sábado, 10 de octubre de 2009

Otra Iglesia es posible

Por M. F. S. Bravo (http://yoestoyalapuerta.blogspot.com/)

«¡Ay de los pastores de Israel, que se apacientan a sí mismos! ¿No apacientan los pastores a los rebaños? Coméis la grosura, y os vestís de la lana; la engordada degolláis, mas no apacentáis a las ovejas. No fortalecisteis las débiles, ni curasteis la enferma; no vendasteis la perniquebrada, no volvisteis al redil la descarriada, ni buscasteis la perdida, sino que os habéis enseñoreado de ella con dureza y con violencia. Y andan errantes por falta de pastor, y son presa de todas las fieras del campo, y se han dispersado» (Ezequiel 34: 2-5).

Habría que aprender a distinguir entre lo que es y lo que debe ser un ministro del evangelio según Dios y lo que suele ser en realidad en algunos casos, cuando los hombres lo ejercen según sus propias sabidurías humanas o, en el peor de los casos, sus íntimos intereses personales.

Hay abuso cuando un líder usa su posición para controlar o dominar a otra persona; esto incluye el avasallamiento de los sentimientos y las opiniones del otro, sin considerar lo que pasará con su bienestar personal, emociones o crecimiento espiritual. En este caso, la autoridad es usada para pasar por encima, para destruir y debilitar.

No es abuso cuando un dirigente (como cualquier otro hermano) confronta a alguien por algún pecado (malas obras o malos testimonios que deben ser corregidos) y el objetivo es salvar y restaurar, no avergonzar o desacreditar, como vemos en tantos casos...

Fijémonos en lo que dice Jeremías (6: 13-14): «Porque desde el más chico de ellos hasta el más grande, cada uno sigue la avaricia; y desde el profeta hasta el sacerdote, todos son engañadores. Y curan la herida de mi pueblo con liviandad, diciendo: paz, paz; y no hay paz.»

¡Qué triste! Los dirigentes religiosos están tan ensimismados que no tienen tiempo ni fuerzas para atender las necesidades reales de la gente, el pueblo de Dios. Jesús nos dice: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar» (Mateo 11: 28).

Si las relaciones espirituales que tenemos en el nombre de Jesús no nos dan descanso sino que nos cansan más a medida que pasa el tiempo, entonces no están representando verdaderamente el propósito de Jesús, que vino a levantar la carga de los hombros de la gente cansada.

Desgraciadamente no existe la comunidad ni la iglesia perfecta, en la que la gente nunca es herida. Pero la diferencia entre un sistema de abuso y uno que no lo es reside en que, si bien puede haber en ambos conductas que hieran, en el primero no se permite hablar de esas heridas, de esos abusos y malos tratos. De ahí que la herida no sane una vez que se produce, que no haya restauración, y que la víctima sea llevada a sentirse culpable por cuestionar o señalar el problema. También sobre esto, Jesús tuvo algo –y bastante fuerte– que decir: «¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos?» (Mateo 12: 34). «¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno?» (Mateo 23: 33).

La Biblia describe con frecuencia la iglesia en términos de una familia. Somos hijos de Dios, parte de la familia de Dios y hermanos unos de otros.

En una familia sana, los padres ayudan, apoyan y capacitan a los hijos. Utilizan su posición de autoridad para preparar a sus hijos para la vida; sirviéndoles, animándoles, y dándoles las experiencias, mensajes y relaciones que necesitan. Pero en muchas ocasiones nos encontramos que la familia de la iglesia no se preocupa por sus miembros, por lo que sienten, lo que desean o necesitan.

En una iglesia sana, Dios es la fuente de aceptación, amor y valor. El pastor, los líderes y maestros están para ayudar a los miembros y capacitarlos. Su tarea es preparar a los miembros para el ministerio; sirviéndoles, edificándoles y dándoles las experiencias, mensajes y relaciones que necesitan. Pero lamentablemente vivimos últimamente situaciones donde no importa lo que la gente piensa, siente o desea. En estos casos en que los miembros están para acatar (voluntariamente o no) los deseos de los líderes, cuando alguien utiliza su posición de poder o autoridad para forzar a otros al sometimiento, manipulándolos y avergonzándolos, esto causa un daño espiritual y emocional grave, y se producen heridas irreparables en muchos casos. El lugar que debería ofrecer la mayor seguridad, ¡nuestro refugio!, en realidad está ofreciendo la mayor inseguridad, y ésta es una situación bien triste.

Cuando un dirigente se despreocupa de su rebaño y sólo mira su propio interés, las ovejas que están a su cargo se desorientan (pues aquél solo cuida de ellas por interés en el salario, mirando la posición de influencia que esto les procura, etc.). En lugar de aumentar su rebaño, es como si el pastor prefiriese disminuirlo para trabajar menos, para preocuparse menos, para no ejercer su vocación como les corresponde. Ese rebaño necesita otro pastor, un pastor genuinamente consagrado, auténtico, que tenga la oportunidad de ejercer bien su misión.

Los guías olvidan a veces que este asunto es entre el dueño de las ovejas y sus pastores, y que se les pedirán cuentas de cómo han cuidado y guiado al rebaño.

Con frecuencia nos encontramos que la institución, en nombre del evangelio (del que se siente guardiana), se predica a sí misma o se erige en un poder controlador. Posiblemente lo hace de buena fe y con objetivos honrados y respetables, pero se atribuye funciones que sólo pertenecen a Dios.

La reflexión se impone cuando examinamos la forma de hacer y de trabajar del propio Jesús. Hay unos caminos que nos llevan a la renovación y nos acercan a su espíritu, y otros que no. Es importante estudiar el evangelio, no para encontrar formas externas o doctrinales que excluyan y estigmaticen a los que no piensan como nosotros, sino para llenarnos del espíritu de amor y generosidad que movió a Jesús, en el cual todos se sentían acogidos.

