese disminuirlo para trabajar menos, para preocuparse menos, para no ejercer su vocación como les corresponde. Ese rebaño necesita otro pastor, un pastor genuinamente consagrado, auténtico, que tenga la oportunidad de ejercer bien su misión.

Los guías olvidan a veces que este asunto es entre el dueño de las ovejas y sus pastores, y que se les pedirán cuentas de cómo han cuidado y guiado al rebaño.

Con frecuencia nos encontramos que la institución, en nombre del evangelio (del que se siente guardiana), se predica a sí misma o se erige en un poder controlador. Posiblemente lo hace de buena fe y con objetivos honrados y respetables, pero se atribuye funciones que sólo pertenecen a Dios.

La reflexión se impone cuando examinamos la forma de hacer y de trabajar del propio Jesús. Hay unos caminos que nos llevan a la renovación y nos acercan a su espíritu, y otros que no. Es importante estudiar el evangelio, no para encontrar formas externas o doctrinales que excluyan y estigmaticen a los que no piensan como nosotros, sino para llenarnos del espíritu de amor y generosidad que movió a Jesús, en el cual todos se sentían acogidos.

Sí, es posible otra iglesia en la que no nos movamos por el interés personal, por las ansias de ser grandes, influyentes y poderosos, sino por un espíritu de humildad que nos lleve a acercarnos los unos a los otros, para compartir la riqueza del amor de Dios.

Sí, es posible otra iglesia que sea un instrumento de servicio y no de abuso.

domingo, 4 de octubre de 2009

La autoridad

Por Jonás Berea (jonasberea@gmail.com)
http://yoestoyalapuerta.blogspot.com/


El ensayista español José Antonio Marina escribía el 1 de octubre pasado en El Mundo un artículo con el mismo título que su último libro: "La recuperación de la autoridad". A raíz de ciertos sucesos recientes en el ámbito educativo, así como de diversas declaraciones de políticos sobre la necesidad de dotar de autoridad a los profesores, Marina, con su habitual precisión y buen juicio, ofrece algunas reflexiones sobre el concepto de autoridad, que luego aplica al ámbito educativo, pero que fácilmente pueden servir para otros contextos organizativos, como puede ser el de nuestra iglesia. Selecciono unos pasajes, destaco algunas palabras e invito a leer este texto pensando en la administración y el funcionamiento institucional y en el ejercicio del liderazgo en nuestra iglesia. De especial importancia es esta reflexión para cualquiera que ostente un cargo dirigente en la iglesia.

Como cristianos, debemos considerar también la dimensión espiritual del fenómeno (por ejemplo, sabemos que Dios puede suplir algunas carencias en el mérito propio –al que el autor hace referencia– de algunos dirigentes). Pero ello no resta valor al análisis de Marina; en todo caso, la misión sagrada de la iglesia exige un escrúpulo aún mayor en el nivel ético que se debe esperar en quienes sirven a la comunidad.

Escribe Marina:

«El concepto de autoridad apareció en Roma como opuesto al de poder. El poder es un hecho real. Una voluntad se impone a otra por el ejercicio de la fuerza. En cambio, la autoridad está unida a la legitimidad, dignidad, calidad, excelencia de una institución o de una persona. El poder no tiene por qué contar con el súbdito. Le coacciona, sin más, y el miedo es el sentimiento adecuado a esta relación. En cambio, la autoridad tiene que despertar respeto, y esto implica una aceptación, una evaluación del mérito, una capacidad de admirar, en quien reconoce la autoridad. Una muchedumbre encanallada sería incapaz de respetar nada. Es desde el respeto desde donde se debe definir la autoridad, que no es otra cosa que la cualidad capaz de fundarlo. El respeto a la autoridad instaura una relación fundada en la excelencia de los dos miembros que la componen: quien ejerce la autoridad y quien la acepta como tal.

»Éste es el sentido que aún conserva la palabra en expresiones como “es una autoridad en medicina”. Y es el que se ha perdido, por ejemplo, cuando se dice que un policía es representante de la autoridad. Esto sólo ocurre cuando el poder es legítimo y digno, porque en una tiranía la policía es sólo un representante del poder, de la fuerza. Ocurre lo mismo con la autoridad del Estado. Sólo la tiene cuando es legítimo y justo; de lo contrario es un mero mecanismo de poder. No lo olvidemos: el concepto de autoridad nos introduce en un régimen de legitimidad, calidad, excelencia, dignidad. Por eso tenía razón Hannah Arendt al decir que si desaparecía, se hundían los fundamentos del mundo. Al menos, del mundo democrático, que es al que ella se refería.

»La autoridad es, ante todo, una cualidad de las personas, basada en el mérito propio. A ella se refería el emperador Augusto en una frase famosa: “Pude hacer esas cosas porque, aunque tenía el mismo poder que mis iguales, tenía más autoridad”. Sin embargo, por extensión, se aplica a las instituciones especialmente importantes por su función social: el Estado, el sistema judicial, la escuela, la familia. En este caso, la autoridad no es el ejercicio del poder, sino el respeto suscitado por la dignidad de la función. Y esa dignidad obra de dos maneras diferentes. En primer lugar, confiere autoridad a quienes forman parte de esa institución, para que puedan realizar sus tareas. Por ello, todos los jueces, padres o profesores merecen respeto “institucional”. Pero, a su vez, esa dignidad conferida por el puesto, les obliga a merecerla y a obrar en consecuencia. Forma parte de su obligación profesional, podríamos decir.

»Como se ve, el modelo conceptual de la autoridad nos integra a todos en un modelo de la excelencia y el mérito. Por eso todas las sociedades torpemente igualitarias acaban rechazando la autoridad en este sentido, porque les cuesta aceptar las diferentes jerarquías de comportamientos y consideran que respetar a alguien es una humillación antidemocrática. Se instala así una democracia vulgar, basada en el poder, en vez de una democracia noble, basada en la calidad y el respeto (…).

»La recuperación de la autoridad no quiere decir sin más recuperación del orden y la disciplina, sino instauración de la excelencia democrática. La democracia no es un modo de vida permisivo, sino exigente, que, sin embargo, aumenta la libertad y las posibilidades vitales de todos los ciudadanos. A cambio nos pide un respeto activo, creador y valiente por todo lo valioso. La autoridad aparece así como el resplandor de lo excelente, que se impone por su presencia. Tal vez a esta relación se refería Goethe cuando nos recomendaba “desacostumbrarnos de lo mediocre y, en lo bueno, noble y bello, vivir resueltamente”.»