viernes, 25 de marzo de 2011

Anarquía y Apocalipsis

Por Charles Scriven
(http://yoestoyalapuerta.blogspot.com/
)

A la espera de poder leer y valorar personalmente el libro de Osborn, ofrezco la traducción del artículo The Blueprint Controversies…Please!, del 1 de febrero de 2011. Se ha añadido un enlace. Esta traducción se publica también en Café Hispano (Spectrum). Jonás Berea.
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El campo visual de la “nueva” vieja devoción está incompleto.

Las publicaciones oficiales muestran sin lugar a dudas que la vieja devoción propia del periodo comprendido entre los años 20 y primeros 60 está reforzando su dominio sobre la cultura adventista. Avivada por frases hechas (palabras como “ferviente”, expresiones como “reavivamiento y reforma”, frases como “¿Cuántos de vosotros creéis que estamos viviendo en los mismísimos últimos días de la historia de este mundo…?”), esta devoción es positiva en alguna medida. El reavivamiento es bueno. La reforma es buena. Son buenos un sentido de urgencia en relación con los tiempos, y una desconfianza hacia lo meramente popular (asuntos ambos centrales en la predicación del pastor Ted Wilson).

Pero la devoción de los años 20-60 nunca llevó hacia la visión moral de Jesús y los profetas, y los herederos de esa devoción no son conscientes de cómo esa visión moral se encarnó en el testimonio de los pioneros de la iglesia. Incluso los dirigentes de la iglesia, por lo visto, han olvidado la historia de los pioneros adventistas.

Anarchy and Apocalypse (Anarquía y Apocalipsis) es una de las diversas fuentes disponibles para recuperar la historia. Pero al margen de cuánto conozca uno ya, emprender el viaje que Ron Osborn propone aquí le puede suponer un gran esfuerzo: ofrece una visión radical situada en el contexto de otras visiones radicales, y difiere significativamente de lo convencional en el adventismo.

El libro quizá te sorprenda, pero seguro que te convence de que el debate sobre nuestro legado merece una posición destacada en el seno de nuestra iglesia. Cuando adventistas influyentes, tanto entre los laicos como entre los ministros ordenados, asumen que su posición (aunque ignore rasgos muy importantes de nuestra historia) es la correcta, lo menos que podemos hacer es dirigir una nueva mirada a nuestro legado. Y una cuestión relacionada con esto sobre la que debemos insistir es si el mejor proyecto para el adventismo del futuro es el adventismo de los años 20-60, o el adventismo de los pioneros.

Nadie puede afirmar de forma convincente que son lo mismo. Cuanto más sabemos sobre los pioneros, menos en sintonía parece el adventismo contemporáneo (me refiero a la interpretación dominante sobre quiénes somos) con el adventismo original. Muchas palabras y frases de uso común hoy proceden de Elena White, pero representan sólo un aspecto de su visión. Es más, dejan a un lado gran parte de la sustancia real de la Escritura.

El libro de Osborn es una razón más para saber que esto es verdad. El autor, un estudiante de doctorado en la Universidad del Sur de California infatigablemente curioso, ha recopilado aquí una variada gama de ensayos, la mayoría breves y siempre provocativos. Tratan sobre la historia del adventismo, el pacifismo de Bonhoeffer y el discurso de aceptación del Premio Nobel de Barack Obama (fallido, según Osborn). Ofrecen una interpretación sobre la política en ambos testamentos de la Escritura, analizan varias lecturas de la Ilíada de Homero, exploran las reflexiones de Elie Wiesel sobre Dios y el sufrimiento humano. Pero el tema central, en cualquier caso, es nítido y fascinante: Dios, la política y la violencia.

Aunque Anarchy and Apocalypse está dirigido a lectores de lo más variado, el uso ilustrativo de la historia adventista por parte de Osborn hace que el libro sea especialmente indicado para nosotros. Osborn reivindica que nuestros antepasados ejemplifican expresiones de la fe cristiana tan profundamente admirables como (algo más tarde) profundamente preocupantes.

Cualquiera que considere el adventismo políticamente insulso puede ser excusado por ello: no hace tanto tiempo, la Review and Herald editorializaba contra (!) la participación en el Movimiento por los Derechos Humanos. Pero en este libro encontramos el argumento de que, lejos de ser insulsos, los pioneros adventistas eran más radicales en política que Henry David Thoreau, o que el posterior y ahora más conocido Martin Luther King.

Los pioneros eran “disidentes políticos”. Su presunto “apoliticismo” era en realidad un desafío a los poderes establecidos, un desafío comparable –argumenta Osborn– al famoso punto de vista “anarquista” por el que Noam Chomsky es famoso hoy. Los pioneros se alinearon con el abolicionista William Lloyd Garrison y promovieron la resistencia contra la Ley Estadounidense de Esclavos Fugitivos. Rechazaron llevar armas y protestaron contra el imperialismo durante la guerra de Estados Unidos contra España. Es más, apoyando a Elena White defendieron una pasión, no sólo por la libertad individual, sino también por la “justicia distributiva basada en la teología del Jubileo sabático”. Elena White declaró –sus palabras son contundentes como un mazo, o así lo parecen hoy– que las leyes de Dios “estaban diseñadas para promover la igualdad social”.

Durante la vida de la señora White, la visión de los pioneros no fue de modo alguno singular y uniforme. Como señaló Jonathan Butler en 1974 (siendo estudiante universitario), la relación de los adventistas con la república estadounidense pasó por varias fases. Pero estas fases tenían en común su sabor “anabaptista” o de “Reforma radical”: la afirmación de Osborn de que los primeros adventistas se veían a sí mismos “en tensión fundamental con la sociedad y el estado” está totalmente justificada.

Pero todo esto cambió. En un capítulo sobre “La muerte de una iglesia de paz”, el autor señala cómo desde el momento en que Elena White murió en 1915, “el ethos anabaptista de la primera iglesia fue rápidamente minado”. Para el tiempo de la Guerra del Vietnam se había producido “un espectacular giro en la identidad histórica del adventismo”. El adventismo se había desplazado desde el testimonio profético a un tipo de patriotismo cómplice. Esperamos que algún día llegue la persecución por parte del estado, pero mientras tanto nos sentimos cómodos con el nacionalismo del día a día.

La voz profética es hoy apenas un suspiro. No es que, por supuesto, toda esa tradición adventista esté muerta. El llamado actual al reavivamiento y a la reforma se hace eco de llamados anteriores, incluido el del que fue presidente de la Asociación General hace unos cuarenta años, Robert Pierson. La que está muerta, o al menos moribunda, es la tradición adventista anterior a 1915. En lo que se refiere a testimonio auténticamente profético, a la mayoría de los adventistas la visión anterior les parece como polvo de tiza, borrado hace tiempo de la pizarra de la memoria.

Quizá no tanto. Roy Branson y sus alumnos, el historiador Doug Morgan (en quien se apoya el autor de Anarchy and Apocalypse), y ahora Ron Osborn, una joven voz profética, se alzan para confrontar el aparentemente irresistible deslizamiento del adventismo hacia una forma de devoción superficial y de algún modo tranquilizadora. Para los lectores adventistas, el libro de Osborn es, de hecho, un llamado a desterrar el olvido, y a considerar si una “fe” que se siente cómoda con el actual orden político se puede considerar adventista en absoluto.

El último capítulo del libro (el más largo) comienza con un epigrama de Abraham Joshua Heschel: “La señal de Caín en el rostro del hombre ha conseguido eclipsar la semejanza a Dios”. Este diagnóstico surgió de la vergüenza y la consternación de Heschel ante la Shoah en la Alemania nazi, los pogromos de la Europa del este y muchos otros legados sangrientos del siglo XX. La imagen de Dios, venía a decir, ha sido mancillada hasta tornarse la señal de un asesino. (Los lectores adventistas informados no pueden pasar por alto cómo este lenguaje conecta con el de Elena White, quien por supuesto vio la obra de la redención como una restauración de la imagen divina que Satanás había logrado “corromper”).

El capítulo prosigue planteándose la verosimilitud de la justicia divina ante el sufrimiento humano. Principalmente a partir de la reflexión sobre los escritos de Elie Wiesel, Osborn desarrolla el argumento de que los esfuerzos para defender a Dios en este asunto mediante medios racionales, en última instancia son fallidos. Sugiere, de hecho, que esos esfuerzos son en realidad “demoníacos”.

¿Cómo puede ser? Nunca se pueden enfrentar del todo las objeciones a la justicia de Dios, lo cual es bastante malo. Y lo que es peor, los argumentos (aunque viciados) que parecen resolver la cuestión nos invitan a sentirnos demasiado a gusto con cómo son las cosas. Como escribe Osborn: “Si somos capaces de explicar la Shoah, somos capaces de aceptarla”.

Todo esto puede darse por no encontrar “respuestas” en la Escritura, sólo gritos (desde la fe) de frustración e ira. A fin de cuentas, uno puede convivir con aquello que puede aceptar. Para la mente bíblica, la verdadera humanidad significa rechazo –un rechazo total e inequívoco– de la aceptación, la resignación, la pasividad. Para que la imagen del Creador sea restaurada en nosotros, cualquier retirada escapista o irresponsable debe evaporarse por completo. Para reflejar la imagen de Dios, Osborn sugiere que los seres humanos deben defender la vida humana, y protestar cuando la “santidad” de la vida sea “violada”.

Si nuestra semejanza a lo divino es “borrada casi por completo” –una expresión que tomo de Elena White–, es difícil defender a Dios: ¿Dónde se hallará la imagen divina? ¿Cómo defender este caso? Ésa es la razón por la que, en un mundo violento en el que la marca de Caín oscurece la imagen divina, no es sorprendente el “eclipse” de Dios (así lo llamaba el filósofo judío Martin Buber).

Lo que ocurre, en parte, es que Dios (como propone Martin Buber y destaca Osborn) simplemente hoy guarda silencio; en la Biblia hebrea, escribe Buber, “el Dios vivo no sólo es un Dios que se revela, sino también un Dios que se oculta”.