Sí, es posible otra iglesia en la que no nos movamos por el interés personal, por las ansias de ser grandes, influyentes y poderosos, sino por un espíritu de humildad que nos lleve a acercarnos los unos a los otros, para compartir la riqueza del amor de Dios.

Sí, es posible otra iglesia que sea un instrumento de servicio y no de abuso.

domingo, 4 de octubre de 2009

La autoridad

Por Jonás Berea (jonasberea@gmail.com)
http://yoestoyalapuerta.blogspot.com/


El ensayista español José Antonio Marina escribía el 1 de octubre pasado en El Mundo un artículo con el mismo título que su último libro: "La recuperación de la autoridad". A raíz de ciertos sucesos recientes en el ámbito educativo, así como de diversas declaraciones de políticos sobre la necesidad de dotar de autoridad a los profesores, Marina, con su habitual precisión y buen juicio, ofrece algunas reflexiones sobre el concepto de autoridad, que luego aplica al ámbito educativo, pero que fácilmente pueden servir para otros contextos organizativos, como puede ser el de nuestra iglesia. Selecciono unos pasajes, destaco algunas palabras e invito a leer este texto pensando en la administración y el funcionamiento institucional y en el ejercicio del liderazgo en nuestra iglesia. De especial importancia es esta reflexión para cualquiera que ostente un cargo dirigente en la iglesia.

Como cristianos, debemos considerar también la dimensión espiritual del fenómeno (por ejemplo, sabemos que Dios puede suplir algunas carencias en el mérito propio –al que el autor hace referencia– de algunos dirigentes). Pero ello no resta valor al análisis de Marina; en todo caso, la misión sagrada de la iglesia exige un escrúpulo aún mayor en el nivel ético que se debe esperar en quienes sirven a la comunidad.

Escribe Marina:

«El concepto de autoridad apareció en Roma como opuesto al de poder. El poder es un hecho real. Una voluntad se impone a otra por el ejercicio de la fuerza. En cambio, la autoridad está unida a la legitimidad, dignidad, calidad, excelencia de una institución o de una persona. El poder no tiene por qué contar con el súbdito. Le coacciona, sin más, y el miedo es el sentimiento adecuado a esta relación. En cambio, la autoridad tiene que despertar respeto, y esto implica una aceptación, una evaluación del mérito, una capacidad de admirar, en quien reconoce la autoridad. Una muchedumbre encanallada sería incapaz de respetar nada. Es desde el respeto desde donde se debe definir la autoridad, que no es otra cosa que la cualidad capaz de fundarlo. El respeto a la autoridad instaura una relación fundada en la excelencia de los dos miembros que la componen: quien ejerce la autoridad y quien la acepta como tal.

»Éste es el sentido que aún conserva la palabra en expresiones como “es una autoridad en medicina”. Y es el que se ha perdido, por ejemplo, cuando se dice que un policía es representante de la autoridad. Esto sólo ocurre cuando el poder es legítimo y digno, porque en una tiranía la policía es sólo un representante del poder, de la fuerza. Ocurre lo mismo con la autoridad del Estado. Sólo la tiene cuando es legítimo y justo; de lo contrario es un mero mecanismo de poder. No lo olvidemos: el concepto de autoridad nos introduce en un régimen de legitimidad, calidad, excelencia, dignidad. Por eso tenía razón Hannah Arendt al decir que si desaparecía, se hundían los fundamentos del mundo. Al menos, del mundo democrático, que es al que ella se refería.

»La autoridad es, ante todo, una cualidad de las personas, basada en el mérito propio. A ella se refería el emperador Augusto en una frase famosa: “Pude hacer esas cosas porque, aunque tenía el mismo poder que mis iguales, tenía más autoridad”. Sin embargo, por extensión, se aplica a las instituciones especialmente importantes por su función social: el Estado, el sistema judicial, la escuela, la familia. En este caso, la autoridad no es el ejercicio del poder, sino el respeto suscitado por la dignidad de la función. Y esa dignidad obra de dos maneras diferentes. En primer lugar, confiere autoridad a quienes forman parte de esa institución, para que puedan realizar sus tareas. Por ello, todos los jueces, padres o profesores merecen respeto “institucional”. Pero, a su vez, esa dignidad conferida por el puesto, les obliga a merecerla y a obrar en consecuencia. Forma parte de su obligación profesional, podríamos decir.

»Como se ve, el modelo conceptual de la autoridad nos integra a todos en un modelo de la excelencia y el mérito. Por eso todas las sociedades torpemente igualitarias acaban rechazando la autoridad en este sentido, porque les cuesta aceptar las diferentes jerarquías de comportamientos y consideran que respetar a alguien es una humillación antidemocrática. Se instala así una democracia vulgar, basada en el poder, en vez de una democracia noble, basada en la calidad y el respeto (…).

»La recuperación de la autoridad no quiere decir sin más recuperación del orden y la disciplina, sino instauración de la excelencia democrática. La democracia no es un modo de vida permisivo, sino exigente, que, sin embargo, aumenta la libertad y las posibilidades vitales de todos los ciudadanos. A cambio nos pide un respeto activo, creador y valiente por todo lo valioso. La autoridad aparece así como el resplandor de lo excelente, que se impone por su presencia. Tal vez a esta relación se refería Goethe cuando nos recomendaba “desacostumbrarnos de lo mediocre y, en lo bueno, noble y bello, vivir resueltamente”.»

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Entre vosotros no será así



Según Pablo, “la iglesia de Dios vivo” es “columna y fundamento de la verdad” (1 Timoteo 3: 15). En una famosa cita, Elena G. de White afirma que la iglesia “es el único objeto de esta tierra al cual Cristo conceda su consideración suprema” (Joyas de los Testimonios, t. 2, p. 356). Precisamente por la naturaleza santa del cuerpo de Cristo, cuando uno observa la forma en que funcionan algunos asuntos en la iglesia y ciertas concepciones sobre la organización de la misma, se hace más necesario buscar la orientación del Señor en su Palabra, tratando de promover, empezando por uno mismo, algunos cambios de mentalidad.