Ése es un pensamiento difícil, pero, en cualquier caso, los eclipses son temporales. Y si la luz divina puede volver a emerger, quizá lo haga a través de la reaparición de la imagen divina. Osborn así lo insinúa, y ello es digno de consideración. Si la “obra de salvación” –otra expresión que tomo de Elena White– de algún modo restaura la imagen de Dios en nosotros, el que abracemos esa salvación podría contribuir a repeler las tinieblas. Dios de algún modo debe ser tangible, y ¿qué mejor manera de hacer a Dios tangible que por medio del amor divino hecho visible en nosotros?

La pasividad, por lo visto, es la máxima traición a Dios. Cuando nuestro testimonio ya no es “profundamente subversivo” contra los poderes dominantes (contrarios al amor), ya no merece el nombre de testimonio cristiano. Pero tan pronto como relacionas las palabras de Elena White sobre la restauración de la “imagen” de Dios con la lucha de nuestros pioneros por ser una verdadera “iglesia de paz”, te das cuenta de repente de que la historia del adventismo proporciona el impulso para dar un testimonio que sea realmente importante: nos puede motivar a un amor radical (y por tanto bien visible y potencialmente persuasivo).

Pero tienes que recordar la historia.

El pastor Wilson, en su sermón de diciembre a la Generación de Jóvenes para Cristo, se quejó de que haya quienes piensan que la obra de Elena White “podría tener cierto valor devocional”, pero por otro lado la ponen en entredicho por tener una “perspectiva limitada al siglo XIX”.

Como todo autor del Nuevo Testamento sabía –y todos nosotros debemos saber–, la fidelidad a una tradición viva no consiste en una reproducción mecánica de la misma. Los pioneros crecieron en comprensión, de modo que una simple vuelta atrás es una traición. Aun así, el pastor Wilson tiene razón en que si reducimos a Elena White (o a los pioneros en general) a un estatus meramente “devocional”, la marginamos y traicionamos su legado.

La ironía es que, con su fracaso en comprender la historia completa del adventismo primitivo, son los propios defensores de la devoción de los años 20-60 quienes están marginando la visión adventista propia del siglo XIX. Pero por supuesto todos nosotros cargamos al menos con alguna responsabilidad por haber perdido la conexión con nuestros predecesores. Si realmente quisiéramos un reavivamiento y una reforma, todos estaríamos tratando de solucionar el problema.

Con ese libro, Ron Osborn ha ofrecido una contribución magnífica y maravillosamente provocativa a ese fin.

Anarchy and Apocalypse está publicado por Wipf y Stock/Cascade Books y puede solicitarse aquí.

jueves, 24 de febrero de 2011

“Relihoaxes” (1): La NASA y la Biblia

Por Jonás Berea (jonasberea@gmail.com)
http://yoestoyalapuerta.blogspot.com/
Publicado también en Café Hispano (Spectrum)



Los rumores siempre han existido. Algunos de ellos están tan difundidos que hoy en día muchos dan por verdaderas supuestas informaciones que en realidad no podemos saber hasta qué punto son ciertas o no. En muchos casos, simplemente analizando su contenido y la (falta de) lógica interna, podemos concluir que algunas de estas historias son falsas. Siguiendo su rastro también se puede averiguar su origen, y a veces por tanto su intencionalidad. Este tipo de relatos, conocidos tradicionalmente como “leyendas urbanas”, han proliferado desde que existe Internet, medio en el que se conocen como hoaxes (“bulos”). El artículo No a los hoaxes explica el fenómeno y lo ilustra con varios ejemplos típicos.


Existe una categoría de bulos relacionada con cuestiones religiosas, a la que denominaré “relihoaxes”. Algunos consisten en una noticia falsa, normalmente generada por la adulteración o el cruce de informaciones verdaderas (véase Obama y la ley dominical). Otros son el clásico llamamiento humanitario, en ocasiones con petición de oración, ante alguien que supuestamente está en peligro. Los hay que tratan de defender la verdad cristiana mediante historias que, se supone, apoyan la inspiración de la Biblia. Entre estas últimas, quizá la que más ha circulado sea la que se refiere a una supuesta investigación de la NASA que confirmaría el relato del “día perdido” mencionado en Josué 10. Se encuentra en miles de sitios de Internet, en forma de texto, de presentación de diapositivas y hasta de vídeo (por ejemplo, aquí).





La historia



La historia cuenta cómo “recientemente […] nuestros astronautas y científicos espaciales en Green Belt, Maryland […] estaban verificando la posición del sol, la luna y los planetas para saber dónde se encontrarían dentro de cien años y en los próximos mil años”; para ello hicieron que el programa informático reconstruyera la posición de los planetas también en el pasado, pero en ese proceso llegó a un punto en el que la máquina se detuvo, indicando un error. “Decidieron entonces llamar a la oficina de mantenimiento para revisarla; los técnicos encontraron que la computadora estaba en perfectas condiciones” e informaron de que habían encontrado que faltaba “un día en el universo del tiempo transcurrido en la historia”. Un cristiano del equipo recordó entonces el pasaje del libro de Josué, capítulo 10, en el que Dios detiene el sol para que Israel pueda ganar una batalla. “Los ingenieros del Programa Espacial dijeron: ‘¡Ese es el día que falta!’”, así que pusieron el programa en funcionamiento y descubrieron que “el lapso que faltaba en la época de Josué era de 23 horas y 20 minutos, no era un día completo”. El ingeniero cristiano indicó que en 2 Reyes 20: 8-11 se cuenta cómo Dios hizo que la sombra retrocediera diez grados como señal de que el rey Ezequías sanaría; éstos conformarían exactamente los 40 minutos que le faltaban a la computadora de la NASA.




Por qué es un hoax



No hace falta tener muchos conocimientos de astronomía ni de informática para concluir que esta historia es un bulo. En primer lugar, presenta las principales características de los hoaxes:



1. Es un texto breve, al que algunos han añadido imágenes y otros han dado formato de presentación de dispositivas o de vídeo.



2. Carece de fecha de publicación y está redactado de la manera más atemporal posible para que perviva el máximo tiempo circulando en la red. El hoax habla de que el experimento se produjo “recientemente”, y en algunos sitios se titula “Nuevo descubrimiento de la nasa sobre la veracidad de la Biblia”.



3. Atribuye la historia a una prestigiosa entidad como la NASA.



4. No ofrece ni un solo nombre de los científicos que participaron en la supuesta investigación (sí se menciona a Harold Hill, quien efectivamente existió y difundió este cuento).



5. No cita con precisión fuentes rigurosas (revistas científicas, webs especializadas…).



6. Está muy mal redactado, con incorrecciones sintácticas y ortográficas y errores en los signos de puntuación.




El recorrido de este cuento



En segundo lugar, el itinerario de este “nuevo descubrimiento” demuestra su falsedad, tal y como se expone en el artículo de Bert Thompson ¿Ha Descubierto la Nasa el “Día Perdido” de Josué?, publicado en la interesante web http://www.apologeticspress.org/. Ya en 1936, veintidós años antes de que se fundara la NASA, un tal Harry Rimmer mencionaba a dos científicos (Ball y Totten) que, según él, habían probado astronómicamente que faltaba un día en el cómputo del tiempo, sin aportar la más mínima prueba o argumentación al respecto.



Después de un tiempo, según Thompson, «alguien (hasta este día, nadie sabe quién) redescubrió la historia, la “desempolvó”, le dio algo de adorno (sin duda para hacerla más atractiva para la mente científica moderna), proveyó nombres (de individuos, compañías y ciudades) y luego, para que no falte algo, incluyó una referencia a una agencia popular del gobierno que fue, y es, objeto de interés público (la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio—NASA). Con esta “nueva versión” de la historia ahora completa, ésta llegó a tener una credibilidad inherente que pocos pensaron poner en duda o cuestionar».



En 1974 Harold Hill, presidente de la Compañía de Motores Curtis (Baltimore, EE.UU.), en su libro How to Live Like a King’s Kid, reproducía la historia, sugiriendo que él mismo había mantenido contacto personal con la NASA, de modo que otorgaba credibilidad al bulo (sin embargo, la conexión de Hill con la NASA era comercial, y no tenía nada que ver con la investigación astronómica). En 1989 el doctor Davidheiser preguntó sobre este asunto a la oficina de la NASA en Greenbelt (Maryland), desde donde le respondieron que no sabían nada del señor Harold Hill y no podían corroborar la referencia del “día perdido”.




El contenido del cuento



En tercer lugar, el propio contenido de la historia pone en evidencia su falsedad.



1. La historia muestra una gran ignorancia sobre cómo funcionan los ordenadores, al menos los actuales. Según el texto, “se hizo que la computadora corriera a través de los siglos y de repente se detuvo”; como había “algún error en la información con la que había sido alimentada o con los resultados […], decidieron entonces llamar a la oficina de mantenimiento para revisarla; los técnicos encontraron que la computadora estaba en perfectas condiciones”. En el caso de que unos técnicos hubieran hallado un problema de funcionamiento en un programa de simulación, no habrían llamado al técnico de la computadora (hardware), sino que ellos mismos habrían revisado su propio programa informático (software). Y en caso de que en los ordenadores antiguos hardware y software estuvieran integrados, lo lógico es que los que realizaron el experimento fueran los mismos técnicos, y no hubiera necesidad de llamar a la oficina de mantenimiento.



2. Un ordenador puede determinar la posición de los cuerpos celestes en una fecha determinada del pasado, debido a la regularidad de sus movimientos: de este modo, podemos saber en qué fechas se produjeron y cuándo volverán a producirse determinados eclipses, cuándo cierto cometa se acercó a la tierra y cuándo volverá a hacerlo, etcétera. Pero esa reconstrucción del pasado la realiza a partir de los datos introducidos en el programa. Como dice Paul Bartz en el artículo citado, «las computadoras no son máquinas mágicas que pueden averiguar cosas que están escondidas de la gente normal. Aunque son tan maravillosas, están limitadas por el conocimiento que nosotros les damos. […] Aunque una computadora pudiera ser usada para producir un calendario desde hoy hasta el pasado distante, lo cual no es una práctica inusual, una computadora no podría decirnos si algún tiempo estuvo ausente o no». Para que alguien, humano o electrónico, pudiera detectar un parón en el tiempo pasado, éste debería haber quedado registrado de algún modo, algo que en principio es imposible. Un programa informático reconstruye el pasado a partir de los datos del presente, que de ninguna manera pueden incluir la excepción que supondría una parada planetaria, a no ser que los programadores introduzcan ese dato (en cuyo caso, lógicamente, el ordenador no probaría la existencia del milagro, ni mucho menos).



3. Si realmente un ordenador pudiera retroceder mágicamente “a través de los siglos” y “de repente” detenerse, proporcionaría el día exacto (según nuestro calendario actual) en que se produjo la “parada del sol”, así como el día en que Ezequías ganó “cuarenta minutos”. Pero el cuento que circula masivamente no dice nada sobre estas fechas, que serían el dato fundamental.



4. El bulo parte de la convicción de que el fenómeno descrito en Josué 10 supuso una parada del sistema solar (y quizá, por tanto, de todo el universo). La historia del cristianismo debería prevenirnos ante semejantes especulaciones; no olvidemos el rechazo que sufrió el heliocentrismo en la cristiandad de la Edad Moderna por el hecho de que, según las diferentes iglesias, la Biblia establecía en este pasaje que es el Sol el que gira alrededor de la tierra, pues el texto dice que «el sol se detuvo». Quienes creemos que el relato bíblico es cierto interpretamos hoy, a la luz de conocimientos astronómicos indubitables, que no fue el sol el que se detuvo, al menos con respecto a la Tierra, sino que en todo caso se paró ésta con respecto a aquel. Pero del mismo modo que entendemos que el relato no es literal en este punto, lo más lógico es pensar que Dios operó algún tipo de milagro local mediante el cual el ejército de Josué pudo seguir batallando mientras veía el sol, sin que necesariamente se detuviera el movimiento de todos los cuerpos celestes, con todo lo que ello implicaría de alteración cataclísmica de las dinámicas naturales: medio planeta expuesto al sol durante muchas más horas de las habituales, la otra mitad privada del sol el mismo tiempo, desaparición temporal (con todas sus implicaciones en los océanos, etc.) del efecto Coriolis… Dios tendría que haber realizado millones de milagros atmosféricos y ecológicos simultáneos para no alterar el equilibrio natural. Es algo que por supuesto está a su alcance, pero resulta más sencillo pensar en el efecto local del milagro. Otro tanto se podría decir del fenómeno que observó Ezequías.




Conclusiones



1. Cualquier persona con cierta formación, o que simplemente reflexione un poco sobre el contenido de este tipo de relatos, deducirá o al menos sospechará que se trata de bulos. Ya el hecho de que haya presuntos cristianos a quienes no les importe falsear la realidad con tal de defender sus creencias, hace un flaco favor a la verdad cristiana. Bajo ningún concepto podemos aceptar que el fin justifica los medios.



2. Quizá quienes inventan estas historias lo hagan con la “bendita” intención de defender la Biblia, pero el caso es que lo que consiguen es dañar la credibilidad de la Biblia. Su difusión ofrece una lamentable imagen del nivel cultural e intelectual medio de los creyentes. El no creyente que reciba el bulo deducirá, no sin razón, que si el amigo cristiano que le ha mandado la historia es capaz de creérsela, no es de extrañar que también se crea “otros bulos”, como los relatos milagrosos de la Biblia, o la propia existencia de Dios. Cuando se mezcla la verdad con la falsedad, la única perjudicada es la primera.



3. Hay quienes reciben mensajes de este tipo y no acaban de tener claro que sean ciertos, pero “por si acaso” los envían a sus numerosos contactos. Quizá añadan algún comentario escéptico, pero entre esos destinatarios habrá quienes se lo crean a pies juntillas y lo manden a otros tantos amigos con la convicción de que es real. Quien reenvía algo sin tener la certeza de que es verdad, se hace corresponsable de la multiplicación imparable de una falsedad. ¿Enviaría alguien una noticia impactante sobre un amigo o familiar suyo sin tener pruebas de que es totalmente cierta? Pues tampoco debería hacerse con otras “noticias”.



4. Entre los relihoaxes destacan aquellos que tergiversan o directamente inventan historias que tratan de denigrar a un conjunto de creyentes, en especial a los musulmanes (véase “Hoaxes” políticos). Todos (quizá de forma especial los colectivos religiosos, y no digamos las minorías) deberíamos ser especialmente cuidadosos con la difusión de mensajes que pueden afectar a la imagen de un grupo de personas. Por mucho que lo que hayamos recibido coincida con nuestras impresiones o esquemas previos, antes de reenviar alegremente a nuestros contactos un texto o una presentación, debemos comprobar si aquello que nos llega está totalmente probado.



5. Comprobar si un mensaje es un hoax resulta relativamente sencillo; aparte de la citadas y típicas características de los hoaxes, con sólo escribir la palabra “hoax” y el asunto del mensaje o alguno de sus conceptos clave en un buscador, encontraremos páginas donde se discute y se analiza la veracidad o no del mensaje; usando el sentido común es fácil determinar la verdad. Y si no acabamos de estar seguros, apliquemos el criterio de abstención en caso de duda y no demos por cierto algo que no está probado.



6. Quizá a algunos les llegue un mensaje de este tipo y no sientan que tienen la capacidad de hacer la indagación para determinar si es cierto o no. Pero seguro que entre sus contactos hay alguien que tiene conocimientos o formación sobre el asunto. En lugar de enviar la “noticia bomba” a todos, puede consultar a esas personas.



7. Lo que sí conviene difundir son análisis rigurosos como los de los artículos citados, o webs como http://www.rompecadenas.com.ar/, cuyo objetivo es orientar y clarificar respecto a estos asuntos. También sugiero reenviar mensajes de prevención, como el de este mismo artículo.










domingo, 28 de noviembre de 2010

El sacerdocio universal de los creyentes y el ministerio eclesial

Por Jonás Berea (jonasberea@gmail.com)
http://yoestoyalapuerta.blogspot.com/

El libro de Russell Burrill Revolución en la iglesia. Secretos para liberar el poder del laicado (Gema/APIA, 2005) propone una redefinición de la forma de trabajar en las iglesias, según la cual los pastores deben fomentar que los “laicos” asuman responsabilidades, y éstos han de organizarse para aprovechar todo su potencial de cara a la evangelización y a la dinamización de la propia iglesia.


Sacerdotes, laicos, ancianos, pastores

Para ello, según Burrill, es necesario que los adventistas comprendamos con claridad una enseñanza bíblica fundamental: el sacerdocio universal de los creyentes. Tristemente, es frecuente comprobar que en nuestro medio perviven interpretaciones que dividen a los miembros de iglesia en dos “niveles”: por un lado estarían los “laicos” o miembros comunes, y por encima de ellos los ministros (con su correspondiente jerarquía: administradores, pastores ordenados, pastores no ordenados…). Una errónea interpretación de la ordenación tiende a conferir a los pastores un rango sacerdotal; de hecho, es común atribuir a los pastores funciones propias de los sacerdotes del Antiguo Testamento, como si el equivalente de los sacerdotes en la iglesia fueran los pastores (éste es uno de los absurdos argumentos que se suele utilizar para rechazar la ordenación de la mujer: en el antiguo Israel Dios no aceptó “sacerdotisas”).

Por todo ello, satisface comprobar que Burrill expone con claridad la enseñanza bíblica del sacerdocio universal. Procedo a reproducir amplios pasajes de la obra, añadiendo negritas a su texto e insertando algunos comentarios personales.

«El Nuevo Testamento anuncia en términos inequívocos la restauración de lo que Adán había perdido: el privilegio de todo creyente de ser sacerdote delante de Dios. La muerte de Cristo en el Gólgota ha eliminado a la clase sacerdotal para siempre. Cristo ha derribado toda pared, incluyendo la que separaba a los pastores de los laicos. En el reino de Cristo hay una sola clase: la clase sacerdotal en la que nacen todos los creyentes cuando aceptan a Cristo Jesús como su Redentor» (pág. 30).

La enseñanza del sacerdocio universal está expresada en el libro que desarrolla las 28 creencias fundamentales de los adventistas del séptimo día (creencia 12, “La iglesia”, epígrafe “La organización de la iglesia”). Allí se señala que “este sacerdocio no hace distinciones de rango entre los ministros y los laicos, si bien deja lugar para una diferencia en función entre ambos grupos” (Creencias de los adventistas del séptimo día, Madrid, Safeliz, 1989, p. 167; destacados añadidos). Ahora bien, dada su importancia, quizá no aparezcan suficientemente destacadas las implicaciones de esta verdad; y cabe preguntarse si cuando se prepara con estudios bíblicos a una persona para el bautismo se enseña esta creencia (especialmente necesaria, dado que la mayoría de los catecúmenos arrastra una formación religiosa que tiende a elevar el rango de los “clérigos” y a menospreciar el de los “laicos”; véase Entre vosotros no será así).

En realidad el propio uso del término “laico” para designar a los fieles que no son obreros de la organización eclesiástica, si bien resulta útil, no es bíblicamente acertado. Aunque el término no aparece en la Escritura, se desprende de ella que en realidad todos somos laicos, pues “laico” significa “del pueblo”: procede del griego “laós” (pueblo), palabra que figura en numerosos pasajes donde siempre designa al conjunto de los fieles, y no sólo a los que no son ministros (Mateo 2: 6; Romanos 9: 26; 2 Corintios 6: 16; Tito 2: 14; Hebreos 2: 17; Apocalipsis 18: 4; 21: 3, etc.). El término griego “kleros” (de donde procede “clero”) sí aparece en el Nuevo Testamento, pero siempre con el sentido de “parte”, “herencia”, “suerte”, y nunca para designar a un grupo de hermanos diferenciado de los demás (Mateo 27: 35; Juan 19: 24; Hechos 1: 17; Colosenses 1: 12, etc.).