La confianza

Las relaciones humanas están basadas en la confianza. El bebé que nace no sabe nada, no entiende nada; simplemente confía en que su madre la cuidará y lo alimentará. Si ese bebé es desatendido y maltratado, le quedarán secuelas para siempre; cuando crezca, muy probablemente será alguien desconfiado e inseguro.

Mientras uno conduce, podría pensar en que de repente uno o más conductores pueden dejar de respetar las normas y empezar a conducir como les apetezca, saltándose de carril o frenando en seco en medio de una carretera. Ocasionalmente algún conductor se comporta de ese modo, pero si pensáramos que esa conducta es la habitual, no saldríamos a la carretera. Confiamos en que la inmensa mayoría, o quizá todos los conductores, van a conducir correctamente.

Las personas establecemos vínculos estables porque confiamos unas en otras: nos casamos, hacemos negocios, formamos equipos deportivos… El bebé cree que recibirá cuidados; yo estoy seguro de que los demás conducirán correctamente; tengo fe en mi amigo a quien le cuento un secreto; confío fe en la persona con la que me caso y comparto mi vida. La sociedad en su conjunto no podría subsistir si los hombres no depositáramos confianza unos en otros.

Por tanto es natural, incluso necesario, que tanto en aspectos cotidianos como en cuestiones más trascendentes depositemos la confianza en otras personas. También hay ocasiones en que son los otros los que nos piden que confiemos en ellos. Los representantes políticos, por ejemplo, lanzan este mensaje: “Confiad en mí, creed en mí, cumpliré lo que he prometido”. Nunca he oído a un político decir: “No confiéis en mí; fiscalizadme, vigiladme permanentemente”. Pero deberían decirlo. De hecho, los sistemas democráticos están basados en la premisa de que no debemos fiarnos los unos de los otros; al menos, no debemos fiarnos ilimitadamente. Aunque por supuesto siempre debe haber un grado de confianza en otros, pues no todos podemos hacer todo, y desde el momento en que unos toman decisiones sobre ciertos temas, el resto les confiamos esa responsabilidad.


Clericalismo

En el llamado Antiguo Régimen, el sistema sociopolítico anterior a las revoluciones liberales, se consideraba que los dirigentes políticos y religiosos (reyes, señores feudales, obispos, papas…) habían sido puestos por Dios, y por tanto todos debían someterse a sus decisiones. No debían rendir cuentas más que a Dios.

En la Edad Media se forjó la teoría de los tres órdenes, según la cual la sociedad estaba y debía estar dividida en clérigos, nobles y siervos. Cada uno de ellos desempeña una función (orar, luchar y proveer de sustento, respectivamente), y si todos se ajustan a la que les corresponde, hay paz; si no, hay caos. Los dos primeros eran además privilegiados, bien por su origen familiar, bien por su vocación religiosa, y como tales estaban exentos de algunas obligaciones (como pagar impuestos) y contaban con leyes y tribunales especiales para juzgarlos (siempre más favorables a ellos, por supuesto).

El resultado de esta concepción era una sociedad jerárquica de menores de edad incapaces de participar en la toma de decisiones.

Los poderosos justificaban su posición privilegiada e infalible en la Biblia: así como Dios había puesto dirigentes sobre su pueblo, ahora también los pone, y el pueblo ha de limitarse a obedecerles. Transponían así la teocracia del antiguo Israel a los tiempos modernos. Pero olvidaban que en la teocracia bíblica Dios intervenía directamente, designando sus representantes, apartándolos cuando él lo decidía, orientándolos y censurándolos mediante profetas…

A veces entre nosotros circulan ideas parecidas a las que estoy exponiendo. Olvidando que no vivimos en una teocracia, hay quienes creen que nuestra iglesia debería funcionar como si Moisés, David o Natán estuvieran entre nosotros. Y penetran en nuestro medio algunas ideas propias del catolicismo medieval, como el hecho de que las actuaciones de los dirigentes sean incuestionable por estar puestos por Dios. Cuando alguien señala que un dirigente ha incurrido en una inmoralidad o un abuso de poder, es frecuente que se apele al caso de David, cuando no quiso levantar su mano contra Saúl por ser el ungido de Dios (ver
1 Samuel 24: 6).

Este paralelismo es de lo más peligroso, por varias razones: 1) David se negaba a herir físicamente a Saúl; pero señalar hoy el pecado de un dirigente no es pretender matarlo, sino desear primero su propio bien y también el de la iglesia. 2) Gobernantes como Saúl habían sido elegidos directamente por Dios, sin que en el momento de ser designados cupiera margen de error por la intervención humana. Cuando hoy elegimos en la iglesia nos ponemos en manos de Dios, pero somos conscientes de que sin la dirección explícita y sobrenatural de Dios podemos equivocarnos. 3) La unción que hacía Dios en el Antiguo Testamento (a sacerdotes y a reyes) implicaba una elección normalmente vitalicia, orientada a dar estabilidad al gobierno, en un contexto de anarquía o de luchas por el poder. Si la elección que hacemos nosotros hoy fuera equiparable a las designaciones divinas del Antiguo Testamento, también elegiríamos cargos para siempre. Pero como no contamos con intervenciones directas de Dios (es decir, como no estamos bajo una teocracia), limitamos el tiempo y el alcance del desempeño de los cargos.

El regreso a la Biblia de la Reforma protestante trajo un replanteamiento del clericalismo. Martín Lutero expuso el sacerdocio universal de los creyentes, y por tanto la igualdad espiritual y eclesiástica de todos los bautizados; estas ideas igualitarias tuvieron su influjo en la sociedad; decía Lutero:



Las obras, aunque sagradas y costosas, de los sacerdotes y de los religiosos, a los ojos de Dios valen lo mismo que las tareas que un campesino hace en el campo o una mujer en su casa. (La cautividad babilónica de la iglesia, Barcelona: Orbis, 1985, p. 72)


En alguna ocasión se ha descrito nuestra iglesia también como una organización dividida en tres grupos de personas: los administradores (que ocuparían la cúpula que decide), los pastores (que toman decisiones en la iglesia local) y los laicos (que participan en los proyectos liderados por los otros dos grupos). Este planteamiento recuerda bastante a la teoría medieval de los tres órdenes. No hay que profundizar mucho para comprender que no tiene ninguna base bíblica.

Algunos argumentan: en la iglesia primitiva también había apóstoles que dirigían la iglesia. Hoy hay iglesias que se dicen cristianas que, tanto si se hacen llamar “apostólicas” como si no, también defienden la idea de que están dirigidas por figuras equivalentes a los apóstoles. Pero nuestra iglesia, según los principios protestantes, considera que el fundamento apostólico fue establecido por Jesús en el siglo I y que no hay posteriormente una sucesión apostólica concretada en personas. El fundamento apostólico es la obra de los apóstoles, y ese fundamento está vivo en la única guía infalible que la iglesia tiene hoy: los escritos apostólicos contenidos en la Biblia. Ésos son los únicos apóstoles entre nosotros. A ellos obedecemos y seguimos, por la designación directa de que Cristo les ha dotado. Ninguna persona puede erigirse en apóstol entre nosotros.

El autoritarismo es una tentación de toda organización humana; si esta organización es religiosa (incluso si es instituida por Dios, como es la iglesia), esta tentación (que acecha a todas las iglesias) reviste la forma de clericalismo. Es éste un terrible mal en la iglesia, raíz de múltiples desastres. Incluso en la iglesia primitiva, en la de los apóstoles establecidos por Dios, los creyentes participaban en la toma de decisiones, como vemos en
Hechos 15: 22.


Servicio

El Nuevo Testamento ofrece indicaciones sobre cómo debe y cómo no debe funcionar la iglesia. Algunas de ellas están establecidas por el propio Jesús, como el procedimiento de disciplina de Mateo 18: 15-18. Según éste, cuando alguien peca, su hermano en primera instancia, dos testigos después y finalmente la iglesia en su conjunto, deben aplicar la disciplina. Por supuesto, Jesús no establece aquí categorías ni jerarquías; no excluye de este proceso a hermanos que ocupen determinados cargos. Siguiendo la terminología romanista, no establece un “derecho canónico” especial para el “clero”.

¿Por qué? Muy sencillo: porque según Jesús, lo que nosotros llamamos “dirigente”, es un siervo:



Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. Pero entre vosotros no será así, sino que quiera hacerse grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro siervo. (Mateo 20: 25-27 [BJ/RV 95])


Cuando alguien se convierte en dirigente, en seguida lo visualizamos como si estuviera “arriba”, en un rango jerárquico. Pero según Jesús, es al revés: el dirigente está a los pies de los hermanos, sirviendo. Él mismo, que tenía toda la autoridad, actuó muchas veces así.




En el ámbito secular es natural que cuando alguien accede a un cargo de gran responsabilidad se rodee su imagen del halo del poder. Parecería que estar en presencia de un dirigente político de alto rango transmitiría a los presentes un beneficio especial, una “gracia”. La devoción por el cargo puede llegar a convertirse en culto a la persona. “Pero entre vosotros no será así”, dice Jesús.

Elena G. de White, conociendo la naturaleza humana, insiste mucho en el rechazo del autoritarismo:



La iglesia está edificada sobre Cristo como su fundamento; ha de obedecer a Cristo como su cabeza. No debe depender del hombre, ni ser regida por el hombre. Muchos sostienen que una posición de confianza en la iglesia les da autoridad para dictar lo que otros hombres deben creer y hacer. Dios no sanciona esta pretensión. El Salvador declara: “Todos vosotros sois hermanos”. […] “Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo” (El Deseado de todas las gentes, pp. 382, 383, negritas añadidas).


Cita aquí Jeremías 17: 5, un texto que debería estar grabado en letras de oro, pues la tendencia de las organizaciones humanas es precisamente a depositar la confianza en los hombres.

Aunque la confianza es fundamental para la propia subsistencia de la sociedad humana, hay dirigentes a los que se les llena la boca diciendo: “Confía en mí”, cuando en realidad nuestra propia iglesia no está organizada en función de la confianza, sino de la desconfianza o, quizá mejor, de la confianza limitada; muy limitada. Al institucionalizar estos límites a la confianza, garantizamos un funcionamiento más limpio y eficaz. Cuando cada año el tesorero de la Unión Adventista o un colaborador suyo revisa la labor realizada por el tesorero de una iglesia local, éste podría alegar: “¿Es que no confían en mí, como para que tengan que revisar todo lo que hago?”. Pero ningún tesorero honesto lo haría, pues si tiene la conciencia de haber actuado limpiamente, sólo desea que esa labor hecha con buena intención sea verificada. Quien no actúa con malicia, no tiene miedo a que revisen, incluso hagan pública, su labor, sus palabras, sus actos. No pide confianza para actuar en secreto: pide transparencia y se somete a ella con tranquilidad.

Dice Elena de White en Testimonios para los Ministros:



Si un hombre confía en sus propias facultades y trata de ejercer dominio sobre sus hermanos, sintiendo que está investido de autoridad para hacer de su voluntad el poder dominante, la mejor conducta y la única es cambiarlo, para que no se haga un gran daño, y pierda su propia alma, y ponga en peligro el alma de otros. (Testimonios para los Ministros, p. 362)

Los que no han tenido el hábito de escudriñar la Biblia por sí mismos, o pesar la evidencia, tienen confianza en los hombres dirigentes, y aceptan las decisiones que ellos hacen; y así muchos rechazan los mismos mensajes que Dios envía a su pueblo, si estos hermanos dirigentes no los aceptan. (pp. 106-107)


A veces parecería que la confianza sólo tiene una dirección: “de abajo arriba”, de los “laicos de a pie” a los “dirigentes”. El que está abajo debe confiar y rendir cuentas ante los dirigentes; pero éstos no deben rendir cuentas a nadie. Incluso se han dado casos en que piden confianza ilimitada.