La Biblia explica sobre todo la función dirigente del anciano (griego “presbýteros”), equivalente al obispo (griego “epískopos”: Hechos 14: 23; 15: 2; 20: 17; 1 Timoteo 3: 2; 5: 17; Tito 1: 5, 7; Santiago 5: 14, etc.). Pero en nuestra iglesia, paradójicamente, se considera que los ancianos son “laicos”, pues a pesar de estar ordenados no son obreros de la organización. En cuanto a los pastores, sólo se citan en Efesios 4: 11; Hebreos 13; 7, 17, 24 y 1 Pedro 5: 4, sin especificar claramente unas funciones diferenciadas de las de los ancianos (véase la exposición que del asunto hace Rolf Pöhler en “Misión – Bendición – Ordenación”, capítulo 7 de la obra La iglesia de Cristo. Su misión y su ministerio en el mundo, del Comité de Investigación Bíblica, Conferencias Bíblicas de la División Euroafricana, 1993, págs. 205-210).


¿Qué implica el sacerdocio universal?

Uno de los principales textos bíblicos en que se fundamenta la enseñanza del sacerdocio universal es 1 Pedro 2: 5, 9:



Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. […] Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.
Sigo citando el libro de Burrill: «De acuerdo con el apóstol Pedro todos los cristianos pertenecen al sacerdocio. En el Nuevo Testamento la iglesia no tiene un sacerdocio. Ella es un sacerdocio. El sacerdocio de todos los creyentes es el único sacerdocio autorizado en el Nuevo Testamento. Aquí tenemos la restauración completa de lo que Adán había perdido. Todos los hijos de Dios tienen ahora acceso directo al Padre, y todos los hijos de Dios tienen derecho al ministerio. Ese derecho ha sido enteramente establecido por el ministerio redentor de Cristo» (págs. 30-31).

Tras citar Romanos 12: 1, Burrill continúa: «De acuerdo con Pablo y con Pedro, el ministerio no es un derecho, ni siquiera un privilegio exclusivo de cada uno de los creyentes del Nuevo Testamento; sino que es resultado natural de llegar a ser cristiano. La iglesia del Nuevo Testamento no concebía que hubiera algún cristiano que no estuviera involucrado en el ministerio. Era algo que estaba implícito en la teología de los primeros cristianos. Era su derecho y privilegio porque Cristo había muerto por ellos.

»De alguna manera, en esta era moderna, hemos divorciado el ministerio del cristianismo básico. Ha ganado aceptación la idea de que es posible ser cristiano y no compartir las labores del ministerio. El ministerio, se han atrevido a declarar algunos, es únicamente responsabilidad del pastorado. Inclusive algunos pastores han advertido a los laicos que no entren en sus dominios. Sin embargo, ejercer el ministerio no es prerrogativa solamente del pastorado. Al contrario, es el dominio adecuado de todos los creyentes. Ese derecho fue el legado de la muerte de Cristo en el Gólgota. Limitar el ministerio al pastorado es algo totalmente ajeno a la iglesia del Nuevo Testamento. El que cada miembro se integrara al ministerio, en armonía con sus dones espirituales, era la norma para la iglesia del primer siglo. Asimismo, debe llegar a ser la norma para la iglesia de Dios de los últimos días» (págs. 31-32).

Burrill explica que «los adventistas siempre han creído en la doctrina del sacerdocio de todos los creyentes» y recurre a un interesante paralelismo: «La implicación más básica de aceptar esta doctrina es la comprensión de que cada creyente tiene acceso directo al Padre por medio de Cristo Jesús. Hay un solo Mediador entre nosotros y Dios: Jesús (1 Tim. 2:5). Ningún adventista pensaría en ir a su pastor y pedirle que perdonara sus pecados. Sin duda cualquier pastor que intentara conceder tal perdón perdería sus credenciales. Debido a nuestra firme creencia en la doctrina del sacerdocio de todos los creyentes, consideramos un anatema siquiera pensar en un mediador que no sea Cristo, para recibir el perdón de nuestros pecados».

Obviamente, esto no ocurre en nuestras iglesias, pero hay otras situaciones en las que los creyentes sí perciben al pastor como a un sacerdote o un clérigo, con atribuciones, espiritualidad y autoridad jerárquicamente superiores. A veces se cree que tiene un poder especial para “bendecir”. Incluso no es extraño que el propio pastor asuma este papel (me contaron el caso de un hermano que pidió que el pastor bendijera su coche nuevo; lo grave es que ¡el pastor accedió!). Si todos los miembros (empezando por los pastores) comprendiéramos la doctrina del sacerdocio universal y la pusiéramos en práctica, nuestras iglesias funcionarían más de acuerdo con la voluntad de Dios.

Según Burrill, «si cada miembro es un sacerdote, entonces cada cristiano es realmente un ministro; y por lo tanto, tiene un ministerio que ejercer. Una vez que el pueblo acepta la enseñanza del Nuevo Testamento del sacerdocio de todos los creyentes, debe aceptar el hecho de que, como sacerdotes, todos los creyentes tienen un ministerio, y todos deben identificar su ministerio, o ser considerados cristianos infieles.

»Esta comprensión de la doctrina del sacerdocio de todos los creyentes nos ayudará a eliminar las distinciones artificiales que han surgido entre los laicos y el pastorado. Siendo que cada cristiano es un ministro, el pastorado no tiene ante Dios una posición más elevada que los laicos. Las oraciones de los pastores no suben más alto que las oraciones de los laicos.

»Lamentablemente, muchos laicos han considerado que sus pastores tienen un nivel espiritual más elevado que el de ellos, simplemente a causa de su función pastoral. Pero si entendemos correctamente el sacerdocio de todos los creyentes, nos daremos cuenta que no hay diferencia de rango entre laicos y pastores. Estamos todos al mismo nivel. Sin embargo, hay una diferencia funcional entre pastores y laicos. En otro capítulo consideraremos esta diferencia al examinar la descripción bíblica del trabajo del pastor.»

Efectivamente, más adelante Burrill explica la función del pastor como dinamizador que forma a los miembros para que descubran y desarrollen sus dones y participen activamente. «No obstante», continúa el autor, «debe decirse claramente ahora, que de acuerdo con la Escritura, la función del laicado es la de ejercer el ministerio. ¡Siempre que los creyentes estén ejerciendo el ministerio, estarán actuando en la capacidad de laicos, aunque pertenezcan al pastorado!»

«Al reconocer que cada creyente es un sacerdote, la iglesia del Nuevo Testamento establecía una total igualdad entre pastores y laicos» (pág. 33).


Una mala comprensión del ministerio

La mala comprensión de estas verdades ocasiona mucho daño, como explica Burrill:

«Debido a que muchos en la iglesia han estado operando bajo una teología incorrecta –que el pastor es el empleado que ha de realizar las labores ministeriales– se ha impedido el cumplimiento de la misión de la iglesia. Los pastores han pensado a veces que deben emplear a los laicos en las labores del ministerio; pero no han estado dispuestos a concederles completa libertad para ejercer dichas funciones; o para permitirles llevar a cabo un servicio significativo. Esto ha ocurrido porque el pastorado ha considerado al ministerio como una actividad, no como un modo de vida, del creyente.

»Como resultado, el pastor imagina programas para poner a trabajar a los laicos. Y en ocasiones dichos programas ni siquiera concuerdan con los dones espirituales de los miembros. Como los miembros no han estado involucrados en la elaboración de dichos programas, no manifiestan grandes deseos de ser parte de ellos. Sin embargo, el pastor necesita la ayuda de ellos. Por lo tanto, predica un sermón acerca de la testificación, haciendo que cada miembro se sienta culpable. Con este pesado fardo de culpabilidad sobre sus espaldas, el laicado se presentará para participar en el programa elaborado por el pastor, y formará parte del mismo hasta que su sentido de culpabilidad se disipe. Más adelante el pastor tendrá que predicar otro sermón para reforzar el mismo complejo de culpa. Nuevamente, algunos pocos fieles se presentan. A la larga, el sentido de culpa se irá desvaneciendo de la mente de los miembros, y habrá de afectar a muy pocos.

»Este método hace que los pastores se desanimen y sientan que los laicos son holgazanes que no quieren colaborar con él. Los laicos, por otro lado, continúan cargando con un pesado y creciente complejo de culpa. Creen que deben involucrarse, pero se sienten cada vez más incómodos con un ministerio basado en la culpabilidad.

»Nos preguntamos por qué se bloquea la obra al repetirse esta situación iglesia tras iglesia. ¿Era esto típico del proceso de testificación en la iglesia primitiva? ¿Implementaban ellos sus programas de testificación intimidando a la gente? ¡Absolutamente no!

»Para ellos, testificar era un modo de vida. Cada creyente tenía un ministerio, y toda la iglesia trabajaba unida reconociendo que cada cual tenía su responsabilidad que cumplir en la obra de Dios. Había un trabajo especial para cada miembro. […] En la iglesia primitiva se consideraba que cada miembro tenía un don espiritual, o una combinación de dones. No todos poseían los mismos dones. Dios concedía suficientes dones a su iglesia para que pudiera obrar apropiadamente. Él encaminaba a los creyentes hacia iglesias específicas tomando en cuenta que determinada persona había recibido el don que dicha congregación necesitaba en determinado momento. Cada creyente era importante y necesario.