Pero el sistema que tenemos establecido no da confianza ilimitada a nadie; a mayor responsabilidad, más riesgo de errar, y por tanto mayor control ha de haber. Son principios de origen bíblico que están presentes en la teoría política democrática, y que nuestra iglesia sabiamente ha adoptado. De ahí que cuando se pone a alguien en una responsabilidad (como siervo, no lo olvidemos), lo hacemos por un tiempo limitado. Podemos decir que ha sido elegido por Dios, pues confiamos en que Dios actúa en la iglesia. Pero al cabo de un periodo deberá cesar, o ser reelegido si la iglesia lo considera oportuno.

También se limita la capacidad de actuación de los siervos mediante un sistema de toma de decisiones colectivo, para evitar lo que Elena de White caracterizó como “poder monárquico”:



Dios no ha puesto en nuestras filas ningún poder monárquico para controlar esta o aquella rama de la obra. (Discurso de apertura de Elena de White dado el 2 de abril de 1901, en la sesión del Congreso de la Asociación General, en Battle Creek).


Para que ese sistema colegiado funcione, todos los componentes del mismo han de poder participar en condiciones iguales.

La confianza no se pide; la confianza se obtiene mediante prácticas limpias, abiertas, transparentes. Si se actúa en secreto, aun con la buena intención de que no se conozca esto o aquello que podría causar escándalo, sólo se está fomentando un sistema corrupto donde unos pocos dirigen todo; aun cuando ese secretismo tuviera las mejores intenciones, es un procedimiento anticristiano abocado al fracaso moral. Porque las maniobras secretas, o la transgresión oculta de la ley de Dios (si se diera), quiebra la confianza de quienes lo conocen. Y tarde o temprano todo se acaba conociendo, aunque sólo sea por unos pocos.

“Maldito el varón que confía en el hombre”, nos recuerda el eco milenario de Jeremías.


Participando

En estos últimos tiempos la desconfianza en el hombre es más necesaria que nunca (Jeremías 17: 5); pero ha de ser compensada por una confianza plena en Dios (v. 7). Porque si los hombres nos fallan, Dios nunca fallará. Jesús predice traiciones entre los propios familiares, entre los seres más cercanos. Por supuesto, no apelo a que miremos con ojos suspicaces a nuestra esposa, al hermano, al pastor… Pero jamás consideremos a nadie el fundamento de nuestra fe, sino a Cristo. Jamás sigamos fielmente a nadie, más que a Cristo. Consideremos que, si nosotros somos falibles, cualquier mortal, por muy “encumbrado” que lo veamos, lo es también. Y cuando hablamos de aspectos institucionales, mayores han de ser las cautelas.

En última instancia, el creyente está solo ante Dios. Somos seguidores de Cristo, no de tal hombre o mujer. Sabemos que siempre ha habido terribles crisis en la iglesia, y que seguramente nos espera la peor. Ante ella, debemos tener claro en quién confiamos. A veces hay miedo de que se conozcan actuaciones incorrectas de ciertos responsables, por temor de que flaquee la fe de los “sencillos”. Y con esa excusa, se permite que el mal, quedando oculto, se perpetúe, o se olvide, como si no hubiera pasado nada.

Pero los “sencillos” hemos de saber que nuestra fe no está basada en lo que haga este hermano o aquel. Nuestra fe no es la fe en una estructura organizativa, ni siquiera en una iglesia, sino en una Persona: nuestro Salvador Jesús. Por eso nadie debería tener miedo a conocer cosas, o a que se conozcan. Porque sabemos que Cristo no oculta nada sucio; no nos defraudará. En cambio cada uno de nosotros tenemos la tendencia a ocultar nuestras inmundicias, a no barrer nuestra casa (ver
Mateo 12: 43-45). Y sabemos que cualquier hermano puede hacerlo también. ¿Se tambaleará nuestra fe por ello? No debería.

Si llegan a nuestros oídos o a nuestros ojos informes escandalosos, nuestro deber no es “matar al mensajero”, sino conocer. Lo mismo que no podemos dar por válido cualquier chisme sin fundamento que circule ahí (ver
1 Timoteo 5: 19), no podemos tampoco cerrar los ojos ante realidades que pudieran dañar a la iglesia. Sólo ejerciendo nuestra responsabilidad como miembros del cuerpo de Cristo, como sacerdotes del Dios Altísimo que somos (1 Pedro 2: 5), podremos contribuir a que juntos, como una novia, estemos esperando la llega del Esposo.

Por supuesto, hay quienes, desviándose de la sana doctrina, recurren a una estrategia de acoso y derribo, a la crítica sistemática, a la sospecha permanente, al ataque despiadado a cualquiera que tenga responsabilidad. Estos movimientos son bastante fáciles de detectar, pues tratan de imponer ciertas posiciones personales, normalmente equivocadas o desequilibradas, al conjunto de la iglesia. Son los que se suele llamar “disidentes”.

Pero esta etiqueta también puede ser utilizada injustamente para estigmatizar a aquel que simplemente hace una crítica constructiva y lucha por una iglesia más transparente y justa. A esa labor estamos llamados todos. Tomemos nota de esta apelación tan animadora:



Él, es decir Jesús, prepara hombres para los tiempos. Serán hombres humildes, hombres temerosos de Dios, no conservadores ni hombres de reglamentos, sino hombres que tengan independencia moral y avancen en el temor del Señor. Ellos serán bondadosos, nobles, corteses, sin embargo no serán apartados de la senda recta, sino que proclamarán la verdad en justicia ya sea que los hombres atiendan o desatiendan. (E. G. White, Testimonies, V, p. 263)


Los hombres buscan (buscamos) poder. Pero entre nosotros no ha de ser así. Los seguidores de Jesús hemos de vivir y promover una actitud de servicio humilde a los demás, para bien de la iglesia y para gloria de Dios.

domingo, 10 de mayo de 2009

¿Aumento o crecimiento?



La agencia Adventist News Network (ANN) ofrece la noticia titulada El bautismo no es el fin del camino, afirma líder adventista. Informa de las declaraciones y actuaciones de G. T. Ng, uno de los secretarios asociados de la Iglesia Adventista. Según él, “antes del bautismo, llenamos a los candidatos de cariños y atenciones. Después del bautismo, la mayoría de los nuevos bebés en Cristo son dejados para que naden o se hundan”.

El hermano Ng colabora con las auditorías de los registros de miembros de los diferentes campos de la obra adventista, esforzándose por que reflejen números reales. Forma a los líderes locales respecto de la importancia de revisar los registros de miembros, además de enseñarles los mejores métodos para hacerlo.


Según Ng, “muchos sienten muy profundamente la pérdida de miembros”, pero es más importante enfrentar la realidad. Ya sea por apatía o descuido deliberado, los miembros de iglesia han contribuido con la muerte de muchos nuevos creyentes, y la auditoría de miembros muestra con claridad cuántos miembros han dejado la iglesia.

La noticia resume unas interesantes declaraciones de Larry Evans, subsecretario de la iglesia mundial: “El enfoque exagerado en un solo aspecto del crecimiento, a saber, en el aumento de la feligresía, ha jugado una parte importante en la pérdida de los miembros nuevos. En el actual modelo administrativo, los pastores y administradores solo reciben crédito por los nuevos miembros”. Dice Evans: “Creo que necesitamos preguntarnos no sólo cuántos estamos bautizando, sino cuántos estamos recuperando”.

Al final de sus presentaciones, Ng concluye con este pensamiento: No fue el propósito de Jesús que el bautismo fuera el fin de los esfuerzos misioneros.

Muchos feligreses confunden la adición de nuevos miembros con el hacer discípulos, que es el proceso de alimentar y contribuir con el desarrollo que debería continuar después de que una persona se una a la iglesia, dice Ng, quien añade: “Ir, bautizar y enseñar contribuyen con el cumplimiento de la misión, pero no son fines en sí mismos”.


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Celebro que haya dirigentes que no sólo detecten los problemas de enfoque en asuntos tan importantes como éste, sino que además se esfuercen por modificar los esquemas mentales que subyacen a ellos, particularmente el de una visión cuantitativa y “empresarial” de la iglesia, centrada en el aumento estadístico de los miembros.

Esta mentalidad afecta, como bien señalan Ng y Evans, al modelo de evaluación de la acción pastoral, en el que prima la “rentabilidad” (contabilizada en bautismos). También está presente en los feligreses, que tienden a reducir el concepto de evangelismo a la adición de nuevos miembros, desviando a veces la atención del concepto bíblico de crecimiento (Lucas 2: 40; 1 Corintios 3: 6-7; Efesios 4: 15, 16; Colosenses 2: 19) y centrándose en el de aumento (que, atención, también tiene su importancia en la iglesia: Hechos 2: 41; etc.).

No deberíamos olvidar que el objeto fundamental de nuestra predicación no es una iglesia, sino una Persona: Jesucristo.

Los apestados


Visitando una librería de saldo hace unas semanas, llamó mi atención un librito titulado Vivencias de un buscador, de Juan Berniz. Había varios ejemplares en la estantería, todos ellos nuevos, pobremente editados por el mismo autor. Sin ISBN ni fecha de edición, supuse que se trata de uno de esos libros que alguien publica para difundir entre sus contactos cercanos, y que finalmente acaban dormitando en el estante de una tienda como aquella. Tras ojear sus páginas, decidí comprarlo (el precio era mínimo, como suele ser común en estos casos).

Por lo que cuenta en su libro, uno puede hacerse a la idea de que Juan Berniz es (o fue, pues ignoro si vive todavía), un auténtico buscador: buscó trabajo, y lo encontró, pero no duró más de cinco o seis meses en un empleo, pese a lo cual parece ser que nunca estuvo en la indigencia, y que incluso llegó a disfrutar de periodos de cierta prosperidad. Buscó un lugar donde vivir, y tuvo muchos: desde su ciudad natal (que, si no me equivoco, fue Albacete), hasta Barcelona, la última de la que da cuenta en su relato, pasando por muchas otras, incluida una breve estancia en Portugal y otra en Italia (aunque como su libro no sigue un orden cronológico, es difícil saber dónde estuvo antes y dónde después). Buscó pareja, y la encontró; mejor dicho, las encontró, pero por lo visto las fue perdiendo a un ritmo similar al de los empleos.

También buscó al prójimo y a Dios, y yo creo que los encontró. En su búsqueda frecuentó diversas organizaciones solidarias, además de algunos grupos religiosos. En su un tanto anárquico relato (son 87 páginas seguidas, sin división en capítulos ni en epígrafes), Berniz apenas da nombres o datos sobre estos colectivos; sólo vagas alusiones que permiten situarnos en un contexto determinado. Cuenta sus vivencias en un estilo sencillo y directo, y entre episodio y episodio va intercalando reflexiones de lo más variado, algunas de ellas muy breves, a modo de aforismos, otras más extensas, como ésta que he transcrito íntegra, pues la considero de gran interés. Creo que Berniz no se considera a sí mismo apestado, sino que ha tenido ocasión de conocer a unas cuantas personas que se podrían agrupar en tal categoría, y a partir de esas vivencias expone algunas generalizaciones que pueden servir para reflexionar.



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Existe en los colectivos cerrados una categoría de personas muy singular: son los apestados.