»Cuando cada cristiano identifica sus dones y se enfrasca en las labores del ministerio, no hay frustración a causa de que los dones no concuerdan con el servicio. Cada uno es feliz con un ministerio basado en sus dones. Como resultado, la iglesia crecerá en forma natural. Por esa razón es tan importante que cada creyente descubra cuáles son sus dones espirituales. Cuando esto suceda, los miembros no mirarán con desprecio a alguien que tenga un don diferente al suyo. Trabajarán como un equipo para llevar adelante la obra de la iglesia. […]

»Debemos ir más allá del concepto de que el único lugar donde ocurre el ministerio es en la iglesia. El concepto bíblico del ministerio considera la vida entera del creyente como un ministerio. La función de la iglesia es preparar mejor al creyente para su ministerio. Es en ese sentido que la iglesia debe verse como un centro de adiestramiento para el ministerio cristiano» (págs. 34-36).


Un concepto equivocado de iglesia

Burrill sintentiza el modo en que se ha tergiversado históricamente el concepto de iglesia:

«La iglesia cristiana comenzó como un movimiento laico. Ninguno de los primeros discípulos fue entrenado para trabajar como pastor. Todos los dirigentes primitivos eran laicos. Los Doce fueron ordenados para que se dedicaran tiempo completo a la obra del ministerio; sin embargo, seguían siendo laicos, y de ningún modo estaban por encima de los demás discípulos» (pág. 36). Habría que aclarar que tras Pentecostés los Doce (y después Pablo), en cuanto apóstoles, fueron autorizados por Cristo para desempeñar una labor de profetas y comunicar a la iglesia las revelaciones e instrucciones de Dios; a pesar de ello, las decisiones eclesiales se tomaban con la presencia del conjunto de la iglesia (Hechos 15: 12, 22). Es cierto, eso sí, como dice Burrill, que «el Nuevo Testamento ordena un ministerio de tiempo completo, pero no establece la distinción» que es tan marcada hoy entre los laicos y los pastores (págs. 36-37).

«En el Nuevo Testamento, el pastorado estaba compuesto por laicos que dedicaban todo su tiempo a dirigir la obra evangélica. Los laicos eran considerados como los que ejercían el ministerio, mientras que los pastores se consideraban como entrenadores para el ministerio. Sin embargo, debido a que también eran parte del laicado, los pastores también ejercían el ministerio.

»Al avanzar la Edad Media el clero fue gradualmente colocado en un sitial más elevado en la consideración del pueblo, hasta que se desarrolló más plenamente la clase sacerdotal y el papel del laicado se fue limitando a la función de contribuir con las finanzas y observar al clero realizar su ministerio.

»El cristianismo medieval oscureció totalmente la función de los laicos. Como resultado el laicado fue manipulado y usado, pero ya no formó parte integral de la iglesia.

»Estas diferencias de estatus continuaron incluso en el protestantismo. Como resultado, la labor del laicado en la mayoría de las iglesias modernas se ha reducido a servir como espectadores, y su principal función religiosa es la de ocupar un banco en la iglesia los sábados en la mañana. Mientras los miembros hagan acto de presencia los sábados por la mañana, serán considerados miembros de iglesia en regla. Esta idea se hubiera considerado como un anatema en la iglesia del Nuevo Testamento. Ellos no podían imaginar que hubiera cristianos que no estuvieran ocupados en algún aspecto del ministerio.

»En la mayoría de las iglesias de hoy, el pastor realiza la mayor parte de las labores relacionadas con el ministerio, mientras que los laicos son espectadores. Afortunadamente, en algunas iglesias, la integración al ministerio se ha extendido hasta incluir unos pocos laicos importantes. Sin embargo, pocas iglesias han ampliado el campo de acción del ministerio para incluir a todo el laicado. En consecuencia, en la mayoría de las iglesias surgen frustraciones cuando llega el momento de elegir la comisión de nombramientos. Esto sucede porque, aparentemente, muy pocos quieren asumir responsabilidades» (págs. 37-38).

En la conclusión del capítulo, Burrill plantea preguntas muy oportunas:

»¿Será que la Iglesia Adventista del Séptimo Día, que profesa ser la iglesia remanente de Dios en los últimos tiempos, ha heredado inconscientemente conceptos que pertenecen a la Iglesia Católica Romana? ¿Será que poseemos una teología equivocada de la iglesia, y que esta teología la está lesionando en estos últimos días? […]

»Mientras no regresemos al concepto bíblico del laicado en la iglesia, seguiremos en la indiferencia laodicense, y no veremos la obra de Dios terminada. Afirmamos creer que la obra de Dios será terminada por un reavivamiento laico. Si alguna vez hemos de ver la obra de Dios avanzar como debiera, debemos hacer que nuestra iglesia sea nuevamente una iglesia laica. La iglesia entera debe estar involucrada en el ministerio de la iglesia entera. Los pastores deben estimular en forma directa las labores del laicado, y comenzar a preparar a la iglesia para el ministerio total de los laicos. Es tiempo de llamar a todo el laicado para que acuda en auxilio de la iglesia, en la completa restauración de dicho ministerio de los laicos. Ruego a Dios que podamos ver pronto ese día.»



viernes, 22 de octubre de 2010

Michael Pearson en AEGUAE


Publicado también en Café Hispano (Spectrum)

La
Asociación de Estudiantes y Graduados Universitarios Adventistas de España (AEGUAE) ha invitado para la convención de este año a Michael Pearson, vicedirector y profesor de Ética y espiritualidad de Newbold Collage, y Presidente del Centro para la Diversidad de Newbold. Su libro Millenial dreams. Seventh day Adventism and contemporary ethics, de 1990, puede consultarse en Internet.

El título de la convención es “El laberinto moral”. En la presentación de la web de AEGUAE leemos: «Cada día de nuestra vida tomamos decisiones éticas […] en el contexto de un mundo en rápida evolución, donde los valores tradicionales están constantemente cuestionados. También tomamos decisiones como miembros de una comunidad de fe que tiene que crear una respuesta inteligente y vigorosa a tales preguntas. Nuestra comunidad de fe busca orientación a tales cuestiones tanto desde la Biblia como desde sus propias tradiciones e historia. Al final, individual y colectivamente, tenemos que hacernos la siguiente pregunta: ¿Los valores morales de mi iglesia me permiten vivir bien y vivir de manera responsable en un mundo complejo?»

El profesor Pearson «examinará nuestro pasado adventista para ver qué recursos nos ofrece para hacer juicios de valor difíciles hoy en día» y «proporcionará una metodología sencilla para el examen de cualquier cuestión moral, grande o pequeña».

Las convenciones anuales de AEGUAE son desde hace más de treinta años un acontecimiento fundamental para la Iglesia Adventista española. Plantean temas que interesan a no pocos adventistas, pero que difícilmente se tratan en las iglesias locales (especialmente en las más pequeñas). Ofrecen la posibilidad de encuentro de hermanos con inquietudes similares, y los enfoques aportados allí repercuten en las iglesias, donde en ocasiones se sigue profundizando en los asuntos presentados. A través de
Aula7Activa, la editorial digital de AEGUAE, se difunden transcripciones de las propias ponencias y otras publicaciones similares.

Por todo ello, resulta estimulante comprobar que este año la convención aborda cuestiones de ética. A veces el
énfasis escatológico de nuestro mensaje ha desplazado a un segundo plano la dimensión ética del evangelio, o bien la ha reducido a los “temas morales estelares” de la tradición puritana. Como el libro de Pearson aborda fundamentalmente estos temas (sexualidad, aborto, divorcio…) es de esperar que trate sobre ellos en las ponencias, pero satisface comprobar que Pearson también ha reflexionado sobre otros asuntos no menos importantes para nuestra iglesia. Por ejemplo, Spectrum publicó su comentario sobre la lección de la Escuela Sabática del 14 de noviembre de 2009, titulado El poder: Reflexiones sobre Números 16 y 17. No me resisto a reproducir algunos párrafos y añadir destacados:

«Al estudiar la lección de esta semana, muchos de nosotros podríamos pasar por alto las verdaderas preguntas que plantea, porque no reconocemos que tenemos mucho poder, y por lo tanto, suponemos que las preguntas planteadas son para que las respondan otros. Así, podemos hablar del abuso de poder por parte de otros en el ámbito público, en el trabajo, en la iglesia, y posiblemente en contra de nosotros mismos. Cualquier molestia que el estudio nos pudiera producir, será convenientemente evitada. El estudio de la lección puede ser convertido, de esta manera, en un pasatiempo seguro; incluso tal vez en una oportunidad para permitirnos criticar a otros y expresar un poco de auto-compasión.

»Por lo tanto, el punto de partida indispensable para cualquier discusión sobre este tema es el reconocimiento de que la mayoría de nosotros ejerce cierto poder sobre los demás, por muy limitado que sea, o por muy remota la forma de hacerlo efectivo. Los adultos tienen poder sobre los niños. Los hombres tienen poder sobre las mujeres. Los ancianos de iglesia y los pastores tienen poder sobre los miembros de las congregaciones. ¡Los maestros de la Escuela Sabática tienen poder sobre los miembros de la clase! Los gerentes tienen poder sobre los empleados, y los empleadores sobre los trabajadores. Todos estamos, pues, sujetos a la posibilidad de abusar de nuestro poder y de ser corrompidos por él. La influencia es poder. Por ejemplo, la influencia económica que todos poseemos en alguna medida, aunque sólo sea al pagar en el supermercado, es un poder real.

»Para un estudio honesto del tema de esta lección, también debemos admitir que las víctimas de abusos se convierten en victimarios con demasiada frecuencia. Si reconocemos la pertinencia de estas dos afirmaciones, la conversación entrará en un territorio profundamente amenazador. Porque, ¿quién está dispuesto a admitir –en una clase de la Escuela Sabática— que alguna vez podría haber abusado de su poder sobre los demás? ¿Y quién sabe adónde podría conducir este tipo de discusión? […]

»La mayoría de nosotros somos tentados al abuso de poder en contextos muy locales, sin mayor importancia y en gran parte ocultos. La mayoría de nosotros, la mayor parte de las veces, no nos enfrentamos a una lucha moral con respecto a los efectos de largo alcance de nuestras acciones. Más bien nos enfrentamos a menudo a la pregunta: ¿Qué diferencia, si la hubiere, puede causar mi acción en el gran esquema de las cosas? Edmund Burke ofrece una respuesta: “Nadie cometió un error mayor que el que no hizo nada porque podía hacer muy poco”. Y esto plantea una pregunta que se relaciona, la de nuestros pecados de omisión. ¿No somos culpables, en algunas ocasiones, por no protestar, por no rebelarnos? Después de todo, nuestros propios antepasados adventistas fueron, de manera significativa, verdaderos rebeldes.