Hay apestados que adquieren esa condición por haber defendido la verdad. Otros lo son por haber defendido el error. Otros por no haber reconocido un pecado, o simplemente no haberlo reconocido a tiempo (para cuando quieren enmendarlo, ya es demasiado tarde: se han ganado el estigma, que es muy difícil de borrar). La clave es que su acción sea percibida por muchos como algo que ellos no habrían hecho. La gravedad, por tanto, no está necesariamente en los hechos, sino en cómo muchas personas, o sólo algunas pero importantes, los perciben.

Los más cercanos al apestado conocerán los motivos y las circunstancias de su actuación, por lo que en ocasiones encontrarán que ésta ha sido justificable, comprensible o necesaria. Pero la mayoría sólo tendrá referencias limitadas, indirectas, sesgadas o incluso falsas sobre la acción del apestado; eso sí, les parecerán suficientes como para mantener una opinión sobre él. Seguramente no decidirán que son suficientes, sino que inconscientemente lo asumirán. Como la mayoría hará lo mismo que ellos (no contrastar la información acudiendo a la fuente principal), los rumores que les lleguen sobre el apestado confirmarán su impresión inicial.

El principal pecado del apestado suele ser no comunicar bien un mensaje. Uno puede haber sido un buen predicador y comunicador, pero en el momento de ejecutar la acción apestante (error, pecado, acto de valentía…) comete el gran fallo de utilizar formas inapropiadas o palabras fuertes, o de calcular mal el efecto de su acción (por ejemplo, denuncia algo injusto convencido de que hace un bien al colectivo, pero encuentra que quienes deberían escandalizarse de lo que denuncia… se escandalizan de que lo denuncie).

Cuando uno adquiere la condición de apestado, automáticamente pueden sumarse a su cargo todos los errores que ha cometido en el pasado, incluso aquellos ya le han sido perdonados (hasta los más persistentes en la memoria: los que él se había perdonado a sí mismo). Afloran uno por aquí, otro por allá…

–Es normal: este apestado fue quien hace veinte años hizo esto y aquello.

–¿No me digas? ¿Eso hizo? No entiendo cómo ha seguido entre nosotros.

De otros apestados, en cambio, no se recuerdan pecados destacados. Lo cual en absoluto les sirve para que se presuma su inocencia actual:

–Quién lo iba a decir, este hombre tan íntegro siempre, hizo tanto por nuestro colectivo… Y ahora fíjate con lo que nos ha salido.

Cuando uno se convierte en apestado por un daño infligido a otro u otros, aunque pida perdón, incluso aunque haga enmienda de sus agravios, normalmente suele seguir siendo apestado.

Otro pecado de los apestados es no tener buenos contactos, o al menos los oportunos en el momento de su acción apestante. Porque la presencia de alguien influyente es de mucha ayuda: “Amigos, esta persona seguramente tiene algún motivo para haber actuado así; escuchémosle, indaguemos si lo que dice es cierto, contrastemos los datos”.

Pues hay candidatos a apestado que salen completa o parcialmente indemnes tras una acción apestante de cierto calibre. Cuentan con una red de amistades que los defienden, o han reaccionado a tiempo moviendo los resortes oportunos, de modo que su pecado queda oculto a la gran mayoría. Así, se escabullen de la categoría de apestado, y pueden seguir en sus responsabilidades sin tener que rendir cuentas a nadie; mientras tanto, sobre otros, que han cometido acciones mucho más leves, cae con todo su peso el estigma de apestado.

De este modo, se va construyendo una imagen del apestado, simplificada en una etiqueta, una frase definitoria. “Ah, sí, éste fue el que hizo/dijo aquello de… Ya he oído hablar de él, fue muy sonado”.

Algunos abandonan el grupo. Otros no se dan de baja, pero apenas acuden a las reuniones. Otros permanecen en él, incluso integrados y activos. Entre éstos, unos luchan por quitarse el estigma, lo cual les lleva a conformarse, y así pasan a la categoría de semiapestados y quizá con el tiempo pierdan la etiqueta. Otros siguen luchando por defender su causa primigenia u otras que consideran justas, lo cual hace que su etiqueta se torne indeleble.

También hay semiapestados que lo son porque su acción, aun siendo “grave”, no ha llegado a trascender, o las personas decisivas no le han llegado a dar importancia, por lo que permanecen en una situación ambigua. Incluso pueden estar muy bien considerados en ciertos ambientes dentro del colectivo.

Algunos apestados caen en un círculo vicioso de ostracismo. Tras su gran sonada, son conscientes de que hagan lo que hagan ya han perdido el prestigio y la credibilidad para muchos de sus antiguos compañeros, por lo que se recluyen. Nadie, o casi nadie, los visita ni los llama. Algunos de los que todavía los quieren, piensan que su llamada les puede molestar, como si se les quisiera recordar “el tema”, comprometer o culpabilizar, así que se retiran caritativamente.

El apestado se queda solo, y cuanto más tiempo pasa, más difícil es volver al grupo, pues perciben miradas que encuentran antinaturales, distintas a lo habitual: miradas de compasión (con lo que implica de condescendencia, y por tanto de superioridad del otro), miradas de rechazo, miradas de indiferencia…

Pero siempre hay alguien que le dirige con naturalidad una mirada de ilusión, un leve apretón de manos, y le escucha, y le habla.

(Juan Berniz, Vivencias de un buscador, páginas 57-60).

sábado, 2 de mayo de 2009

Obama y la ley dominical



La esperanza que los adventistas tenemos en la Segunda Venida de Jesús, unida a la convicción de que queda poco tiempo para la misma, nos lleva a veces a caer en falsas alarmas relacionadas con el cumplimiento de algunos eventos finales. He aquí una de ellas.