»Las pirámides de poder están presentes en todas nuestras relaciones humanas. Y tenga por seguro que en este mismo sábado, se llevarán a cabo muchos abusos de poder en todo el mundo en nuestras iglesias, aunque sean pequeños en su mayor parte. Nosotros no somos una excepción en este sentido. El abuso de poder ocurre en todas las formas de organización social, y a menudo se presenta con disfraces respetables. […] La respetabilidad no es garantía contra el abuso de poder.

»Y aquí está el gran enigma para aquellos de nosotros que nos llamamos cristianos y que inevitablemente participamos en varios tipos de estructuras de poder. Seguimos a Aquél que parecía sentirse más cómodo en la presencia de los débiles, los marginados, los niños pequeños, las mujeres maltratadas, los leprosos miserables, los despreciados discapacitados. ¡Jesús aspiraba, según cualquier medida convencional, a no ostentar el poder, y sin embargo es el mayor iconoclasta de todos! Pues bien, ¡aquí hay algo de lo que vale la pena hablar!»

Si Pearson anima a la audiencia de AEGUAE a profundizar en este tipo de reflexiones autocríticas, puede ser una gran ocasión para impulsar las necesarias reformas que, en primer lugar individualmente, y también como colectivo, necesitamos afrontar los adventistas. Una de los desafíos más urgentes es precisamente el de ser conscientes de cómo el mensaje de Jesús supone una subversión de la concepción mundana del poder: frente al dominio del otro, la entrega al otro; entrega voluntaria (motivada por Dios), pero no sometimiento, sino apelación a la conversión.

Como complemento, uno de los talleres (dirigido por Josué Gil, profesor de Filosofía) tratará precisamente sobre la ética de los negocios y las organizaciones, un tema aplicable a nuestra propia organización (y a nuestros “negocios” como iglesia). Otros talleres estarán a cargo de Josep A. Álvarez (profesor del Col•legi Urgell) y tratarán sobre bioética y eutanasia.

Como siempre, el nivel de la convención estará marcado por la participación de los asistentes: las preguntas, las aportaciones, los intercambios, los debates, son una oportunidad de crecimiento personal y grupal. Quiero destacar también que en esta ocasión AEGUAE ha encontrado un alojamiento de precio muy asequible, el
Albergue Juvenil Torre de Alborache. Toda la información está disponible en la página de AEGUAE.

martes, 28 de septiembre de 2010

La Iglesia Adventista y los derechos humanos

Por Jonás Berea (jonasberea@gmail.com)
http://yoestoyalapuerta.blogspot.com/
Publicado también en Café Hispano (Spectrum)


La posición de la Iglesia Adventista del Séptimo Día (IASD) ante los derechos humanos es un tema amplio y complejo, que no pretendo abordar exhaustivamente aquí. Me referiré a algunos ejemplos históricos y actuales, con especial referencia a los derechos de los trabajadores.

Cuando se desarrolló el movimiento adventista en Estados Unidos a mediados del siglo XIX, la perspectiva escatológica del inminente regreso de Jesús no impidió que los primeros adventistas tuvieran una marcada conciencia social. Precisamente algunos de los mensajes destacados desde entonces de forma peculiar por nuestra iglesia están basados en la visión bíblica del ser humano, concebido como unidad inseparable de las dimensiones espirituales, intelectuales y físicas, incluyendo las condiciones de vida material y social (véase Los adventistas y la dignidad humana).

Para los pioneros, la idea de reforma era fundamental: se conoce bien la reforma a favor de la salud, pero a veces se olvida que ésta no debe entenderse sólo como una opción personal, sino también como una propuesta de cambio social. La sociedad y la sanidad contemporáneas han ido dando la razón a aquellos “extremistas” que hablaban de los peligros del alcohol e incluso del tabaco (droga relativamente aceptada en la época), y las legislaciones actuales fomentan su eliminación o limitación, así como la promoción de los alimentos que nuestra iglesia siempre defendió como más apropiados.

El antiesclavismo fue otra de las señas de identidad de muchos de aquellos hermanos, no pocos de los cuales eran militantes abolicionistas, como no podía ser menos en un país en el que hasta 1865 no se abolió legalmente la esclavitud de los negros. Los adventistas, junto a otros cristianos, también fueron pioneros en el movimiento de objeción de conciencia frente a la guerra, negándose a portar y a usar armas. Y ya en 1893 la Iglesia Adventista fundó la Asociación Internacional de Libertad Religiosa (IRLA, en inglés), la organización mundial más antigua en defensa de la libertad de conciencia, concebida ésta no como una reivindicación para los miembros de una confesión o religión concreta, sino como principio sociopolítico que debe garantizar la igualdad de todos los creyentes (y no creyentes) ante las leyes, y la libertad total en el ejercicio de lo que la conciencia dicta a cada uno.

Este espíritu de reforma social se extendía a otros campos, como el de la educación, en el que nuestra iglesia ha promovido siempre una formación global del niño y el joven, que incluya la actividad física y manual, y en la que muchachos de ambos sexos sean educados conjuntamente.


Retroceso histórico

Muchos de estos progresos sociales promovidos por, entre otros, la Iglesia Adventista han sido posteriormente reconocidos y recogidos por las legislaciones más avanzadas y por los documentos internacionales sobre distintos derechos humanos, empezando por la Declaración Universal de 1948. Pero siendo vanguardista en tantos aspectos, resulta triste comprobar cómo a lo largo del siglo XX, en muchas ocasiones, la iglesia fue replegándose en ciertos momentos clave hacia posiciones de retaguardia que negaban las raíces transformadoras del movimiento. En algunos casos han tenido que pasar décadas para que la iglesia reconociera que, frente a ciertas posiciones reaccionarias adoptadas en su momento, lo correcto habría sido tomar partido explícita y valientemente a favor de la justicia y los derechos fundamentales.

Ya con ocasión de la Primera Guerra Mundial el espíritu ultranacionalista y patriótico de la época hizo que algunos en nuestras filas consideraran el acudir al frente como un deber ciudadano, y no como una violación de la ley de Dios. En el caso de la Segunda Guerra Mundial el militarismo todavía penetró más hondamente en nuestro medio, y desde entonces la pertenencia de militares profesionales a la Iglesia Adventista se ha convertido en una situación normalizada en muchas zonas del mundo. En este caso, tristemente, no se aprecia que la tendencia sea hacia la recuperación del espíritu objetor, no combatiente y pacifista de nuestros orígenes, sino todo lo contrario. A ello se añade el silencio o la tibieza frente a guerras de agresión (véase Adventistas ante la guerra y la paz).

En lo que concierne al nazismo sí que ha habido reconocimiento de culpa. La mayoría de los adventistas alemanes no sólo callaron ante uno de los regímenes más abominables de la historia, sino que incluso practicaron infamias como cambiar el nombre de la Escuela Sabática por evitar la posible asociación con los judíos, borrar de la iglesia a hermanos de origen judío y exaltar en sus publicaciones al Führer y la ideología racista. Sólo seis décadas después, cuando todo el mundo había condenado moralmente aquel régimen, se emitió un comunicado oficial pidiendo perdón por aquellas vergüenzas.

Aparte de algunas honrosas excepciones, ante la reivindicación pacifista de derechos sociopolíticos por parte de los negros de Estados Unidos en las décadas de 1950 y 1960, la posición oficial de las IASD fue como mínimo de distanciamiento, cuando no de condena por considerar que se trataba de un movimiento “radical”. Han tenido que pasar décadas para que se reconozca explícitamente el valor y el ejemplo de aquellos hermanos que en su día, frente al abandono o el rechazo de los dirigentes, lucharon por la igualdad política de los negros y los blancos. La Adventist Review destaco hace pocos años algunos casos, como el de los cuatro jóvenes estudiantes que, pese a que en la iglesia se les dijo que su conducta era pecaminosa por participar en acciones seculares y mundanas, se unieron a la marcha por los derechos de los negros en 1965, y defendieron que las iglesias adventistas del sur del país fueran interraciales y no segregadas, como era la práctica común. O el de Terrence Roberts, el único adventista de los “Nueve de Little Rock”, un grupito de estudiantes que desafiaron a la multitud racista y violenta que quería negarles el derecho de asistir a un centro educativo por ser negros; decepcionado por la incapacidad de nuestra iglesia “de avanzar más rápido en las cuestiones raciales”, y aun reconociendo el trabajo que ya se hace (basado en los valores de nuestro mensaje), afirma: “Me gustaría decir que el mensaje de Jesús (tal como lo entiendo) es que debemos implicarnos en los asuntos de justicia social. Tenemos que preocuparnos por la gente de nuestra sociedad a quienes, por culpa de las fuerzas opresivas, no les va bien. Parece que eso es lo que hacía Jesús”. Y concluye: “Cuando miro alrededor y veo la injusticia, no puedo imaginarme afrontar el asunto sin implicarme. No creo que un cristiano […] pueda permitirse permanecer neutral.”

Estos procesos históricos resultan hoy incómodos de recordar para un adventista, pero contienen importantes lecciones para nosotros. Es necesario mirar de frente a nuestro pasado, sin edulcorarlo, a fin de no repetirlo. Y cabe preguntarse: ¿Estaremos hoy como iglesia callando ante situaciones de agresión a la dignidad humana? Si Cristo no viene antes, ¿llegará un momento en que, con perspectiva histórica, tengamos que emitir comunicados condenando lo que hicimos o dejamos de hacer en su día? Y si Cristo viene, ¿qué nos reprochará en ese sentido (véase Mateo 25: 31-46)?