La falsa alarma

El 22 de enero de 2009 me llegó un mensaje de correo electrónico con el asunto: “Barack Obama a favor de las ‘Leyes Dominicales’”, que decía lo siguiente:

A continuación extraemos unas declaraciones, traducidas al español, de Barack Obama publicadas en su página web del día 18 de junio de 2008. En ellas el actual presidente de los Estados Unidos habla de las "Leyes Dominicales". Esto debe llamarnos a despertar y a prepararnos, porque realmente el fin está muy cerca. "Cuando nuestra nación (EEUU) abjure de tal manera de los principios de su gobierno que promulgue una ley dominical, en ese caso el protestantismo dará la mano al papismo"... "Tarde o temprano las leyes dominicales serán promulgadas"... "Cuando los Estados Unidos, el país de la libertad religiosa, se una con el papado para forzar la conciencia y obligar a los hombres a honrar el falso día de reposo (domingo), los habitantes de todo país del globo serán inducidos a seguir su ejemplo"... "El reemplazo de lo verdadero por lo falso es el último acto del drama. Dios se manifestará cuando esta sustitución llegue a ser universal." (Eventos de los últimos días, capítulo "Las leyes dominicales").

A continuación las declaraciones de Barack Obama:

"Ha habido demasiados cambios en los últimos cien años. No solamente se ha visto un incremento de la actividad pandillera junto con un incremento de crímenes, pero también en el consumo de energía. El otro cambio del que me he dado cuenta es notar que las "Leyes Dominicales" a través de los Estados Unidos se han abandonado.

Originalmente la Ley Dominical fue instituida para asegurarse que la gente no debía escoger entre tener que trabajar o ir a la iglesia. Frecuentemente la nobleza utilizó incentivos financieros hacia las cabezas religiosas de las familias para estimularlos a trabajar en orden al incrementar su ganancia personal. Esto no era justo para aquellos que necesitaban el dinero, temer a perder la manera en que podrían sostenerse a sí mismos y sin esa ley que prohibiera a esa gente trabajar. (No creo que esto deba aplicarse a negocios personales).

Me tengo que preguntar si hubo más beneficios que éstos. Primeramente, sin los negocios abiertos, tus hijos no tendrían ningún lugar a donde ir a entretenerse. Los padres tendrían por lo menos un día para estar con familiares y amigos sin tener que sincronizar sus horarios de trabajo. Un completo incremento en el uso del gas. Menos crimen (ya que los padres estarían en casa los domingos, no hay razón para que no pudieras mantener los ojos en tus hijos). Menos gente sin hogar rogando por dinero en las calles (porque no habría a quién pedirle). Menos policías serían necesarios (quizá ni uno... podría estar "bajo llamada por si se necesita" para que pudieran pasar tiempo con sus familias). Los vecinos tendrían tiempo de conocerse unos a otros ¿Cómo de bien conoces a tus vecinos? ¿Habéis hecho alguna barbacoa juntos? En esto momentos, creo que la gente que la gente tiene la oportunidad de hacer barbacoas son gente con un poco más de libertad financiera en la zona en la que viven. Nuestro horario de trabajo puede determinar qué clase social perteneces incluso hace aquellos límites más gruesos.

Así que quizá deberíamos pensar en establecer una Ley Dominical. No para prohibir que la gente trabaje, sino para darles la libertad a aquéllos que no pueden elegir. ¿Te puedes imaginar cuántos impuestos ahorraríamos con eso? El problema es que no creo que esto sea aceptado en Washington D.C. y los estados que reúnen impuestos. Esa es la razón original de por qué fueron abolidas las Leyes Dominicales. La gente era forzada a trabajar más días, algunos trabajadores a media jornada sin seguro médico."

Fuente:

http://my.barackobama.com/page/community/post/Tritium/gG5ngR/comentary


Respuesta

Visitada esta página, se puede comprobar que efectivamente en ella pone lo que aquí se ha traducido (torpemente, por otro lado). El problema es que, a pesar de que la página donde se ha publicado se llama http://my.barackobama.com, no es en absoluto la web del presidente de los Estados Unidos, como dice el mensaje de alarma; no hay más que entrar en su página de inicio para comprobar que se trata de una “comunidad online con más de un millón de miembros”. Aunque invita a quienes se unen a ella a “organizarse a favor de Barack Obama y a construir este movimiento por el cambio”, es fácil ver que cualquiera puede crear una cuenta o un blog gratuitos en ese dominio, sin tener relación alguna con Obama (lo mismo que ocurre con tantos otros servidores de medios de comunicación, grupos, etc., que son elegidos por los blogueros más por las prestaciones que ofrecen que por afinidad ideológica).

En este caso, las declaraciones están tomadas de uno de los miles de blogs alojados en ese dominio, el de Michael Pearce, un joven de Seattle que, ciertamente, no se parece mucho a Obama, como podemos ver aquí:

http://my.barackobama.com/page/community/blog/Tritium

El texto sobre la ley dominical es por tanto la opinión particular de una persona intrascendente, sin ninguna relación con Obama. Quizá este presidente llegue algún día a aprobar una ley dominical. También se le pueden criticar muchas otras iniciativas, incluso relacionadas con el cumplimiento de la profecía. Por ejemplo, en la web Keep The Faith, de un pastor adventista, se pueden encontrar muchas referencias a las amplias conexiones católicas de alto nivel con Obama. Pero el texto sobre la ley dominical es una falsa alarma más (véase "Relihoaxes")

Desde este blog me gustaría hacer un llamado: no aceptemos como cierta cualquier “información” que nos llegue, por mucho que parezca coincidir con nuestro esquema sobre los tiempos del fin. Cualquier denuncia o alarma ha de ser contrastada (a veces es tan sencillo de hacer como en el caso que nos ocupa). Y sobre todo no reenviemos una alarma de este tipo sin habernos asegurado de que sea completamente cierta. Es frecuente que estos mensajes se difundan masivamente y aparezcan después reproducidos en sitios de Internet. El alarmismo innecesario, en lugar de estimular la esperanza en el fin, resulta contraproducente, pues al comprobarse la falsedad de lo anunciado, algunos se desaniman en la fe, dejan de creer en las profecías, o desatienden las señales verdaderas.