Gracias a Dios, en el campo de la dignidad y los derechos humanos hay actuaciones oficiales que se orientan en la línea del evangelio: la IRLA sigue defendiendo la libertad de conciencia de toda persona; la Agencia Adventista para el Desarrollo y los Recursos Asistenciales (ADRA) no se limita a tareas asistenciales, sino que promueve el desarrollo integral de las personas y de su entorno socioeconómico… Pero hay campos en los que da la impresión de que caminamos hacia atrás. Por ejemplo, el militarismo creciente, ya mencionado. En otros casos, parece que tenemos que esperar a que un asunto se ponga “de moda” o quede institucionalizado a escala regional o global, para que la IASD se posicione claramente en esa cuestión. Entonces nos sumamos (y hacemos bien) al “día internacional contra…” o a campañas a favor de algún derecho básico. En lugar de haber sido pioneros (como lo hemos sido en otros ámbitos), aun teniendo las bases espirituales y teóricas para serlo, parecería que nos subimos al tren de la dignidad cuando éste ya está en marcha. Quizá nos haya ocurrido esto en asuntos como el cuidado del medio ambiente o la defensa de las mujeres maltratadas, por ejemplo. Resulta tan triste como necesario tener que reconocer que en ocasiones los estándares éticos y normativos “del mundo” son más elevados que los de la iglesia, bien nos refiramos al nivel teórico, bien al práctico. Al menos hemos aprendido que, en cuanto a la dignidad humana se refiere, podemos participar (individual e incluso institucionalmente) en iniciativas y campañas promovidas por otros, siempre que no transgredan los principios bíblicos.


Dignidad y derechos de los trabajadores

Un ámbito peculiar es el de la dignidad de los trabajadores. La IASD nació en el siglo XIX, cuando, con ocasión de la revolución industrial, el gran capital se configuró como el poder definitivo, y millones de obreros se vieron sometidos a condiciones de trabajo inhumanas. En este contexto, el movimiento obrero surgió, parafraseando a Marx, como un espectro que se cernía sobre Occidente. Este ambiente revolucionario y violento, con huelgas ilegales y salvajes (que no tienen nada que ver con las civilizadas huelgas de hoy en los países occidentales, reconocidas en las constituciones y en condiciones pactadas con los gobiernos), es en el que debe comprenderse la visión tan negativa que algunas citas de Ellen G. White ofrecen sobre las organizaciones sindicales y su acción social (véase el imprescindible artículo “Las cuestiones sindicales y la iglesia” en el número 20 de la revista Aula 7, págs. 14-19).

A pesar de los cambios históricos que desde entonces han tenido lugar, estas citas descontextualizadas se han blandido absurdamente durante décadas para justificar una posición actual sobre los derechos laborales y las organizaciones de trabajadores. Pero muchos hermanos no saben que también en este punto la iglesia se ha pronunciado oficialmente modificando los estereotipos anacrónicos arrastrados durante tanto tiempo. Así, la declaración Los adventistas del séptimo día y los sindicatos, emitida por el Departamento de Libertad Religiosa de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, y aprobada por el Consejo Ejecutivo de la División del Pacífico Sur el 22 de mayo de 2003, aun manteniendo las cautelas necesarias con respecto a la libertad del trabajador de no sentirse coaccionado a pertenecer a organización alguna, o aun advirtiendo sobre “el peligro de que los sindicatos puedan ser también usados como fuerzas de control y de opresión”, reconoce que, “la manera de actuar de los sindicatos y las organizaciones laborales varía enormemente” y que “en muchos países, se han constituido en una parte natural del proceso negociador”.

Es más, se entiende que “la explotación y opresión de los trabajadores han sido factores decisivos que contribuyeron al desarrollo de los sindicatos en los siglos recientes”, y se valora “el positivo impacto que algunos sindicatos han tenido en crear y consolidar el sistema de asistencia social para los débiles y los pobres, «el extranjero, el huérfano y la viuda» (Deut. 24: 20) de las modernas sociedades del bienestar. Hoy muchas personas disfrutan de los beneficios aportados por el movimiento sindical aun cuando no hayan participado en el proceso”. Este último punto resulta especialmente interesante, pues induce a pensar que si los adventistas hubiéramos participado más en la defensa de los derechos de los trabajadores, desde nuestra convicción en el derecho supremo a la libertad y la dignidad humanas y partiendo de nuestros principios no violentos, habríamos podido aportar nuestro esfuerzo a algo que hoy reconocemos como positivo: el disfrute de un nivel de vida más digno por parte de algunos trabajadores. La declaración reconoce que “esta positiva influencia” de las organizaciones obreras “ha contribuido a una libertad mucho mayor para muchas personas”, por lo que “los miembros individuales tienen el derecho de escoger si desean unirse o no a un sindicato.”

Ese mismo año, el Concilio Anual de la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, celebrado el 14 de octubre de 2003 en Silver Spring (Maryland, EE.UU.), votó la declaración Pautas para las relaciones entre empleadores y empleados, en la que se lee:

Los consejos de Elena White sobre las relaciones empleador-empleado se arraigan en situaciones históricas de su tiempo y en una comprensión profética de las condiciones sociales y económicas en el futuro. Ella dio severas advertencias sobre las prácticas de los sindicatos de su tiempo. Se oponía radicalmente a las intromisiones en la conciencia de los individuos o a la interposición de obstáculos a la misión de la iglesia. Algunos señalarían que la situación es hoy notablemente diferente. En la medida en que las cosas son distintas, se necesita un cuidadoso discernimiento a la hora de identificar y aplicar los principios sobre los cuales se asientan sus consejos.”

A continuación se destacan algunos principios y valores, como que “el ambiente de trabajo no debe deshumanizar a las personas. Los empleados deberían tener acceso a procesos de consulta y discusión genuina sobre los asuntos que afectan a su trabajo y a la manera de conducirse del negocio o de la industria donde emplean sus talentos y habilidades (1 Rey. 12: 6,7; Mar. 10: 42-45; Fil. 2: 3-8)”. Igualmente, “los cristianos deben abstenerse del uso de la violencia, la coerción o cualquier otro método incompatible con los ideales cristianos como instrumentos para el logro de metas sociales o económicas. Tampoco deberían los cristianos prestar su apoyo a organizaciones o empleadores que recurran a dichas acciones (2 Cor. 6: 14-18; 10:3)”, y “los empleadores de la Iglesia Adventista del Séptimo Día deben apoyar y demostrar libertad de conciencia, así como salarios y condiciones de trabajo justas, igualdad de oportunidades, justicia e imparcialidad en todo (Luc. 10: 27)”.

También establece que “a fin de cumplir su misión divina, la Iglesia Cristiana del Séptimo Día se abstiene de alinearse con o apoyar a organizaciones políticas. Se insta a los miembros de iglesia a que preserven y protejan su propia libertad e independencia de alianzas que puedan comprometer los valores y el testimonio cristianos”, y recoge una cita de Ellen G. White (Testimonies, t. 7, pág. 84): «Hemos de usar ahora todas las capacidades que nos han sido confiadas en dar el último mensaje de advertencia al mundo. En este trabajo hemos de preservar nuestra individualidad. No hemos de unirnos con sociedades secretas ni con sindicatos. Hemos de permanecer libres en Dios, mirando constantemente a Cristo en busca de instrucción. Debemos hacer todos nuestros actos desde la comprensión de la importancia del trabajo que ha de ser llevado a cabo para Dios». Por supuesto, como se afirma en la misma declaración, White se refiere aquí a “los sindicatos de su tiempo”, que eran diferentes a los del nuestro en aspectos fundamentales.

De estos principios se desprende una reflexión: Obviamente, sería absurdo que la IASD, tanto hoy como hace ciento cincuenta años, se vinculara a un sindicato o un partido político. Pero eso no debería impedir que como iglesia se pronunciara sobre cuestiones sociopolíticas, especialmente las que afectan a la dignidad y los derechos fundamentales del ser humano (ya se hace oficialmente, de hecho; véase las listas de declaraciones oficiales y de pautas u orientaciones oficiales). La iglesia debe proclamar ante la sociedad el valor infinito de cada vida humana y la libertad e igualdad inalienables de todas las personas, sin miedo a ser asociada con colectivos sociales muy distintos a nuestra misión (incluso opuestos a ella) que enarbolen las mismas causas.

Hace dos mil años un “radical” escribió: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3: 28). Este ideal “en Cristo”, este principio básico para la iglesia, ha recorrido la historia de Occidente y ha sido adoptado como enseña, también en su dimensión laica, por los más variados movimientos a favor de los derechos humanos. ¿Abandonaremos los adventistas estos ideales porque otros colectivos los hayan adoptado? Aunque somos conscientes de que el mundo deriva hacia un cataclismo moral, político, económico y social, no por ello nos resignaremos a aceptar la injusticia, la opresión o la discriminación, sino todo lo contrario. Jamás trataremos de imponer, y menos por la fuerza, los principios bíblicos, pues la imposición es la negación del evangelio. Pero debemos aprovechar toda oportunidad de defender al débil, aun en contextos sociales en que esté “mal visto”.


Defensa de los desfavorecidos

La IASD reivindica el valor permanente de los principios revelados por Dios en el Antiguo Testamento. Considerando superado el marco teocrático en que se establecieron, creemos que los valores relacionados con la salud, la alimentación, el medio ambiente o el trabajo siguen siendo válidos. Por supuesto, han sido profundizados y ampliados por Jesús y los apóstoles, pero no abrogados. De ahí que el clamor por la justicia social y la defensa de los explotados que encontramos en los profetas del antiguo Israel siga siendo una exigencia ética de la iglesia actual. Debidamente contextualizadas, la iglesia debe proclamar las palabras del Señor: “Vosotros habéis devorado la viña, y el despojo del pobre está en vuestras casas” (Isaías 3: 14). “¡Ay de los que decretan leyes injustas, y escriben tiranía que ellos han prescrito, para apartar del juicio a los pobres, y para quitar el derecho a los afligidos de mi pueblo; para despojar a las viudas, y robar a los huérfanos!” (Isa 10: 1-2). “Vendieron por dinero al justo, y al pobre por un par de zapatos: […] codician aun el polvo de la tierra sobre la cabeza de los pobres, y tuercen el camino de los humildes” (Amós 2: 6-7).

El mensaje de Jesús está impregnado de la misma reivindicación del débil y de la consiguiente responsabilidad del rico (Lucas 6: 20, 24). Y la carta de Santiago presenta un panorama de lo más actual, con advertencias si cabe más contundentes que las de los profetas: “¡Vamos ahora!, los que decís: ‘Hoy y mañana iremos a tal ciudad, estaremos allá un año, negociaremos y ganaremos’, cuando no sabéis lo que será mañana. Pues ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece. En lugar de lo cual deberíais decir: ‘Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello’. Pero ahora os jactáis en vuestras soberbias. Toda jactancia semejante es mala” (Santiago 4:13-16).

Santiago no condena la realización de negocios, sino la actitud de soberbia con que se llevan a cabo, sin querer reconocer que toda bendición procede de Dios, y que sin esa perspectiva trascendente cualquier ganancia es pura vanidad. De ahí que a continuación advierta: “El que sabe hacer lo bueno y no lo hace, comete pecado” (v. 17). Y seguidamente detalla que lo bueno que han dejado de hacer es básicamente el tratamiento justo a los empleados, agravado por el contraste con su propio estilo de vida lleno de placeres: “¡Vamos ahora, ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán. Vuestras riquezas están podridas y vuestras ropas, comidas de polilla. Vuestro oro y plata están enmohecidos y su moho testificará contra vosotros y devorará del todo vuestros cuerpos como fuego. Habéis acumulado tesoros para los días finales. El jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros, clama, y los clamores de los que habían segado han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en deleites sobre la tierra y sido libertinos. Habéis engordado vuestros corazones como en día de matanza. Habéis condenado y dado muerte al justo, sin que él os haga resistencia” (5:1-6).

Este panorama socioeconómico de explotación, común a toda la historia de la humanidad, cobra un sentido especial en nuestros días, cuando la acumulación de capital por parte de unos pocos contrasta con la angustiosa miseria de la gran mayoría. El capitalismo actual, de mano de sus principales actores (las grandes compañías multinacionales y las mafias globales), se ha convertido en un sistema de saqueo y extorsión del hombre por el hombre: intermediarios que succionan el sudor de familias enteras que, tras duros meses de trabajo, sólo obtienen una miseria a cambio, pues los mercados internacionales sólo entienden de “competencia”; millones de niños esclavos, a veces apartados de sus familias, realizan duras tareas mineras e industriales por un salario miserable, o por ninguno; redes de tráfico de personas compran y venden mujeres, niñas y niños para que se abuse de ellos, engrosando las cuentas corrientes de respetables hombres de negocios; los derechos sociales y laborales son recortados drásticamente con excusa de la crisis económica global (en el contexto más amplio, y más angustioso, de restricción global de las libertades individuales y sociales)... El propio pasaje de Santiago considera este panorama de explotación como señal de la segunda venida de Cristo: «Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor […] Afirmad vuestros corazones, porque la venida del Señor se acerca. […] El Juez ya está delante de la puerta» (Santiago 5: 7-9).

Ahora bien, de ningún modo este panorama invita a la pasividad. Si algo caracteriza al cristianismo genuino es la búsqueda de la justicia. El propio Santiago ofrece una de las definiciones más prácticas y solidarias de nuestra fe: «La religión pura y sin mancha delante de Dios el Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones y guardarse sin mancha del mundo» (Santiago 1: 27), y anima en su carta a desarrollar una fe dinámica que se traduzca en obras (2: 14-26). Mientras esperamos el inminente regreso de Cristo, nuestra tarea es esforzarnos por llevar un estilo de vida acorde con nuestros ideales, y posicionarnos claramente contra la explotación del hombre por el hombre.

sábado, 17 de julio de 2010

Carta abierta a un dirigente adventista

Apelando a una mayor transparencia en el ministerio
Por Carlos Medley
(http://yoestoyalapuerta.blogspot.com/)


En diciembre de 2009 la Adventist Review publicaba el artículo Open Letter to an Adventist Leader de Carlos Medley, editor de esa publicación y de Adventist World. Ofrezco la traducción por considerar que sus reflexiones pueden aplicarse a la iglesia española, y porque plantea cuestiones fundamentales para nuestro funcionamiento institucional que, tristemente, no se caracteriza por la transparencia. Muchos consideran que pedir a los dirigentes que den explicaciones sobre sus decisiones supone una falta de confianza hacia ellos, cuando en realidad es al revés: cuanta mayor transparencia hay, más se fomenta la confianza y más fácilmente se neutraliza la suspicacia. Y además los dirigentes también deben mostrar confianza en el conjunto de los creyentes, y no sólo los miembros comunes hacia los líderes (léase Entre vosotros no será así).

La responsabilidad de promover la transparencia corresponde a todos: los miembros deben solicitar a los dirigentes explicaciones sobre su gestión; los dirigentes deben ver esta solicitud como el deseo de participar activamente en la iglesia, y no como una deslealtad (o “falta de fe”, como a veces se dice, cuando el único depositario de nuestra fe debe ser Dios, no los hombres, por muy dirigentes que sean). Y son precisamente ellos, que conocen el funcionamiento institucional, quienes deben poner entre sus objetivos explicar al conjunto de la iglesia las normas y reglamentos, promoviendo la participación de todos (léase
Política eclesiástica). Jonás Berea


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Querido pastor ____________:

A menudo examino webs adventistas en busca de nuevos asuntos relacionados con la iglesia. Hace unos meses, mientras navegaba en la web de su asociación, me fijé en el post de su blog fechado el 5 de marzo de 2009. En él usted se hacía las siguientes preguntas:

“¿Cuáles son tus expectativas sobre los dirigentes de la iglesia? ¿Qué idea tienes sobre los administradores adventistas? ¿Cómo pueden los dirigentes de la iglesia mostrar más autenticidad y tener una mejor relación con los miembros del cuerpo de Cristo? En una escala del 1 al 10, ¿cómo puntuarías, en cuanto a su interés apasionado por la gente, a los dirigentes de tu iglesia a los que conoces personalmente?

Mi primera reacción a sus preguntas fue de auténtica alegría. Estoy encantado con la transparencia que usted ha mostrado formulando esas preguntas en un foro público. A la vez que comparte sus preguntas con los adventistas de su zona, también pueden verlas personas de todo el mundo.

Creo que le honra tratar de saber cómo servir mejor a sus electores. Sus preguntas muestran una voluntad de ser responsable, no sólo ante autoridades superiores, sino también ante los miembros de base a los que sirve. Pocas veces veo que los dirigentes de la iglesia planteen esas preguntas en un foro abierto.

La responsabilidad es uno de los sellos distintivos de la integridad en el liderazgo. Fomenta la fiabilidad, la confianza y la empatía hacia el dirigente. También disipa los malentendidos.

A la vez que me alegro por sus preguntas, estoy preocupado porque –en el momento de escribir esta carta– nadie ha respondido a su post. Espero eso que no sea indicativo de las expectativas de sus electores. A fin de cuentas, las expectativas desempeñan un papel importante en la calidad del liderazgo recibido.

Como sus electores no han respondido a sus preguntas, voy a compartir algunos pensamientos con usted. Quiero ver más transparencia en cómo gestionamos los asuntos de Dios. Demasiado a menudo los miembros de la iglesia están privados del conocimiento de las claves sobre el progreso, los desafíos, o incluso la estructura de nuestras asociaciones, uniones de asociaciones y divisiones.

A través de Internet nuestros dirigentes podrían hacer que estuvieran disponibles estados de cuentas auditados, informes sobre bautismos y feligresía y planes estratégicos para los miembros. Creo que los miembros de la iglesia quieren saber cómo se están usando las ofrendas a fin de construir el reino de Dios.

Hace unos años un dirigente de la División Norteamericana compartió su informe en mi iglesia local. Nuestros miembros estaban maravillados con lo que vieron y oyeron. La información les ofreció una visión de las operaciones de la iglesia que nunca antes habían oído. Es cierto que algunas de estas informaciones se comparten con los delegados en las sesiones de nombramientos y en las reuniones de los consejos ejecutivos, pero los miembros que se sientan en los bancos se enteran de muy poco o de nada. Presentar tal información recordará a nuestros miembros que su iglesia se extiende más allá de la congregación local.

La transparencia también debería manifestarse en nuestro proceso de gobierno. Por ejemplo, las iglesias normalmente eligen uno o más delegados para las sesiones de elección de las conferencias. Entre estos delegados se selecciona una comisión de nombramientos. Una vez que los delegados son elegidos, ¿por qué no se publican sus nombres y los de los miembros dicha comisión en la página web de la conferencia, o en un boletín de la unión? Esto ofrecería a los miembros la oportunidad de compartir ideas y preocupaciones y de participar más en el proceso.

A menudo se presentan los asuntos principales a los consejos ejecutivos, como ocurre con los planes para nuevas edificaciones, o incluso la decisión de cerrar una escuela o de reducir personal. En la medida en que sea posible, esta información debería estar inmediatamente disponible por adelantado para los miembros a través de Internet o en un boletín de la conferencia. Esto también permite que los miembros estén informados. Y esta información fomenta la confianza y la lealtad.

Aunque hay otros medios de fomentar la transparencia, debo terminar mi carta ya. Gracias por plantear estos temas. Son cuestiones que todo dirigente debería preguntarse.
Carlos Medley